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El nuevo papel del papel

Roberto Hernández Montoya

Domingo 27 de junio de 1997, p. A-5
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Letizia Alvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen de formato común, impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (Cavalieri a principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de un número infinito de planos). El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés.

Jorge Luis Borges, La Biblioteca de Babel

Leer El Quijote en la pantalla de una computadora es como para volverse loco. He hallado, sin embargo, que la de mi PowerBook, como las de otras portátiles, no enloquece tanto. Así y todo no es hacedero llevársela a la playa o a ese lugar sagrado donde ciertas actividades están excusadas. El libro electrónico queda, pues, confinado a la consulta perentoria que aprovecha la manipulación cibernética.

Y en eso llegó el papel electrónico. Es muy fácil: le pones una malla conductora y una sustancia que cambie de color con la electricidad para que el papel se autoimprima una y otra vez, cambiando las páginas. No, todavía no me he vuelto loco: lo está experimentando un señor muy serio llamado Joe Jacobson en el serísimo Instituto Tecnológico de Massachusetts y puedes leer sobre ello en http://www.wired.com/5.05/ink/. Allí cuentan que esta nueva pizarra mágica será —todavía falta— apenas más gruesa que un papel corriente, la podrás doblar, meter en un sobre, archivar, porque encima será barata. Otros están experimentando con una tinta electrónica de consecuencias similares.

Es difícil terminar de concebirlo: un libro de una sola hoja y de todas, como el del epígrafe, pero mejor resuelto, en donde uno imprime todo texto o imagen tomados de Internet mediante un cable o algún artilugio inalámbrico, celular. Un papel tapiz electrónico que renueva sus motivos minuto a minuto, exhibe obras de arte, las genera aleatoriamente, te muestra la imagen de los Campos Elíseos en este momento, mediante una cámara instalada allí permanentemente, o la fiesta de mi prima en Madrid, o me pasa una película, con sonido y todo, o muestra rotativamente el álbum de fotos de la familia o imágenes pornográficas para los menos púdicos. Imprimir el circuito electrónico que se te antoje, como el microprocesador de moda, sin gastar las divisas que Venezuela debe. O un radio, un televisor, una calculadora con un número Pi de más de diez mil decimales. Envases que te anuncian el producto que contienen o electrodomésticos que autoimprimen su manual o te hacen una advertencia cualquiera desde la caja. Volantes que te echan el cuento completo de una huelga, de una feria, de una candidatura, de tu vida, o que contiene todos los libros, generándolos al azar como la Biblioteca Total de Borges.

Digo todo esto para que Rivas Rivas duerma más tranquilo y repiense su idea de que Internet es uno de los cuatro jinetes del apocalipsis del libro. Lo invito a visitar la BitBlioteca, por ejemplo, para que encuentre a Cicerón en latín, junto con Bolívar, Cortázar y Borges con su librería cabal. Eso sí: cual la biblioteca del Quijote, el libro en papel electrónico será como para volverse loco.


Respuestas al artículo de José Rivas Rivas «El libro y su circunstancia»

6 de julio de 1997

La lectura entre átomos y bits

En las páginas de opinión de este diario, el escritor José Rivas Rivas, se refiere a la nueva Ley del Libro (página A/7, 25-6-97), la cual defendería al libro de sus cuatro enemigos implacables: los altos precios, la incultura de la gente, la TV, y ahora, Internet. En esta afirmación vemos reflejada más de un mito en torno a la red, su supuesta perversidad o un rol deshumanizador —asociado en general a toda técnica— que tiende a separarnos antes que a unirnos. No podemos poner toda esta intencionalidad en la referencia de Rivas Rivas a Internet, que al fin y al cabo se limita a esa sola palabra sin más elaboración; sin embargo, el énfasis final de la frase nos suena a los cuatro jinetes, a los enviados del mal. Entre líneas parece decirnos: Para colmo, se suma hora Internet a las fuerzas que van a reducir al libro o a los lectores a su mínima expresión.

Entre las familias informatizadas —las que hacen uso intensivo de dispositivos de almacenamiento de información y de comunicaciones—, el acceso a la red ha conducido a un aumento del tiempo dedicado a la lectura, según un estudio del Instituto del Futuro, dirigido por Paúl Saffo. Una de las conclusiones de este estudio realzaba el surgimiento de un nuevo tipo de alfabetización, aquel que desarrolla destrezas y habilidades para la búsqueda eficiente de información y entretenimiento en el amplio rango de fuentes —digitales o no— con que contamos en la actualidad.

El libro ha sido por siglos fuente de conocimiento y punto de contacto con los grandes autores. Su potencial, a nuestro juicio, no se ve disminuido por el auge de Internet —coincidencialmente una de las empresas mas dinámicas en la red se dedica a la venta de libros—; son más bien los medios audiovisuales quienes han venido desplazándolo.

Aunque el formato electrónico no consigue reemplazar la experiencia única del diálogo íntimo que establece un autor con sus lectores, hay ventajas innegables en algunos tipos de libros digitales, donde el hipertexto rompe la secuencialidad para permitir lecturas personalizadas o se enriquece la experiencia de aprendizaje a través de los multimedios.

La telemática, por otra parte, ha servido para extender las bibliotecas al permitir acceso remoto a catálogos y a las obras mismas, aun si la lectura en pantalla no nos permite el tipo de interacción que tenemos con un libro o las mismas características de portabilidad. La BitBlioteca, por mencionar una iniciativa local, que Roberto Hernández Montoya está armando, dentro de las páginas de Venezuela Analítica se propone agrupar los documentos fundamentales de nuestra nacionalidad. Al estar compuesta de bits, esta colección de documentos —que se enriquecería, por cierto, con los aportes del historiador Rivas Rivas— es inagotable y ubicua: cualquiera con acceso a la red puede leer, almacenar o imprimir los textos.

¿Es ciertamente Internet una amenaza para el libro o nos abre una puerta hacia otro tipo de libros y publicaciones? Dé su opinión escribiendo a froilan.fernandez@zeus.eniac.com. Fax 02 408 3125. Un quiz para los lectores sagaces: hay más de un punto de coincidencia entre el Web y la Biblioteca de Babel. ¿Puede encontrarlos?

Froilán Fernández


9 de agosto de 1997

El libro otra vez

Tercio en la discusión que, entre otros, implica a mis amigos José Rivas Rivas y Roberto Hernández Montoya. Si el libro tal como lo conocemos llegara a desaparecer en favor de formatos provenientes del universo de la comunicación computarizada, será porque el objeto habrá de convertirse en superfluo. Si la gente no necesitara más los libros como existen hoy, no habrá fetichismo que valga. La literatura y el conocimiento, que a fin de cuentas es lo que importa, no desaparecerán, por supuesto, ya que están entre nosotros desde mucho antes de que existiese ni siquiera la escritura.

El libro no está en peligro de irse de este planeta: solamente va a cambiar, como lo intuye Roberto, pues así ha venido sucediendo con todos los soportes de la escritura desde que ésta existe. En todo caso, el libro electrónico ya ha sido desarrollado en fase experimental. Se trata de pantallas milimétricas, a semejanza de las hojas de papel, encuadernadas en un libro que es a su vez una computadora, que contiene, pongamos, mil títulos. Si se aburriera de la novela policial que comenzó a leer, manipularía un pequeño tablero en el lomo del volumen y el texto de las páginas-pantallas cambiaría y aparecería, si Dios quiere, un poemario mío o algún otro título realmente importante. ¿Qué tal?

Néstor Francia


13 de agosto de 1997

Intercambiar ideas con José Rivas Rivas, sobre todo no estando en desacuerdo, tiene dos ventajas: en primer lugar, tratándose de persona con tan larga y buena experiencia en el medio editorial siempre tiene algo valioso qué enseñar. Segundo, y no menos importante, le da la razón a uno. En el caso reciente nos da la razón a Froilán Fernández y a mí en su preocupación por la muerte del libro. En realidad lo que él dice es lo que se viene diciendo desde que aparecieron los libros en las computadoras: que el libro electrónico puede desplazar al de papel. No creo que sea muy preocupante. No tengo libros de papiro y pergamino en mi casa ni los echo de menos. Solo los tengo de papel y ahora electrónicos. Si el libro de electrones sustituirá al de papel es cuestión que conviene dejar prudentemente al tiempo. Creo de todos modos que el libro de papel tendrá vida mientras, tal vez pronto, tal vez tarde, se descubra un modo de llevarse el libro electrónico a la playa o a la bañera.

Roberto Hernández Montoya


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Breve teoría de Internet
Escribe, que nada queda

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