Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

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La Real Academia Española tiene mala ortografía

18 de octubre de 1999
Revisiones
14 de enero de 2000
10 de julio de 2001
23 de noviembre de 2001
25 de diciembre de 2001
16 de julio de 2003
2 de abril de 2006


Con sus hijos Hannah y Herman en Coro,
Venezuela, agosto de 2000.
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Este texto forma parte de la serie sobre lenguaje presentada en
Gramática imaginaria

Gabriel García Márquez, Botella al mar para el dios de las palabras

Ver La gramática ignorante

David Galadí-Enríquez, La reforma de la ortografía del castellano

Índice

No he querido apoyarme en autoridades, porque para mí la sola irrecusable autoridad en lo tocante a una lengua es la lengua misma.

    ...la pedantería de las escuelas, peor que la ignorancia...

    La ortografía [...] no es una ciencia sino una convención.

Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española

OrtografiaLa mala ortografía es creación de la Real Academia Española.

Un sonoro criterio

La escritura castellana tiene una suerte contradictoria. Muchos de sus sonidos distintivos están representados por una sola letra. Por eso, por ejemplo, nadie escribe pasa en vez de tasa. Las letras p y t suenan en castellano de modo tan claro y distinto que permiten expresar significados diferentes. Por eso mismo nadie omite la tilde de la ñ, pues esta representa un sonido bien diferenciable del que representa la n. Los lingüistas llaman fonemas los sonidos que así se diferencian.

Así lo comenta Andrés Bello en sus Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar la ortografía en América, publicadas en 1823 (Obras completas, reimpresas en 1981 por la Casa de Bello, Caracas). Salvo el epígrafe, todas las citas de Bello que siguen están tomadas de ese texto. He aquí la primera:

El mayor grado de perfección de que la escritura es susceptible, y el punto a que por consiguiente deben conspirar todas las reformas, se cifra en una cabal correspondencia entre los sonidos elementales de la lengua y los signos o letras que han de representarlos, por manera que a cada sonido elemental corresponda invariablemente una letra, y a cada letra corresponda con la misma invariabilidad un sonido.

Por no seguir ese principio, no sabemos si escribir injerencia o ingerencia; total si hay gerencias ¿por qué no puede haber ingerencias? Los que pronunciamos igual s z tendemos a confundir tasa con taza. Se dice que las faltas de ortografía se producen por negligencia o ignorancia. Las cosas son más complejas. Ciertamente no tener lo que llaman «buena ortografía» puede interpretarse como ignorancia, es decir, falta de familiaridad con los códigos, con frecuencia arbitrarios, del lenguaje académico. Pero las causas están en otra parte. Si fuera solo ignorancia, o negligencia, confundiríamos d con t, cosa que no ocurre ni en las personas más indoctas ni en aquellas que apenas acaban de aprender a escribir. Nadie, por semianalfabeto que sea, escribe pena en lugar de peña, cana por caña, panal en vez de pañal. Nunca. ¿Por qué nunca confundimos n con ñ? ¿Por qué confundimos b y v pero jamás t y d? Porque b y v representan el mismo fonema. Así, los únicos errores de ortografía que cometemos están vinculados con

  • las consonantes b/v, s/z-c, g/j, h, k/q, ll/y, s/x (la situación en parte de la Península Ibérica es diferente con respecto a s/z-c, pues allí se las distingue claramente),
  • las vocales acentuadas o no: á/a, é/e, í/i, ó/o, ú/u y
  • la diéresis: ü/u.

Ello se debe a que un mismo sonido es representado por más de una letra y no sabemos cuál de estas escoger. El criterio que rige esa elección es ajeno a la lengua porque es ajeno a la pronunciación. Está vinculado con la etimología, que es aspiración académica y como tal no forma parte de la lengua en tanto práctica general. La lengua es lo que es aquí y ahora, no lo que fue, cuya averiguación es cosa de sabios, muy interesante y esclarecedora, pero que puede convertirse en una interferencia si se la pone donde no es útil, como en la ortografía. Allí es vicio y no virtud. De nuevo cito a Bello en sus recomendaciones a la Real (el subrayado es de Bello):

Bello
Andrés Bello
El camino que deben seguir sus reformas ortográficas es obvio y claro: si un sonido es representado por dos o más letras, elegir entre éstas la que represente aquel sonido solo, y sustituirla en él a las otras.

Empecinarse en mantener esa confusión es encapricharse en la presente neurosis ortográfica, es continuar infamando a los que no son tan minuciosos como para saber que se escribe idiosincrasia y no *idiosincracia, como lo sugiere la analogía con democracia, etc. No habría esa confusión si todo lo escribiéramos con s, que los que distinguen z y s no han de tener problemas porque el sonido los guiaría tanto como nos guía a todos para no confundir tp. No habría problema en que los que distinguen z y s escribieran fuerza y los demás fuersa. Si no hay confusión al hablarnos madrileños y casi todos los demás, ¿por qué habríamos de confundirnos al escribirnos unos a otros?

Un original criterio

Pero para complicarnos la vida, objetivamente su principal cometido,

la Academia adoptó tres principios fundamentales para la formación de las reglas ortográficas: pronunciación, uso constante y origen. De éstos, el primero es el único esencial y legítimo; la concurrencia de los otros dos es un desorden, que sólo la necesidad puede disculpar (Bello).

Si los antiguos romanos escribían habitus nosotros debemos trazar hábito, con h, aunque no la pronunciemos. La Real no explica por qué si debemos poner h sí debemos sustituir la terminación -us por -o. Si es porque pronunciamos -o y no -us, entonces debiéramos suprimir la h, que ni siquiera suena. Una mezcolanza caótica y arbitraria de pronunciación con etimología. De ahí que a mucha gente «le suene» que se debe escribir *horguyo y cosas así. Es grotesco, pero más grotesco es mantener la causa de la grotesquería, es decir, ese empecinamiento de mantener la letra h, como dice Bello:

Los antiguos [...] casi habían desterrado el h de las dicciones donde no se pronuncia, escribiendo ombre, ora, onor. Así, el rey don Alonso el Sabio, que empezó cada una de las siete partidas con una de las letras que componen su nombre (Alfonso) principia la cuarta con la palabra ome [...]. Pero vino luego la pedantería de las escuelas, peor que la ignorancia; y en vez de imitar a los antiguos acabando de desterrar un signo superfluo, en vez de consultarse como ellos con la recta razón, y no con la vanidad de lucir su latín, restablecieron voces donde ya estaba de todo punto olvidada.

Para representar el lenguaje usamos códigos que no suenan, siendo el lenguaje un fenómeno primordialmente sonoro. Los italianos suprimieron la h, salvo en algunos casos morfológicos, y les ha ido mejor que a nosotros. Ganaron esbeltez y coherencia y hoy tienen una escritura mucho menos neurótica que la nuestra. Grave en el otro extremo es el problema del inglés, que si llega a alcanzar el principio bellista de «cada sonido una letra», los millardos de libros, revistas y periódicos impresos hoy serían ilegibles en una sola generación, lo que conduciría a una catástrofe cultural. Para descifrarlos haría falta un entrenamiento, como el que hoy se requiere para interpretar manuscritos medievales. Pasaría parecido en francés, en ruso y en otras lenguas cuya fonología tiene poca relación con el alfabeto que usan. Pero en el caso de ellos, salvo el ruso, se explica por la necesidad de usar el alfabeto latino, predominante en el mundo europeo. Haciendo el balance entre usar el alfabeto latino y uno especial, consideraron preferible adaptar el alfabeto latino mediante fórmulas especiales o el uso de diacríticos, como los acentos ortográficos franceses.

En esa situación de destrucción cultural estaremos también si seguimos indefinidamente los criterios ortográficos de la Real. La lengua sigue su evolución y la ortografía continúa estancada en un solo estado de la evolución, que ya no representa la situación contemporánea y a veces ninguna, lo que es peor, como ese empecinamiento etimológico en que se produce una ortografía esperpéntica que ni es latina ni es española sino un hipogrifo lingüístico. Algunos sostienen que es necesario guardar testimonio del origen de la lengua, poniendo h donde no suena y guardando la v. Aparte de que no entiendo la razón de ello, me pregunto por qué guardar testimonio de unos rasgos y no de otros, aparte de las turbulencias que produce. En todo caso más racional sería restablecer el latín y así sí damos testimonio pleno del origen y sin generar esperpentos. Claro, entonces aparecerán quienes dirán que antes del latín estaba otra lengua y así podríamos llegar hasta el protoindoeuropeo (la lengua hipotética de donde proceden todas las indoeuropeas) o más allá hasta donde este quijotismo nos lleve de tanto leer libros de caballería lingüística. ¿Acaso no estamos dando testimonio permanente de nuestro origen con palabras obviamente nacidas del latín? ¿Por qué tenemos que hacerlo penitentemente si podemos hacerlo del modo más natural? ¿Por qué sufrir? ¿Somos una orden de penitentes? El alfabeto latino se adapta con pocas modificaciones a la pronunciación española. El inglés y el francés, por ejemplo, no gozan de esa suerte y tienen que hacer mil contorsiones para adaptarse. Pero en lugar de gozar de esa ventaja que nos dio natura, hemos complicado las cosas artificiosamente, a fin de crear problemas donde no los hay. Por eso hablo de neurosis.

A diferencia de la Academia Francesa, la Española ha hecho esfuerzos importantes para adaptarse a la evolución de la pronunciación, pero no es constante ni consecuente con sus propios principios. Veamos un caso: la Academia manda a escribir conciencia, sin s, pero exige que se escriba consciente e inconsciencia, con s. ¿No habíamos quedado en privilegiar la etimología? ¿Por qué entonces suprimir la s en unos casos y no en otros? Para causar confusión y luego pillarte cuando caes en ella. No veo, objetivamente, otro propósito. Si alguien ve otro le ruego que me lo comunique a rhernand@reacciun.ve.

Un novísimo criterio

No es claro ni distinto el criterio que debemos aplicar en cada caso, si el de la pronunciación o el etimológico o el uso, lo que crea no pocas confusiones. Si los romanos escribían september nosotros debiéramos escribir septiembre, aunque pronunciemos setiembre. La Academia, que alguna vez fue sabia, decidió en sus Novísimas normas ortográficas de 1952 que se puede escribir setiembre si uno pronuncia setiembre. Solo que la gente, literalmente traumatizada por los tantos regaños de los académicos, prefiere irse por lo seguro y escribir septiembre, no vaya a ser que lo reprueben a uno en un examen porque se encuentre de frente con un profesor bruto e ignorante que no sabe de las «novísimas» normas ortográficas de la Academia. Esas fueron novísimas en la década de 1950 y aunque ahora son viejísimas la inmensa mayoría de la gente sigue sin enterarse de ellas. En esas mismas normas la Academia autorizó a no acentuar el adverbio solo, que equivale a solamente, o los demostrativos este, ese, aquel, etc., cuando son pronombres. Eso lo saben muy pocos, aún lo ignoran muchos académicos, de modo que la gente sigue poniéndoles acentos, a veces caóticamente. Sé de más de un lingüista, de los que reprueban gente en los exámenes, que no las conoce, así que más te vale escribir septiembre aunque tú y todo el mundo, y hasta tu maestro, pronuncien setiembre. Parecido ocurre con fue, que desde hace tiempo la Academia dice que no se debe acentuar y que muchas personas, incluso bien jóvenes, escriben fué.

Según las novísimas, se puede escribir indistintamente sólo y solo, salvo cuando hay riesgo de anfibología o confusión —que pasa en la comunicación oral, como en este rebuscadísimo ejemplo de la Real: Pasaré solo este verano aquí. Podemos evitar la ambigüedad de la frase escrita poniendo o quitando una tilde, pero ¿cómo hacemos en la comunicación oral en donde no hay problemas de ortografía, salvo los creados precisamente por la ortografía irracional de la Real, provocando pronunciaciones artificiales, como la diferenciación entre v y b? Nadie se atreve porque pocos saben la «novísima» norma de no acentuación de solo y aun sabiéndola pocos osan dar el primer paso, no sea que los ignorantes lo tilden de ignorante porque no saben que ahora se puede ser libre. Sobre todo si se encuentra con un profesor indocto y bruto, de esos que creen que basta reprimir para ser buen docente, accidente frecuente en la institución educativa, que sigue siendo concebida como fundamentalmente represiva y medieval. ¿Qué mejor instrumento para inculcar la represión que una ortografía de reglas arduas y arbitrarias, ideales para tender esas trampas a que son adictos los profesores estúpidos? Esta ortografía esperpéntica que la Real está perpetrando y perpetuando no es más que un instrumento de violencia simbólica. La lengua es algo demasiado serio para dejarla en manos de los académicos de la lengua.

No pocas veces ambos criterios, el etimológico y el de la pronunciación, se contradicen, pues el etimológico hace introducir letras que ya no se pronuncian, como la h. O que se escriben distinto y se pronuncian igual, como la b y la v. Sí, amigos y elocuentes locutores, aplaudidos actores y no pocos y poco sabios maestros: no hay diferencia entre b y v en español en cuanto a pronunciación. Es más: nunca la hubo. Pero por un fundamentalismo academicista hemos terminado por aprender a articular una diferencia que no está y nunca estuvo en la lengua española de modo «natural», es decir, sin intromisiones doctas. Llamamos entonces, erróneamente, a una «b labial» y a la otra «v labidental», pues se supone que la pronunciamos haciendo salir el aire entre dientes y labios, como la f. Pues no, no hay ni tiene que haber ninguna diferencia en la pronunciación de b y v. Hasta la Real lo sabe.

A esos embrollos lleva la confusión entre el criterio etimológico y el fonético. Este fenómeno se llama «ultracorrección», vicio que cometen los que comen bacalado en vez de bacalao, que, me parece, es más sabroso. O que al menos existe, pues yo no sabría dónde comprar o pescar bacalado. Una vez más el miedo al examen final y al profesor ignorante. Es razonable ese temor, porque abundan los profesores ignorantes. Los he visto de cerca y he sobrevivido.

Ciertos médicos piensan que debemos vivir para tener salud, y no tener salud para vivir, y por tanto nos exigen tener sus conocimientos para vivir. Igualmente muchos académicos de la lengua consideran que debemos dedicarnos a estudiar la ortografía en lugar de ser ingenieros, magistrados, poetas, taxistas u ociosos, que son dedicaciones, sobre todo esta última, que exigen su propio esmero. Aunque tal vez sea la ociosidad la dedicación más apta para escrutar los pormenores de la ortografía, que requieren de un tiempo bien desocupado y despreocupado para aprenderlos de memoria, pues, siendo arbitrarios, no permiten otro modo, generativo, que es propio de la lengua, lo que exige años de dedicación disciplinada. Hay que consagrarse a ello para saber cuándo acentuamos aún y cuándo no. Para tener claro cuándo escribir asimismo y cuándo así mismo. Para dilucidar cuándo asentamos concejoy cuándo consejo. Según estos académicos —no todos piensan así, por fortuna— todo el mundo debe ser como ellos y consagrarse solamente a averiguar esas cosas, como si uno no tuviera otro oficio que estar pendiente de porqué se escribe analizar con z y revisar con s.

No me quejo, pues, de las faltas de prescripción autoritaria de esta nueva Ortografía de la lengua española, como hacen algunos que son aún más conservadores que la Real, como José Moreno de Alba, que critican que la Real dé libertades. Me quejo, sí, de que se mantenga en una irracionalidad radical. Me quejo de que no continuase las reformas que dejó estancadas en 1844 e incluso en 1952, cuando adelantó mucho más que en esta «novisísima» Ortografía de 1999, casi idéntica a las Novísimas normas de 1952. Casi medio siglo perdido. O más, porque hemos retrocedido con respecto a la etapa anterior a 1844, que Bello comentaba así en 1823:

En cuanto a la Academia Española, nosotros ciertamente miramos como apreciabilísimos sus trabajos. Al comparar el estado de la escritura castellana, cuando la Academia se dedicó a simplificarla, con el que hoy tiene, no sabemos qué es más de alabar, si el espíritu de liberalidad (bien diferente del que suele animar tales cuerpos) con que la Academia ha patrocinado e introducido ella misma las reformas útiles, o la docilidad del público en adoptarlas, tanto en la Península como fuera de ella.

176 años antes de esta Ortografía de 1999, Bello propuso un conjunto de reformas sensatísimas, que hubieran reducido a casi nada el caos ortográfico actual

ÉPOCA PRIMERA

  1. Sustituir la j a la x y a la g en todos los casos en que estas últimas tengan el sonido gutural árabe.
  • Sustituir la i a la y en todos los casos en que ésta haga las veces de simple vocal.
  • Suprimir el h.
  • Escribir con rr todas las sílabas en que haya el sonido fuerte que corresponde a esta letra.
  • Sustituir la z a la c suave.
  • Desterrar la u muda que acompaña a la q.
  • ÉPOCA SEGUNDA

    1. Sustituir la q a la c fuerte.
    2. Suprimir la u muda que en algunas dicciones acompaña a la g.

    Esas transformaciones se paralizaron gracias, sospecho, a los avatares ideológicos peninsulares que fueron reflejándose en la Real. Esta se volvió un poso (sí, con s) de conservadurismo, hasta el punto de que quiso convertirse en el epicentro de la derecha española. Lo logró. Se puso a la derecha de la derecha y parece que la de hoy es aún mas conservadora que la Real de cuando Francisco Franco, pues aquella se atrevió nada menos que en 1952 a más reformas que esta de 1999 del «destape». Gran parte del conservadurismo español giró en torno a ese patrioterismo lingüístico que otros llaman casticismo y que aún campea en muchas mentes supuestamente liberales ellas. Se multiplicaron así las advertencias contra los barbarismos y se generó un fundamentalismo gramatical que denunciaba los gazapos y solecismos como crímenes de lesa patria. Ejemplo de ese nuevo purismo liberal (si se me permite la paradoja) es El dardo en la palabra, de Fernando Lázaro Carreter, quien fue director de la Real. Allí, entre una gracia y otra, entre una protesta liberal y otra, lo único que queda claro es que toda innovación es perversa, indeseable y de mal gusto, entendiendo por mal gusto todo lo que no le guste a don Fernando. Para colmo y para inmunizar y atornillar a la Real en sus admoniciones, los anarquistas declararon la guerra a la h. La gramática se volvió campo de batalla ideológico. Por eso nos ensañamos aún contra los errores ortográficos y los solecismos mucho más que ante un juez venal o un empresario deshonesto. Esta nueva Inquisición te echa de un cargo porque no sabes sortear una ortografía tramposa que te hace escribir letras que no suenan y te propone dos o tres para un mismo sonido. Si Sade hubiera sido verdaderamente malvado hubiera sido un gramático como estos que critico; no como Bello, que nos quería proteger de ellos.

    No me quejo, pues, de los márgenes de libertad que nos concede —todo lo contrario: es lo único que le celebro—, sino de cosas como esta que dice la Real en el prólogo de su nueva Ortografía:

    La Real Academia Española, como tal Corporación, se siente hoy orgullosa de que sus antecesores, durante el siglo transcurrido entre 1741, fecha de la primera edición de la Ortographía, y 1844, fecha del Real Decreto sancionador, tuviesen tan buen sentido, tan clara percepción de lo comúnmente aceptable, tal visión de futuro y tanto tino como para conseguir encauzar nuestra escritura en un sistema sin duda sencillo, evidentemente claro y tan adaptado a la lengua oral que ha venido a dotar a nuestra lengua castellana o española de una ortografía bastante simple y notoriamente envidiable, casi fonológica, que apenas si tiene parangón entre las grandes lenguas de cultura.

    ¿Por qué entonces paralizó el proceso si tenía «tan buen sentido, tan clara percepción de lo comúnmente aceptable, tal visión de futuro y tanto tino»? Desde 1741 la Real fue sensata; a partir de 1844 dejó de serlo. Cien años de sensatez. Era demasiado. La explicación que da la redactó obviamente un bromista:

    En 1843, una autotitulada «Academia Literaria y Científica de Profesores de Instrucción Primaria» de Madrid se había propuesto una reforma radical, con supresión de h, v y q, entre otras estridencias, y había empezado a aplicarla en las escuelas. El asunto era demasiado serio y de ahí la inmediata oficialización de la ortografía académica, que nunca antes se había estimado necesaria. Sin esa irrupción de espontáneos reformadores con responsabilidad pedagógica, es muy posible que la Corporación española hubiera dado un par de pasos más, que tenía anunciados y que la hubieran emparejado con la corriente americana, es decir, con las directrices de Bello.

    Pocas veces he leído tantos disparates en solo dos párrafos. Lo llaman economía de medios.

    Moraleja: si quieres cambiar las cosas no lo hagas y reza para que la Real lo haga por ti algún día, cuando avive el seso y despierte contemplando cuán presto se va el habla de la gente. No hagas nada y menos «estridencias», porque tú no sabes nada de esas cosas; eres apenas un pobre hablante. Extraño término científico este de estridencia. ¿Qué querrá decir la docta corporación con esto de estridencia? Claro, la h no es estridente porque es muda. Para la Real estridente es eliminarla y el castigo es más de siglo y medio de parálisis y la consiguiente tortura ortográfica, desde 1844 hasta 1999 y lo que falta. Hemos pagado todos la culpa horrenda de la «autotitulada» Academia Literaria y Científica de Profesores de Instrucción Primaria. Durante todos esos años de expiación la letra con sangre ha entrado.

    No sé cómo los académicos de hoy saben las intenciones de los de entonces en cuanto a emparejar las reformas con la corriente americana. ¿Será que aquellos remotos académicos dejaron para la posteridad algún acta secreta donde se consignaba esa intención? El «dato duro» es que no las emparejaron, lo demás es especulación huera y wishful thinking. Tampoco comprendo la razón de negarse a una reforma en 1999 solo porque unos «espontáneos» se adelantaron a hacer en 1843 el trabajo que debió haber emprendido la Real de entonces. Cierta gente me hace sospechar que la lingüística embrutece. Ya estaría convencido de ello si no fuera por monumentos de inteligencia como Andrés Bello y Noam Chomsky. En cuanto a eso de estridencia, dejo la palabra a don Andrés:

    Decláranse algunos contra las reformas tan obviamente sugeridas por la naturaleza y fin de esta arte, alegando que parecen feas, que ofenden a la vista, que chocan. ¡Como si una misma letra pudiera parecer hermosa en ciertas combinaciones, y disforme en otras! Todas esas expresiones, si algún sentido tienen, sólo significan que la práctica que se trata de reprobar con ellas es nueva. ¿Y qué importa que sea nuevo lo que es útil y conveniente? ¿Por qué hemos de condenar a que permanezca en su ser actual lo que admite mejoras? Si por nuevo se hubiera rechazado siempre lo útil, ¿en qué estado se hallaría hay la escritura?

    Por otra parte, decir «lenguas de cultura», como hace la Real, es una petición de principio escandalosa porque nos obliga a admitir que hay lenguas de incultura. La Real debió añadir un cuarto apéndice a los tres que pone en su nueva Ortografía, con una lista de las «lenguas de incultura» para procurar su extinción. Pero burlita aparte, separar las lenguas según esos criterios políticamente incorrectos revela la vocación reaccionaria de la regia corporación, que implica y explica por qué mantiene congelada toda reforma ortográfica. El argumento de que se mantienen las normas en beneficio de la unidad de la lengua no tiene ningún peso. No sé qué tiene que ver una cosa con la otra. ¿En qué puede ser perjudicada esa unidad por una reforma ortográfica?

    Alguien dijo bobamente: «Se puede estar en favor o en contra de la Academia, pero no sin la Academia». Bobamente porque no es cierto que se necesite una autoridad central y vertical y por tanto autoritaria. Casi ninguna lengua, especialmente las que la Real tal vez llamaría «de cultura», tiene una autoridad central. No he visto que la lengua inglesa se haya anarquizado por no tener una autoridad vertical que decida cómo decir y especialmente cómo escribir. Y sobre todo que cree más problemas que los que resuelve.

    Cuando supe que la nueva Ortografía se iba a presentar en América antes que en España, imaginé que vendrían cambios importantes, que la Real se había «emparejado con la corriente americana», entre otras cosas, tal como Emilio Alarcos Llorach en su Gramática de la lengua española aceptó sabiamente la nomenclatura verbal de Bello y abandonó la de la Real, ¡por fin un hombre sabio! A ese grado de peligrosidad llega mi ingenuidad. Eso me pasa por creer todo lo que me dicen, sobre todo si viene escrito. La Real practicó esta vez lo que propongo llamar «populismo lingüístico»: una deferencia formal a los americanos, pero en el fondo todo sigue igual y no atiende la mayoría de las veces sino a cuestiones peninsulares, como en el caso de los nombres de lugares que aparecen en el segundo apéndice: se señalan allí solo los toponímicos de la Península. ¿Era mucho trabajo preguntar a las academias correspondientes por los topónimos de cada país hispanohablante? Sí era mucho pedir, a juzgar por lo poco que rinden estas indolentes academias americanas, que entre un bostezo y otro se dedican a enviar una que otra palabreja regional a la Real. ¿Qué hacen, aparte de, a lo sumo, dedicarse discursos ceremoniales unos a otros?

    Algunos criterios

    Dos ejemplos: la ll suena lateral, dice la Real, aunque «algunos» la pronuncian igual a la y; son los «yeístas». Pues bien, esos «algunos» son casi todos los americanos y peninsulares. Lo mismo con la z, que según la Real se pronuncia como en Madrid; lo demás es «seseo», o sea, peculiaridad, desviación meramente tolerada. Pues bien, respetada Real: yeístas y seseístas somos la inmensa mayoría de los hispanohablantes, incluyendo a muchos peninsulares y a muchos académicos de la lengua. No sé si me explico. No soy ningún genio y soy capaz de entender eso, por lo que supongo que no debe ser muy difícil. Los que hacen la diferencia entre z y s y distinguen entre ll y son una minoría bastante pequeña. ¿No era hora de declarar que el seseo y el yeísmo son tan normales como lo otro? Así nadie queda discriminado, cosa tan descortés ni se crea esa discusión interminable de los venezolanos sobre su plato navideño: ¿se escribe hayaca o hallaca? Job Pim y Arturo Úslar Pietri, que no eran nada indiferentes a estos asuntos, escribían hayaca. La tendencia general, avalada por la Academia (que admite ambas ortografías) es hallaca. Es bajo hallaca y no hayaca donde aparece la definición del DRAE. Hayaca, en cambio, remite, como es uso con las variantes en el DRAE, a hallaca. En cuanto a z y s no se puede argumentar que diferenciarlas es más antiguo que no hacerlo, pues al principio había cuatro fonemas representados por s, ss, ç y z, que simultáneamente muchos peninsulares simplificaron en dos y todos los demás redujimos a uno solo (s) y por eso pronunciamos igual s.

    Los que son mayoría se vuelven «algunos» cuando no tienen poder. Cuando leí cuál era para la Real la pronunciación «normal» de ll z, me sentí ninguneado, apartado, zurdo, chicano, menor de edad, marginal. Para la Real seguimos siendo indianos, gente rara, andaluza, canaria, ¿bárbara? Andrés Bello está bien pero siempre que no le hagamos caso. Total no es más que un indiano muy aprovechado que no llega ni a andaluz. La Real cita profusamente el trabajo de Bello que vengo mencionando, pero omitiendo minuciosamente las palabras que evoco aquí y aun otras en donde el caraqueño critica precisamente el estancamiento de la Real. Inmensamente más importantes que este artículo que ahora lees son las poderosas palabras de Bello, que te invito a leer sin el filtro que les pone la Real. Si este texto mío pretende algún mérito, es el de inducir a esa lectura.

    Hubiera sido preferible que el señor director de la Real no viniera demagógicamente a presentarnos el librillo en América antes que en España y en lugar de ello no nos hubiera declarado gente anómala en materia de pronunciación y espero que en esa sola materia. De todos modos habría que preguntarse si las academias americanas de la lengua no son más retrógradas que la Real.

    Nos hemos resignado tanto a la inmovilidad que ya no concebimos que ciertas cosas puedan cambiar. Peores que la Real son los usuarios, aterrorizados por un sistema escolar, precisamente, terrorista. Gabriel García Márquez es una excepción y ya vimos cómo casi lo linchan cuando propuso jubilar la ortografía. Juan Ramón Jiménez es percibido con condescendencia. Si la Real autorizó entre los siglos XVIII y XIX que escribiéramos filosofía en lugar de philosophía, hoy llama estridente suprimir la v, por ejemplo, letrica que no ha hecho sino causar confusión. La confusión proviene de la obcecación académica de mantener en uso las dos letras, que en otras lenguas sí se pronuncian de modo diferente. Para no hablar de las miles de veces que las confundimos al escribir. Si sonaran distinto jamás las confundiríamos, como no confundimos p y b, a pesar de que se articulan igual, bilabialmente, solo que p es sorda y b sonora, es decir, se emite voz mientras se aprietan los labios. Ocurre ese error porque no hacemos la diferencia al pronunciar b y v y cuando la hacemos tenemos que apoyarnos artificialmente en la ortografía irracional de la Real, contra el sistema de pronunciación castellano.

    Parecido ocurre con la g de garrapata y de guerra. Al insistir en que debe usarse qu- en lugar de q- a secas y gu- en lugar de g- sin aditamento de u, terminamos teniendo que escribir güe en el caso de vergüenza. Pocos recuerdan poner la diéresis (¨) sobre la u y se crea una nueva fuente de faltas de ortografía, es decir, de conflicto escolar y de estigmatización general. Los dígrafos (unión de dos letras, como ch, rr y ll) aparecen cuando no existe una letra que represente un sonido. En latín no existía una letra que representara el sonido que en español representamos con ch. No quedó otro remedio que inventar un dígrafo. En el caso de gu- y qu- no hace falta. Tenemos ya una letra (q) que tiene el sonido, solo basta eliminar la u.

    Sería interesante saber cuántos millardos al año cuesta enseñar y aprender estas y otras estupideces, de paso con tan baja eficacia, pues generalmente no la aprenden sino unos cuantos. Lo que la Academia llama «buena ortografía», estrictamente hablando, solo la tienen unos cientos de personas. Personalmente conozco a muy pocas, lingüistas incluidos. Desafío a los que defienden esa ortografía absurda a ver si nunca cometen errores. Basta un solo error para invalidarles el parapeto. Ese hecho debiera bastar. Borges dice que los falsos problemas conducen a falsas soluciones. Yo diría que las falsas soluciones conducen a su vez a crear falsos problemas y a multiplicar más falsas soluciones, como esto de g-, gu- y las consiguientes combinaciones güe y güi que tan pocos recuerdan poner, como en la novísima güevo, recién autorizada por la Real para los que pronuncien así la palabra huevo. Ni siquiera lo hacen los habitantes de la ciudad venezolana de Güigüe. Anda a ver cómo la escriben en los autobuses, sin diéresis: Guigue. Creo que nadie se ha equivocado de autobús a causa de esa omisión. Es como las mentiras: dices una y tienes que multiplicarla para encubrir una con otra y con todas. Miserias de mantener a la g representando el mismo sonido de la j. Toda la innovación de la Real se limitó a que ahora podemos escribir guion en lugar de guión y güevo en vez de huevo. 155 años, de 1844 a 1999 para descubrir que guion no debe llevar acento ortográfico por la misma razón por la que dios no lo lleva. Omitiré y dejaré para cuando ande en ánimo de chacota esto de que haya un acento ortográfico y otro, ¿cómo lo llamaban?, prosódico. ¿Le dirán así todavía? Todo a causa de esas reglas neuróticas que rigen la escritura del acento. La mayoría de las palabras suenan y resuenan su acento propio al pronunciarse, que es lo que importa, pero no se les escribe. Solo unas cuantos vocablos privilegiados lucen la rayita por cuya omisión o presencia indebidas puedes perder tu carrera. Nadie parece saber de dónde salen esas reglas absurdas. ¿Tú lo sabes? Si es así, escríbeme a rhernand@reacciun.ve, pero ya. Guion y güevo son los dos ratoncitos paridos por la montaña. De nuevo Bello:

    la j es el signo más natural del sonido con que empiezan las dicciones jarro, genio, giro, joya, justicia, como que esta letra no tiene otro valor en castellano; circunstancia que no puede alegarse en favor de la g o la x. ¿Por qué, pues, no hemos de pintar siempre este sonido con la j? Para los ignorantes, lo mismo es escribir genio que jenio. Los doctos solos extrañarán la novedad; pero será para aprobarla, si reflexionan lo que contribuye a simplificar el arte de leer, y a fijar la escritura. Ellos saben que los romanos escribieron genio, porque pronunciaban guenio; y confesarán que nosotros, habiendo variado el sonido, debiéramos haber variado también el signo que lo representa.

    Todo esto es el resultado de naturalizar las letras. El lenguaje es la viva voz, la escritura es mera transcripción, como dijo Saussure. No es del todo cierto, pues la escritura tiene sus reglas propias, lingüísticas ellas por cierto. Hay libros extensos que jamás nadie ha pronunciado, como el directorio telefónico o las listas de cotizaciones de bolsa. Supongo. Pero sí es verdad que el centro, la fuente y eje de la lengua es la viva voz. Ahí comienzan las complicaciones: cómo representar con garabatos eso que hablamos de viva voz. Si el español no tuviera alfabeto podríamos partir de cero y dejarnos de supersticiones etimológicas que no tienen nada que ver con el lenguaje que hablamos hoy. La escritura es una convención, no la esencia de las palabras, aunque haya quienes crean que la lengua es lo escrito, por algo gramática viene de la voz griega gramma, que significa ‘letra’... La palabra retrógrado es un conjunto de sonidos, no la serie de diez letras y una tilde que hemos convenido usar para representarla. Pero el poder de la academia ha endiosado la escritura y por eso llamamos precisamente Escrituras los textos sagrados. Lo escrito tiene un carácter mágico y por eso Ángel Rosenblat nos legó dos textos magistrales que siempre debiéramos considerar para estas cosas: Sentido mágico de la palabra y El fetichismo de la letra. De allí que movilizar la escritura sea tan difícil, sobre todo con guardias tan nerviosos. No duermen nunca. Por eso dicen que es preferible un malvado a un necio, porque el malvado descansa.

    Una buena ortografía no es la que sigue los disparates irracionales, incoherentes y tramposos de la Real, sino una que no provoque este tipo de confusiones. Por eso hablo de la mala ortografía de la Real. Hacer cundir la confusión fortalece el poder académico del modo más perverso, desde las primeras letras hasta la Real Academia Española. Respeto el poder académico cuando me es útil, cuando cambia la ortografía de philosophía por filosofía, y que por tanto no me hace recurrir al diccionario para saber cómo se escribe la mayoría de las palabras. Pero no la respeto cuando se burocratiza creando nuevas necesidades para justificar cargos, sueldos y congresos, en donde se crean nuevos problemas para crear más cargos, más sueldos y más congresos. Pero más en el fondo de este anecdotario de cargos, sueldos y congresos está que la academia, como lo formuló Luis XIV es un aparato ideológico de Estado, como los llamaba Louis Althusser; un auxiliar formidable para apuntalar el poder, cualquier poder. Es así como la academia crea problemas para luego justificar la represión. Como hace del poder un ejercicio válido en sí mismo. Es así como no es no solo inútil, sino perniciosa, que es cuando contagia su neurosis a la vida pública. Esta ortografía irracional, incoherente y tramposa es una fuente de empleo para unos cuantos y de desempleo para los que no la conocen, pues más de uno ha perdido su puesto por confundir b con v.

    Ahora habrá que esperar tal vez 155 años más para que alguien se acuerde del proyecto de Bello. No sé si la persistencia de la computación hará el milagro de desperezar a los académicos, sobre todo ahora que hicieron negocio con Bill Gates para regir el analizador gramatical y el corrector de pruebas de su procesador de palabras Word (El Nacional, 17/10/99). El dictado a la computadora sería mucho más fácil con una ortografía racional y no esta en que la pobre computadora no sabe si le están diciendo tasa o taza cuando un hispanoamericano pronuncia cualquiera de las dos palabras. El Nacional tituló la noticia excelentemente: «La ortografía del tercer milenio seguirá siendo la del siglo XIX» (16/9/99). Humildad y paciencia, pues, calladito y nada de andar haciendo innovaciones «estridentes» por tu cuenta, no sea que la coherencia y la racionalidad se atrasen otros 155 años. O más.

    Por lo pronto ya recibieron la bendición de Bill Gates, que anduvo de visita por la RAE. La Real está bien al día en materia informática al parecer, al menos eso dice Guillo Portales, a quien otros llaman Bill Gates. En serio, hace tiempo un amigo venezolano, Manuel d’Arnaud, ya fallecido, que hablaba con el más rancio acento madrileño o de no sé dónde, porque hasta diferenciaba entre ll e y, tenía todo un proyecto sobre la normalización de la ortografía en la línea de Bello, pero en función de las computadoras. Una de las dificultades para dictar cosas a las computadoras es la ortografía. No sé cómo lo resolvieron en inglés, idioma en que hay tantas homofonías con ortografía diversa, que es la delicia de tipos como Joyce y John Lennon. Este tiene una obra titulada In His Own Write, que suena a In His Own Right, de modo que puede traducirse como Por derecho propio y también como En sus propias palabras.

    Finnegans_WakeUna vez me tocó traducir algunos textos para un espectáculo-homenaje a Lennon, dirigido por Enrique Porte, también fallecido, y les puse como título De su empeño y letra. No es tan bueno como In His Own Write, pero al menos sugiere algo del original. Había un pasaje en que alguien le decía a Shylock (sic) Holmes, en mi «traducción»: «Jack el Desmadrador ha asexinado a sexientas cursientas y singo rameras de esta circuncisión tristital, Mr. Holmes». Pero eso no da completamente la idea de la jodienda en inglés. La mía es una jodienda en español, que es muy distinta. Y no hablemos de The Finnegans Wake, que se podría escribir también The Finnegans’ Wake, The Finnegan’s Wake, etc., que en cada caso significa ‘los Finnegans velan’, ‘los Finnegans despiertan’, ‘el despertar’ o ‘la vela de los Finnegans’ o ‘de Finnegan’, y otros sentidos que ya no recuerdo. Joyce insistía mucho en que le respetaran la ortografía del título para conservar la ambigüedad. Después dicen que la ambigüedad es un defecto. Las letras de las canciones de los Beatles están llenas de retruécanos, que a veces se nos escapan a los que no somos angloparlantes nativos.

    Los angloparlantes han hecho de su necesidad virtud y arman constantemente toda clase de retruécanos ingeniosísimos, gracias a la incongruencia de su fonología con el alfabeto latino. Las dificultades que tuvo IBM para crear su programa de dictado ViaVoice deben haber sido mucho menores en italiano que en inglés. Y si llegamos a tener una ortografía bellista, los problemas serán menores aún. Creo que Bill Gates va a ser, en este caso al menos, una saludable influencia para la lengua española.

    Un acentuado criterio

    Aquí entre nos, sería interesante saber qué pasó entretelones, porque pocas veces he visto excusas más débiles que las que dan en el prólogo, en mi larga carrera de ver excusas débiles. Parecen políticos. Son políticos. Creo que es una cuestión de la cultura general del momento, en que nadie se está planteando cambios radicales. Un poco más en serio: creo que el clima en general en materia de normas lingüísticas es bastante conformista. Ojalá no traten de lincharme como trataron de linchar al Gabo con su tímida insinuación de Zacatecas. Mi insignificancia comparada con la del Gabo me protege. Como para estudiar la cosa. Después de tanto esfuerzo para aprender reglas tan rebuscadas ¿vamos ahora a simplificar el asunto? ¿Vamos a perder esa inversión? ¿Vamos a perder ese modo de detectar quiénes deben entrar y quiénes no al mercado de trabajo de cuello blanco?

    ¿Has visto cosa menos mnemotécnica que eso de que las palabras graves se acentúan cuando terminan en consonante que no sea n o s y las agudas al revés, aparte de las terminadas en vocal? También se pueden contar elefantes contando patas y colmillos y dividiendo entre seis. ¿Se ha visto regla más neurótica? Hace unos años hubo en Inglaterra un accidente aéreo. Cuando revisaron la caja negra del bimotor escucharon este diálogo tragicómico:

      Piloto: ¿Qué motor está apagado?
      Copiloto:
      El izquier... No, el derecho.

    El piloto apagó el izquierdo, que era el que estaba encendido y se mataron junto con no sé cuántos pasajeros, víctimas de una limitación de la mente humana, que necesita una redundancia para saber si A es azul y B verde, porque al rato te olvidas y piensas que pudiera ser al revés. Claro, si redundo con colores y escribo A es azul y B verde, la cosa es más fácilmente recordable. Pasa todos los días, aunque no siempre las consecuencias sean trágicas. Así, aunque bastante menos catastrófico, pasa con esa norma de acentuación. ¿Eran las agudas las que llevaban tilde cuando terminaban en vocal, n o s, o era al revés? Habría que sondear en la historia de la escritura española para averiguar de dónde sale regla tan fácil de confundir y en consecuencia tan taimada. Más franca y sensata luce la que dispone que a todas las esdrújulas se les marque el acento. Allí no hay problemas de ortografía. La acentuación universal de las esdrújulas evita males ortográficos, porque despeja las dudas, pero crea otras. Como joven y examen, por ejemplo, hacen su plural en jóvenes y exámenes, cuando regresan al singular la gente acuña *jóven y *exámen. ¿No sería mejor acentuar todas las palabras o no acentuar ninguna? Hay lenguas, como el inglés o el latín, en que no se escribe el acento, lo que no impide que la gente se entienda por escrito. En otras lenguas la tilde sirve para indicar otras cosas, como en francés. Solo una saturación de años nos despeja el dilema perversamente.

    Pero la manía académica no termina allí. Hay que poner acentos en palabras que no deberían llevarlos según las reglas, para diferenciarlas de otras voces que llevan las mismas letras. Por tanto debo poner el acento si algo y no ponerlo si se puede. Aún lleva el simpático palito si se puede sustituir por todavía y si no no: Aún no ha llegado ni aun la mitad de la gente, decía el Larousse para ilustrarlo. Esas frases improbables que inventan los académicos para justificar sus galimatías. Hay que esperar que alguien dé de su dinero algo. Hay que marcar el acento de los demostrativos cuando éstos son pronombres, para diferenciarlos de cuando son adjetivos, pues en estos casos no lo llevan. Pero no se debe poner en el caso de esto, eso o aquello porque siempre son pronombres. Otra regla taimada, porque se te olvida o nunca supiste ese detalle de que esto, eso y aquello no son adjetivos jamás y no hay que diferenciarlos. Éste, ése y aquél llevan acento ortográfico porque son pronombres y esto, eso y aquello nunca lo llevan porque siempre son pronombres y no hay que diferenciarlos de cuando son adjetivos porque nunca son adjetivos. Mayor picardía imposible. Parecen trampas. Son trampas. Resultado: la gente escribe*ésto, *éso y hasta *aquéllo, es decir, el caos ortográfico. La Real Academia formula reglas contra las de la mente humana (¿las que busca Chomsky?) y luego te acusa de no saber cumplirlas. ¿Tendrán mente humana estos académicos? ¿No se deshumanizan y nos deshumanizan obligándonos a aprendernos esas reglas no solo tontas sino incumplibles según lo poco que se sabe del funcionamiento de la mente?

    Más reglas taimadas y contrarias a las leyes de la mente humana: se escribe idiosincrasia, pero se escribe democracia, lo que nos hace vacilar como el copiloto y no recordar si idiosincrasia era con s o con c. Hay una razón etimológica para escribirla con s, pero la gente hace la analogía, que es una fuerza potente y actual en la lengua, más poderosa que la etimología porque está con las leyes de la mente humana. La etimología no tiene nada que ver con la lengua viva, sino con su estudio científico o con la mera curiosidad. La analogía, esa potencia de la mente, nos sirve para deducir la conjugación de un verbo desconocido o inventado. Si escribo, entonces también usucapo. Uno viene de escribir, otro de usucapir, que es verbo que desconoce la gente que no es jurista. Pero no tenemos que saber su significado para deducir toda su conjugación, con pluscuamperfectos y todo, usucapiste, usucapisteis, usucapiérais, habían usucapido. Por analogía. La misma que usan los niños para deducir las conjugaciones, no así la de los verbos irregulares, que regularizan y entonces dicen ponió en lugar de puso. Hasta que se enteran de que hay verbos irregulares. Entonces ¿qué tiene de extraño que la gente escriba *idiosincracia, por analogía con democracia, burocracia, aristocracia, que aparecen todos los días en el periódico? De nuevo la diferencia o indiferencia entre s/c-z. La gente, como los niños, escribe *idiosincracia hasta que se entera de la irregularidad. Ah, pero te reprueban en un examen o te niegan un trabajo por errores así. Otros consignan *ideosincrasia, o mejor (peor, claro) *ideosincracia, por analogía con palabras como ideología.

    Estuve una vez junto con varios amigos escribiendo el discurso que íbamos a llevar a nombre del sector de la cultura a la Asamblea Constituyente en Venezuela en 1999. Nunca se llevó a la Asamblea, por avatares que no vienen al caso, pero era un trabajo a diez manos, usando por turnos la misma computadora. De pronto me encontré con que, por el síndrome del piloto arriba citado, alguien acababa de escribir haya donde correspondía halla e hice la observación. No habían pasado cinco minutos cuando yo mismo, cual piloto, escribí a cuando correspondía ha y el equivocado, tan vengativo, no dejó de hacerme la observación, pues es hombre observante de las normas académicas en materia de escritura. Así es de traicionera esta ortografía. Y lo peor es que el diccionario de Bill Gates (quiero decir, el que viene con el programa Word) no corrige esa clase de errores, porque la máquina encuentra esas cuatro palabras (haya, halla, a y ha) perfectamente correctas porque no entiende de contextos semánticos ni sintácticos, al menos todavía.

    Hay un desajuste entre el carácter digital de la ortografía y el carácter analógico de la mente humana, que encuentra que haya/halla y a/ha son análogas y no ve el problema, aun para personas que tienen eso que llaman buena ortografía, como era el caso que te cuento. Esta ortografía no está hecha para conciliar el hemisferio derecho con el izquierdo. Mientras el derecho encuentra aceptable haya en vez de halla, el izquierdo sabe que no son conciliables. El que escribió haya en vez de halla es un licenciado en letras y conozco bien su ortografía a prueba de balas, aunque no de teclados, porque al mejor cazador se le va la tecla. Entonces hay que abrir bien los ojos para evitar hacer el ridículo, sobre todo que uno, a fuer de supuesto o real experto en estas cosas, está permanentemente en situación de examen final con todo el mundo, empezando por uno mismo.

    Hace como treinta años me di de frente con el conformismo cuando alguien me preguntó si se decía quizá o quizás. Cuando le respondí que «de las dos maneras puede y debe decirse», hizo un silencio breve y me volvió a preguntar: «¿Pero cómo es por fin?». Su cerebro no computó su derecho a la libertad y volvió a preguntar después de un minicrash. No quería optar, quería una orden terminante, no una fuente de vacilación. Hay en esto un miedo a la libertad que ha hecho que nadie, o casi, adopte la libertad de no acentuar solo y los demostrativos. Durante una época yo evitaba no acentuar por temor a que dijeran, en el peor tono revanchista, pagando conmigo mil regaños escolares traumatizantes: «¡Adiós pues!, mira a este licenciado en letras que no sabe poner los acentos donde debe». E hiciera acto seguido una disertación imprecatoria sobre la Decadencia de Occidente. No era cuestión de estar poniendo en cada escrito una coletilla en que se citaran las Novísimas normas ortográficas de la Real y ahora la novisísima Ortografía. Ahora lo hago, pero esperando que un sandio me diga algo para hacer mofa y befa de él. Los dioses no me han deparado aún el primer memo, pero ya vendrá. Dios tarda pero no olvida.

    Por algo dice el personaje cómico de la televisión venezolana, Gustavo el Chúnior, cuya gracia está precisamente en que se las da de culto siendo notoriamente ignorante:

    —Hay que cuidar el ideoma.


    Date: Mon, 18 Oct 1999 21:13:28 -0400
    X-Mozilla-Status: 0001
    X-Mozilla-Status2: 00000000
    Message-ID: <380BC5B9.ABF7329C@analitica.com>
    From: Roberto Hernández Montoya <roberto@analitica.com>
    Organization: La BitBlioteca
    X-Mailer: Mozilla 4.7 (Macintosh; I; PPC)
    X-Accept-Language: es,en
    MIME-Version: 1.0
    To: Alexis Márquez <maelca@telcel.net.ve>
    Subject: Re: La Real...
    References: <19991018223045.AAA1035@mail01.t-net.net.ve@[208.136.193.52]>
    Content-Type: text/html; charset=iso-8859-1
    Content-Transfer-Encoding:
    8bit

    Alexis Márquez wrote:

    >Caracas, 18/9/99
    >
    >Querido Roberto:
    >

    >Muy bueno tu artículo sobre la mala ortografía de la Real. Yo tengo
    >en cartera decir algunas de esas cosas al final de mis artículos sobre
    >las normas ortográficas. De todos modos las diré, pero convencido de que
    >nunca me saldrán con la inteligencia y el donaire con que tú lo has hecho.

    Bueno, menos mal que entre amigos no hay jaladera... Y tampoco, supongo, corresponde agradecer, pero como mi superego no me va a dejar dormir si no te doy las gracias, aquí van:

    ¡gracias!

    Sobre todo que ese elogio viene de un maestro en la materia...

    >Sin embargo, creo que la Real está de verdad cambiando y remozándose.
    >Lo que pasa es que esto no se traduce todavía en reformas concretas, sino en
    >actitudes generales. Pero creo que estas a la larga conducirán forzosamente
    >a lo que queremos. No sé si me explico. Me parece, por ejemplo, que la adopción
    >por la Real de las nuevas tecnologías hará inevitables cambios profundos en el
    >enfoque de los problemas lingüísticos y gramaticales, y que eso vendrá más
    >pronto de lo que parece. Veremos...

    >Un abrazo y la admiración de siempre,
    >
    > Alexis.

    Un abrazo y gracias de nuevo,

    Roberto
    http://www.analitica.com/bitblioteca/roberto/


    El lenguaje en La BitBlioteca

    Andrés Bello, Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar la ortografía en América
    Real Academia Española, Ortografía de la lengua española. Edición revisada por las Academias de la Lengua Española [prólogo]
    La ortografía del tercer milenio seguirá siendo la del siglo XIX
    (El Nacional)
    Luis Carlos Díaz Salgado, La lengua está de moda
    Mary Ferrero, El grito de Zacatecas
    Alexis Márquez, La Real Academia se remoza y Novedades ortográficas
    Ángel Rosenblat, Las novísimas normas ortográficas de la Academia
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    Este texto forma parte de la serie sobre lenguaje presentada en
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