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PIIPR o los intelectuales nulos Letras, jueves 26 de noviembre de 1998 En sus memorables Relámpagos de agosto Jorge Ibargüengoitia habla de un Partido de Intelectuales Indefensos Pero Revolucionarios, el PIIPR, de los días de la Revolución Mexicana. En esa novela, lamentablemente agotadísima, debiéramos los venezolanos de estos días tener un espejo. Narra allí Ibargüengoitia un sainete que surge a la muerte del Presidente, uno de esos procesos como el nuestro, en que muere un mundillo político y nace otro. La narración la hace el general revolucionario Guadalupe Arroyo, para responder a las imputaciones que le hace en sus memorias su antiguo compañero, el Gordo Artajo. La defensa que hace Arroyo es con frecuencia peor que las acusaciones. Nunca se sabrá si el arte imita a la naturaleza o si es al revés. En estos días el terror de la clase dirigente ha llegado a manifestaciones patéticas que darían más risa si no fuera porque es el emblema de lo que han hecho y siguen haciendo con nosotros. Henrique Salas Römer telefonea a Irene Sáez y declara de lo más paladino que fue solo para saludarla luego del viaje de ella por Colombia. Irene se reúne con Alfaro, me refiero al Ucero, pero aclara que no es para negociar nada. ¿Será para comentar el primer lugar del Magallanes en la Liga Oriental? Todos están dando unas carreras ridiculísimas en el llamado Toconcha, «todos contra Chávez», pero ninguno quiere renunciar. Salas e Irene están suponiéndonos imbéciles, como siempre. Solo renunció Claudio Fermín, lo que demuestra que no sirve para político, pues tiene sentido del ridículo. Tampoco sirve Miguel Rodríguez, pues como buen intelectual siempre dice lo que piensa aunque no convenga políticamente. Por eso sacan unos pocos voticos. Porque por alguna razón muy grave cuyo estudio nos deben los politólogos, el método electoral es puramente emocional. Lo emocional no es malo, como el amor de madre, por ejemplo, pero sí lo es cuando excluye toda racionalidad. La madre no hace nada con apurruñar emocionada a su bebé si no piensa también racionalmente en darle de comer a sus horas. Los electores, sin embargo, somos puro corazón. Votamos por Chávez o contra él, pero no porque hemos reflexionado si es lo mejor, sino para salir de estos carajos si votamos a favor o para parar a ese carajo si votamos en contra. Los emocionados son demasiado vulnerables. No hemos dejado de dar la cómica los intelectuales. No sé cuál será la mía, pero debe ser bien gorda si gente tan ilustre la ha dado con ese manifiesto famoso en ninguna parte que sacó por allí un grupo de intelectuales llamando al voto nulo. Hay allí gente cuya competencia literaria me consta (no todos, porque allí hay de todo), por lo que no me explico quién redactó aquel galimatías. Me he refugiado en el consuelo de que hubo errores de transcripción en la prensa. Cuando uno esperaba que los intelectuales dieran la talla y nos aclarasen las cosas, que para eso están, nos encontramos con estos aristócratas en la mala llamando a lo que José Ignacio, ah malhaya tu pluma en estos momentos, José Ignacio, llamaba «una flagelación capuchina». Con razón se dice que a nuestros intelectuales no los conoce nadie fuera del país. Mejor así, por cierto, porque aquí entre tú y yo: qué vergüenza. Dentro tampoco, porque este manifiesto no lo he comentado sino yo, hasta donde estoy enterado (esa tal vez es mi cómica). ¿Indefensos pero demócratas? Más bien nulos.
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