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 Caracas, Viernes, 25 de mayo de 2012
 

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Salserín: el oficio de niño prodigio

El Otro Cuerpo, publicación del Ateneo de Caracas en El Nacional del sábado 1° de marzo de 1997

Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Curiosa profesión. No es como la mayoría de los oficios, que se ejercen sin concitar curiosidad caminera: camionero, cardiólogo. Sólo las profesiones circenses, obvio, están hechas para que el público, esa hidra insaciable e implacable, las consuma: trapecista, malabarista, músico. Ante ellas la humanidad degenera en público. Pero cuando la profesión-espectáculo la ejerce un niño, se recrece en carpa de la legua: los hermanos Mozart a caballo por toda Europa para divulgar al infante que componía sonatas en si bemol a los cuatro años, señoras y señores, no se lo pierdan. Causa admiración y poco entusiasmo el niño prodigio en matemáticas, pero cuando la profesión es escénica entonces el mundo quiere fisgonear.

Debe estar en los genes humanos la alegría de descubrir que el bebé aprende a asir cosas, a balbucir palabras, a caminar, a bailar. Debe ser hipertrofia de esa alegría que además dirija orquestas o gane medallas de oro en las Olimpíadas. Hay casos curiosos como el viejito prodigio Karl Böhm, interpretándolo todo a su dilatada edad, para maravilla de los públicos. O zagaletones prodigios como Steve Jobs y Steve Wozniak inventando la Apple, la primera computadora personal, a los veinte años, en el garaje de la leyenda o como Bill Gates haciéndose millonarísimo antes de los treinta. O los héroes de la Independencia venezolana, muchos de los cuales murieron antes de llegar a los cuarenta, luego de dar batallas fundamentales para el mundo, siendo casi niños. Sólo algunos como José Antonio Páez vivieron lo suficiente para devenir viejitos prodigios.

En toda casa hay un niño que baila tangos para las visitas. Son lo que los gringos llaman una conversation piece, una ‘curiosidad para conversar’, como esos libros que se ponen en la mesa de centro para comentarlos a la hora del té, en caso de penuria para enhebrar la buena compañía con palabras oportunas. Siempre he pensado que nacemos inteligentes y poco a poco vamos aprendiendo a ser brutos. ¿No lo decía Rousseau? La poca inteligencia que nos queda no es más que atinada inmadurez. Al niño todo le interesa, pero a medida que crece, sus curiosidades se van adelgazando hasta devenir el paludismo intelectual que llamamos «edad del juicio». Sólo así devenimos barberos o ingenieros de obras, sumidos en una rutina cordal y sin sobresaltos. Algunos adultos verdes persisten en su curiosidad original y descubren la gravitación universal, inventan la rueda, la hamaca, la numeración binaria, el boomerang.

Otros arrapiezos están obligados a ser prodigios, como los huelepega de Sabana Grande, esos gamines de Caracas, o de Bogotá, o de Rio de Janeiro, que si no son precoces no sobreviven los escasos años que pueden resistir. Il faut surtout durer, ‘hay ante todo que durar’, dirían si fueran franceses como Gavroche.

Los niños precoces son los vengadores vicariales de los niños escocidos por la idiotez mandona y petulante del mundo adulto. Son los niños héroes de las mil películas domingueras, el Charrito de Oro, los sobrinos del Pato Donald, Mafalda, Salserín, que evidencian la torpeza de los adultos y/o que pueden tratar con ellos de tú a tú. Los demás niños se sienten vengados y reivindicados: ¿Ven? Nosotros también somos gente. La maestra es imbécil, pero está Servando, que es un sonero mayor aunque menor. Mi papá no entiende las cosas que verdaderamente importan, pero está Florentino, que levita cuando baila.

Por eso, yo, adulto embrutecido, me explico, amén de la obvia gimnasia erótica, por qué Salserín no es un fenómeno para una sola clase social, sino que se despliega ante todas, porque dispara un dispositivo universal de la infancia: su vindicación como homme entier, como ‘hombre completo’, ante el adulto. Salserín, como Shirley Temple, Joselito y Menudo, demuestra que los niños no son adultos incompletos, sino personas integrales y hasta mejores que el promedio crecido, bobo y rutinario. La clase de castellano es aburrida, pero puedo escaparme del liceo para ver al Bebé Salsero en el cine de la esquina. Escabullirme del liceo público, pero también de la escuela del Opus Dei, conocida organización financiera. Y a bailar salsa, que sigue siendo música de trasgresión, porque su parte más entrañable vino del África y no ha dejado de sonar y sonear. La «buena sociedad» adulta no admite la salsa —le falta tanto— pero en ella confluyen y se aman las culturas en alegría, como si su encuentro hace quinientos años hubiera sido amable. Salserín es una pizca de utopía desde la Lagunita hasta las Lomas de Urdaneta. Por eso Salserín interpela a los jovencitos en su propio lenguaje, cuando la dirigencia política y económica nacional ha perdido contacto con toda mocedad, a la que olvidó ya íntegramente. Son deferencias que se agradecen.

Delatar su música como incipiente es hacer como los adultos atontados que pretenden que los adolescentes deben hablar como un académico de la lengua. Y qué bueno por cierto que no hablan como los académicos linguales. ¿Has visto cuán horrible hablan y escriben los lingüistas? Es alarmante porque es una manifiesta incompetencia verbal en una profesión verbal, pero no es asunto de este artículo y ya me burlaré de ellos amablemente otro día, cuando ande escaso de temas no aburridos y además no tenga más nada que hacer. Baste por hoy decir que jamás le lee uno a un lingüista un destello metafórico comparable a ese de los jóvenes para designar como «la olla» el lugar inmediato al proscenio en los conciertos de rock o de salsa, en donde se arman las grandes trifulcas y cunden la desmesura, la hybris, las golpizas, la dilapidación de vida.

Pero también es verdad que en Salserín hay más talento que la música que tocan, asentada en la «salsa erótica», esa cosa de adultos atontados en el ejercicio embotado del comercio y que ni es salsa ni es erótica. Tal vez ellos, que pueden más, un día, ojalá, quién quita, validos de su lucidez, descubran al Beny, a Ignacio Piñeiro, a Bola de Nieve, a Celia Cruz, a Eddie Palmieri, y produzcan los sonidos magníficos para los cuales sus voces están hechas.


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roberto@analitica.com

Roberto Hernández Montoya es Licenciado en Letras de la Universidad Central de Venezuela, miembro del Consejo de Redacción de Venezuela Analítica, Director de La BitBlioteca; miembro de las direcciones editoriales de Venezuela Cultural e Imagen; columnista de El Nacional, Letras, Imagen e Internet World Venezuela. Cursó estudios de análisis del discurso en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París. Fue Presidente fundador de la Asociación Venezolana de Editores y Director de la Editorial del Ateneo de Caracas.

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