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Renopla

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, domingo 27 de junio de 1997, p. A-5

Roberto_y_Hannah

Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

La señorita Paola Jones conoce las partes íntimas de Bill Clinton. Según ella, cuando Clinton era gobernador de Arkansas le hizo proposiciones indecorosas, conducta que no me parece reprobable porque tiende a asegurar la multiplicación de la especie y si la dama no tiene interés pues dice que no y ni siquiera se archiva el caso, total la que no acepta lo agradece. El problema es que según la Srta. Jones el entonces futuro presidente se le mostró tal cual nació, de una vez y sin mediar palabra; es decir, un modo de persuasión por demostración directa que no es decoroso, según me han asegurado. Lo cierto es que la Jones dice que puede describir inequívocamente la intimidad presidencial.

Y aquí las lectoras me van a perdonar una tentación machista que debo a Sancho Panza. El único modo de dejar atrás una tentación es caer en ella. Pues bien, hela aquí: ¿cómo sabe Paola que en La Guaira hace calor si nunca ha ido? Porque supongo que si puede hacer una descripción inequívoca debe conocer muy bien el ser que pormenoriza y haberse detenido en su contemplación propincua. O bien es que la presidencial pieza tiene lo que los lingüistas llaman un rasgo distintivo, eso que las reseñas policiales llaman una señal particular. Tal vez sea un tatuaje, como la palabra renopla, por ejemplo. Para los que llegaron tarde: érase una vez un elemento muy bien dotado, pero que cuando estaba en reposo lo tenía muy corto. Cuando se encontraba entusiasmado, la palabra renopla se expandía en la frase «recuerdo de una apasionada noche de amor que pasé en Constantinopla». Ignoro si el presidente Clinton ha estado alguna vez en Constantinopla.

¿Hablamos de los criterios vagos, de lógicas difusas, de conjuntos borrosos? En los Estados Unidos se ha desatado una persecución contra el acoso sexual. Muy bien. Hay mucho jefe que abusa de una subalterna, valido de su poder. Yo no haría negocio con un tipo así. Pero el problema es cómo se prueban esas cosas. Entonces el abuso puede venir de la presunta víctima. Hace días un tribunal sancionó a una ciudadana de ese país porque según parece acusó falsamente a unos basquebolistas de haberla violado. Es la palabra de la víctima contra la del victimario. Entonces se desata una neurosis paranoica en la que uno no puede decirle a una dama qué collar tan bonito porque puede ser denunciado por acoso sexual. ¿Cómo se estarán requiriendo de amores los gringos? A lo mejor se extinguen en una generación y termina siendo una paranoia genocida. Imagino que los servibalseros venezolanos emigrados a Miami deben estar presos todos por andar piropeando catiras por aquellas calles.

En eso los yanquis son gente bien ociosa. Puritanos al fin distraen con problemas menores los problemas mayores. Hace poco un niño de siete años fue condenado por acoso sexual porque besó a una niña. Cuando Jack Kennedy era presidente, un piquete de manifestantes estuvo protestando ante la Casa Blanca porque el perro de la familia presidencial andaba desnudo. Desfilaban, claro está, con sus tusos debidamente cubiertos con unos ocurrentes taparrabos, que no sé cómo harían para dar del cuerpo. Imagino que lo mismo harían con sus caballos y burros. No sé cómo harían con los hamsters. Creo que los Kennedy no les hicieron mucho caso. Por eso es que los matan.

Menos mal que en Venezuela nos protege el sentido del humor —de eso y de cosas peores. Todavía.


Ver también
Clinton/Lewinsky

De RHM
El acoso del sexo
El erotismo histórico: Helena, Cleopatra, Mónica
Otros textos sobre política
Siete
[sobre los pecados capitales]

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