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Sección: Bitblioteca
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La revelación del año Domingo 2 de noviembre de 1997
Érase una vez un revolvudo a quien sus amigos le chismearon que su esposa le estaba siendo infiel en cierto lugar. El tipo fue a acechar el cierto lugar. Como regresó sin mayores aspavientos sus intrigantes amigos lo interrogaron. Respondió: Bueno, sí, están en eso, pero tampoco es una cosa allaota que uno diga. Siempre es cómico confundir calidad y cantidad, como la joven que decía que estaba «un poquito embarazada». O el cura que puso una computadora en su confesionario para tasar las penitencias. Un día una chica se acusó de que su novio había recorrido en ella la mitad del camino. Como la computadora daba un error persistente, el santo varón la exhortó a que acudiera a su novio para que le hiciera el mandado completo porque la máquina no tenía coprocesador matemático, esos con decimales y punto flotante. Si el problema calidad/cantidad es un atolladero filosófico de magnitud tan enorme que en él han naufragado hasta los filósofos más afanosos, menos voy a dilucidarlo en un artículo dominguero. Si al menos yo tuviera el talento de los policías de Chacao. Establecer lo que es un beso «prolongado» es cosa fácil, basta dotarse de un cronómetro de alta precisión y tener una tarifa cartesianamente clara y distinta que delimite cuándo un contacto labial comienza a ser prolongado. A no ser que uno se ponga como los filósofos medievales a decidir cuándo un puñado de trigo se convierte en un montón de trigo, dónde está el grano que hace la diferencia, basta con señalar, por votación popular de los vecinos que exigieron la medida, un número determinado de minutos, más bien tal vez segundos, a partir de los cuales la moratoria del ósculo comienza a ser municipalmente ilegal. Hasta un beso mordelón es fácil de establecer. Hay casos especiales, como el beso de Judas, que puede ser bien breve aunque de nefastas consecuencias. El barullo ontológico comienza con eso de caricias «reveladoras». ¿Reveladoras de qué? ¿Qué es una caricia, por cierto? Pasarse la mano, claro. Rozarse, claro. Pero ¿y si el roce es accidental? ¿Cómo se hace en el caso de la famosa «mano muerta»? O los palpos de médico. Hay en Venezuela ginecólogos famosos por la ambigüedad de sus palpos. Es como aquella guía para la confesión que enumeraba entre los pecados las «miradas peligrosas». Tal vez es que nunca me han lanzado una mirada peligrosa, como no sea la de un tombo de esos que Amnistía Internacional calumniosamente dice que andan matando a la gente por las calles de Venezuela. Tal vez me las han lanzado y no me he dado cuenta. Es más, tal vez yo mismo las he lanzado y tampoco me he dado cuenta. Porque el Diablo tienta, Irene. Ahora bien, supongamos que hay un método idealmente escolástico para saber la diferencia entre una caricia y un toque técnico. Nos quedaría todavía por saber qué es una caricia «reveladora». Renuncio a cualquier intento elucidatorio. No tengo la imaginación de Irene. Me parece tan raro, especialmente en ella, que primero se dio a conocer por sus reveladores atractivos, antes de llegar a alcaldesa competente. ¿Esta ordenanza será la misma que prohíbe en Chacao la venta de fósforos y encendedores? A veces Irene me parece copeyana. De las de antes. Pensar que, con todo y su guardia real, me sigue cayendo bien y hace unas semanas hasta me parecía divertido tenerla de Presidenta de la República. Ahora me está comenzando a lucir amenazante. Excusen el desliz, es que yo no sabía que era autoritaria.
Sobre nuevos modos de hacer política a travésde Internet, ver ¿Un nuevo Doradoo nuestro boleto para el Primer Mundo? de Nelly Lejter. El debate político en Venezuela
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