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El camarada príncipe

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, domingo 14 de setiembre de 1997
Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del

Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Cuando muere alguien como Diana hay que tomar todas las precauciones. Los mitos apenas pueden entenderse a pesar de Lévi-Strauss, Eliade y Caillois, para no hablar de Platón. ¿Cómo se nos arma este bajo las barbas, sin intentar más bien comprender lo que está pasando?

Veamos con calma: como dice Jon Katz en la revista Wired, Diana no era una gran artista, una gran investigadora, no superó tiempos difíciles hasta simbolizarlos. Más bien logró un matrimonio ventajoso, cuyos obstáculos conocía tanto como a Camilla, la novia de su príncipe, antes de casarse, con todos los detalles. Más bien se dedicó, entre un bonche y otro, a la misma infidelidad que su marido. Una por otra, que llaman. Más bien dilapidó en poco tiempo más de diez millones de libras, que no son cosas de dilapidar. Más bien andaba con otro ricohombre, después de perder la corona que los Spencer persiguen desde por allá el siglo XII. Recabar fondos para enfermos y denunciar minas antipersonales está bien, y además morir así en plena juventud y belleza es como para poner triste hasta a Orlando Castro, pero, vamos, no como para la santidad.

Todo ocurre, para mayor ironía, en el momento en que muere una que sí al parecer tendría méritos para la santidad: la Madre Teresa, quien casi pasa por debajo de la mesa. Pero los mitos despilfarran afectos. Porque el asunto es más complicado que lo que permite entender la simplificación mitagógica: el príncipe enfrenta a grupos interesados en plenar a Inglaterra de rascacielos. A ello se opone Carlos, con apoyo popular. Sus razones tendrá. Políticas, seguramente. Pero sea lo que sean, los poderes que desafìa están bastante interesados en atizar un clima negativo alrededor de la familia real y del camarada príncipe.

La muerte de Diana no está clara. Cierto que había unos paparazzi, que son unos tales por cuales, que atormentan y degradan y ennoblecen lo que les va dando el buen tuntún de sus obturadores. Cierto que el acoso tiene que causar descomedimientos en sus víctimas. Para nada, porque lo que dan son unas fotos desnutridas, en que uno tiene que convenir en que cuatro manchas a lo Rorschach son una pareja de príncipes desnudos en un yate. No sé si ellos la mataron o si fue el alcohol del chofer o las dos cosas o quién sabe qué. Pero también se conoce que había una explotación bien mutua, porque Diana sabía manejar los medios, hasta el punto de que ahora nada menos que Time la eleva a "Princesa del Mundo", como un tabloide cualquiera. Ni ¡Hola!

¿Por qué seremos tan locos? ¿Cómo una arribista logrera y despiadada como Eva Perón se elevó a santa, tanto como lo era Jacqueline Bouvier desde antes de convertirse en Jackie Kennedy luego Onassis? Quién sabe si Aquiles el de los pies ligeros fue un cobarde, siempre el primero en largar la carrera. Tal vez un azar de circunstancias oportunas lo convirtió en el héroe que amamos, entre ellas el altavoz formidable que llamamos Homero. Otros, a falta de poetas, se granjean prensa sensacionalista y sentimentaloide. Como el amor: a veces inventa a la persona amada. Tal vez sea mejor así, para protegernos de tantas verdades.


También, de Tulio Hernández, Mártires del éxito compartido (seleccionado como uno de los mejores artículos de opinión de El Nacional en 1997-1998).

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