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Ser paparazzi en la vida Revista Date El debate sobre medios de comunicación en La BitBlioteca
Ningún buen fotógrafo se dejará convertir en un paparazzi. Es profesión demasiado sórdida y por tanto triste como para que la asuma ninguna persona que se estime. Imagínate que allá abajo te espera una nube de paparazzi para seguirte al restaurant, al supermercado, al club, al trote mañanero, a la venta de discos, a la casa de tu persona amada, al templo, a la tumba de tu ancestro. Son las Erinias, aquellas deidades griegas que perseguían a los culpables día y noche y no había modo de evadirlas, como la culpa. Se te acaba el ámbito privado. Todas tus acciones adquieren el tenor de la trascendencia. Vives en una pescera o un panóptico, visible desde todos los ángulos. Eres una vidriera permanente, escaparate público ambulante, gracias a estos buhoneros de la vida privada. Tomarte una gaseosa es tu pronunciamiento en el embrollo entre las dos colas negras. Comprar cierto libro es tu declaración de principios estéticos. Porque para eso están estos notarios de la trivialidad, registrando cualquier nimiedad para elevarla al solio noticioso y darle el privilegio del retrato. La princesa Diana anda con un turco vendedor de cortes. Jacqueline Kennedy, née Bouvier, empatóse con un griego balurdo que tiene más plata que Bill Gates. El príncipe Carlos dice por teléfono a su amada Camilla que quiere ser su Tampax. Otro príncipe, de Mónaco, hace el amor con una furcia buenísima en una terraza monegasca. Así de vulgar es la cosa. Uno que creyó que los príncipes eran como el de Blanca Nieves. Porque los paparazzi producen dos efectos paradójicos: elevan todo lo chato y achatan todo lo noble. Pero lo peor de los paparazzi es su ineficacia. Aterrorizan a la gente, y ahora matan a la gente, para nada, porque las fotos que publican son siempre unas imágenes desvaídas, de teleobjetivo, con mala iluminación, grano grueso, ampliadísimas, en blanco y negro. Uno tiene que confiar en que esa mancha macilenta es Jacqueline Onassis desnuda caminando por una isla del Peloponeso. Porque fotografiar gente desnuda es además problemático. La gente desnuda, a menos que su perfección sea indiscutible, es bastante grotesca. Y aun siendo bellísima, no hay miss que luzca airosa agachándose a coger una toalla del piso o lavándose los dientes. El erotismo de la desnudez es extremadamente frágil. Lo saben los fotógrafos de Playboy, que aprendieron a maquillar pieles descubiertas, a retocar pezones, a poner rouge en la última intimidad de la chica del mes. Hay que cuidar el entorno más íntimo de la moza, para evitar platos sin lavar, zapatos desgastados, granos en la piel y tubos de dentífrico. La cotidianidad se vuelve tabú. De otro modo se produce un efecto miserable en que la persona desnuda luce en el mayor desamparo y la peor vulgaridad. Ver «El color carne». Los paparazzi causan todo ese alboroto para obtener unas trizas de vida famosa que los periódicos sensacionalistas pagan como se pagaban las especias (ver «Amarillo»). Una foto de la condesa comiéndose un perro caliente en una esquina, tantos francos. Una copia de un certificado de vacunación portuaria de la Duquesa de Alba, tantas pesetas. De esas pizcas de biografías se alimentan. Eso es lo que nos dan esas revistas de consultorio médico, voceros de la envidia, tan detestables como la gente que las lee.
También, de Tulio Hernández, Mártires del éxito compartido (seleccionado como uno de los mejores artículos de opinión de El Nacional en 1997-1998). Algo más sobre el tema, del RHM, en: |
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