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Sección: Bitblioteca
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El nuevo renacimiento Domingo 19 de enero de 1997, p. A-5
Mario Vargas Llosa no está de acuerdo consigo mismo en su artículo de la página vecina el lunes pasado, «Librerías y libródromos». Afirma que las librerías tradicionales, de volúmenes raros, autores audaces y libreros amables y eruditos están dando paso a los «libródromos», cadenas de supermercados de best- sellers, pero que pueden ser positivas por aquello de la economía de escala y la conquista de nuevos lectores. Padezco dilemas similares. Como Martin Heidegger, que denostaba contra la tecnología a través de un altoparlante, según nos contaba Federico Riu. Ocurre con la música según The New York Times del 8 de diciembre. Uno iba antes a Don Disco y el señor Quesada orientaba con su erudición y su conversación afable. Ahora están esos supermercados de entusiasmo calculado, en que las computadoras no consienten discos que no se venden por carretillas. La revista Time del 13 de enero cuenta cómo la refinada cinematografía extranjera está desapareciendo de los Estados Unidos. Comenta algo parecido en ese mismo número en la última página el artículo de Lance Morrow, en la misma revista. ¿Será una epidemia? Don Mario coincide con el Manifiesto comunista, conuco viejo será, donde dice que los viejos valores señoriales y quijotescos se derrumban ante el pago al contado del capitalismo. ¿Pero es tan malo el cambio? Karl Marx diría que no. El intelectual de hoy es el de siempre, confinado al libro como fuente primordial. Ha admitido el cine de arte y ensayo solo en la medida en que atiende los viejos temas de la literatura y el teatro. Ahora está condenado a desaparecer con las librerías de don Mario. ¿Es tan malo eso? ¿Echamos de menos al bibliotecario medieval? Hoy los curadores de libros medievales tienen el conocimiento del bibliotecario medieval, pero no hacen voto de castidad y dominan la química y la electrónica que localiza palimpsestos, miran el pasado desde el siglo XX. ¿Echas de menos papiro y pergamino? Yo no. Hay una película de 1995 dirigida a los jóvenes, llamada Hackers, esos computistas que se burlan de los sistemas de seguridad. Aunque han tenido mala prensa, no todos hackers son malévolos. Los de la película leen a Shakespeare y a Allen Ginsberg. Son muchachos y muchachas elegantes, inteligentísimos, ecuménicos, científicos y tecnólogos. Estos héroes juveniles profesan la cultura tradicional mientras enfrentan la integración digital de los nuevos y viejos medios. Hasta ahora no era posible integrar imprenta, radio, televisión, cine, plástica, teléfono. Poner música en un libro era insertar una partitura. Hoy podemos oírla si el libro es electrónico, o poner una película en medio del texto. Las fronteras se borran. El intelectual multimedia se parecerá más a un hacker que a don Mario o a ti o a mí o a Heidegger. Estará enterado de Platón y del último sistema operativo, del apólogo medieval y del monitor de cristal líquido y podrá integrar todos los medios en una Gestalt, como suele suceder, mayor que la suma de sus partes. Nuestra alarma ante el hipertexto le dará ternura y risa. No hay otra ruta: Las nuevas interfaces serán integradas, inteligentes, cultas y estéticas o no funcionarán. El intelectual de Internet será un nuevo renacentista valga el pleonasmo pero con más recursos que Leonardo. ¡Es tan difícil explicarlo al intelectual unidimensional de hoy! Pero así es como avanza la historia.
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