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Después no digan que tampoco

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, domingo 2 de abril de 1995

Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Dedico estas palabras a los proponentes y ejecutores de la deportación masiva de extranjeros ilegales, que es deber tan bonito, que limpiará a Venezuela de toda impureza. Al final de este artículo hay un dato bastante duro para personas de sensibilidad delicada. Advertido. Pero los deportadores son gente dura que no se amedrentará con un detalle odioso.

Analicemos la cosa en términos numéricos. Desechemos por quiméricas las cifras que señalan que en Venezuela hay cinco millones de ilegales, porque no se basan en ninguna documentación y porque no puede ser físicamente. Pero admitamos en beneficio del argumento que para resolver de un modo significativo la congestión de los servicios habría que expulsar una cifra importante. De otro modo molestaríamos a esas personas para nada.

Apartemos como inoportunas las preguntas sobre qué servicios públicos son esos: ¿el agua que nunca llega? ¿Los hospitales que más bien parec... corrijo: son campos de concentración? Claro, esos servicios funcionan así por culpa de la colombianamentazón, no por la negligencia culposa de los venezolanos que los administran. Las enfermeras y médicos venezolanos que roban equipos y remedios son ante todo un dechado de pulcritud y abnegación.

Para aliviar la presión sobre esos diligentes servicios, no tiene sentido despejar a dos mil incas culpables de los huecos de las calles y de las colas del Seguro. Dos mil bocas no desquician ninguna balanza de pagos ni generan déficit fiscal. Pongamos que para reducir la masa crítica de chibchas, habrá que drenar a no menos de medio milloncejo. Así, tal cual. Examinemos la logística.

En primer lugar esos timotocuicas no llevan un letrero en la frente que diga: «Timotocuica ladrón: agúzate que te estoy velando». Habrá que hacer entonces partidas de caza en los barrios, con la consiguiente incomodidad de los venezolanos que allí viven y que no se diferencian allaota de los chibchas, pero es una pequeña contrariedad que todo buen patriota sabrá excusar.

Una vez embolsada la indiada, habrá que concentrarla en algún campo adecuado. Porque ponerlos en un hotel cinco estrellas no está en la idea ahorrativa de la deportación. Propongo el Terminal de La Bandera, El Helicoide y la Gallera de La Urbina. Allí habrá que echarles de comer, porque, indios y todo, comen. Esa parte no la sé, pero supongo que habrá bastante funche y naiboa. Que coman yuca. O como proponía María Antonieta cuando el pueblo decía que no había pan: «Que coman tortas», declaró la ocurrente austríaca.

Luego la cuestión del transporte, porque la idea de mandarlos en primera clase aérea o en metrobuses tampoco es ahorrativa. Serán autobuses de esos que andan sin frenos por las autopistas. En ellos habrá que poner vigilancia armada porque en una de esas se escapan y se pierde ese gasto. Con barrotes reforzados, a falta de trenes tipo Auschwitz, que sería lo más apropiado.

Hace unos días se cumplieron cincuenta años de la liberación de los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau. El Ejército Rojo encontró a los soldados nazis de Birkenau limpiando afanosamente los 45 cm. de grasa humana quemada que se había acumulado en las chimeneas. Advertí que había un dato duro. Siempre hablo en serio. Conviene recordar que los nazis comenzaron por poquita cosa: culpando a los judíos de todos los problemas de Alemania.


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