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Siete
Texto de presentación del dossier preparado por la revista Imagen sobre los siete pecados capitales en este fin de siglo. De él forma parte también No oyen sino a ellos mismos [la avaricia], de Juan Liscano Suscribirse al grupo del programa radial Como ustedes pueden ver (un programa para la gente que escucha)
ÍndiceAvaricia Profundo en nuestra era, en el año 600, un monje que llegó a papa, Gregorio el Grande, estipuló los Siete Pecados Capitales. Con el seso recalentado por la soledad y el sol egipcio, el cenobita fraguó una doctrina que aún nos dura, tanto que nos disponemos aquí, ejercicio intelectual, espiritual tal vez, recorrerla para examinar la vigencia de esos siete errores magnos, modo de entender este fin de siglo, es decir, de entendernos a nosotros mismos. Durante catorce siglos los hemos vituperado y cometido. En cada época, se ha dicho, se reinterpreta El Quijote, se retraduce a Shakespeare ...y se redescriben los siete yerros. Se puede argumentar que pudiera haber otros, impugnar su número, pues podría haber más. O menos. Soberbia e ira podrían condensarse en uno. Pero como convención de método no está mal postularlos así, sin importar la cantidad, para ensayar en cada momento una etnografía a fin de describir la vida y confesar que la hemos vivido. Otrora pecar era artesanal, como todo. Ocurría en la fonda, donde una matrona gorda nos consentía la gula. O se practicaba la lujuria con las que Quevedo llamaba «hermanitas de pecar», es decir, izas, rabizas, colipoterras, golfas, pelanduscas, fulanas, furcias, maturrangas, putas. Pero era gimnasia de talla limitada. Hoy esos mismos pecados, como veremos, tienden a dimensiones industriales, con su desmesura calculada y su gentío. Examinemos, pues, estas siete «maldades» con la ironía inevitable de quien examina una época al tamiz de otra, este 1998 visto desde un instrumento del 600. Al final trataremos de ver qué hacer con ellos. Algunas de estas ideas nacieron en una reunión del Consejo Consultivo de Imagen, gracias a una proposición de Susana Gámez para un número temático sobre estos pecados en el fin de siglo. Siempre se cantó a los pobres. Cristo, Charlot, Sócrates, Buda, Diógenes, el cínico, que abrazó la pobreza siendo rico. Pobreza era noble, desinteresada, sublime, sabia e inteligente. Emuló a Diógenes en otro aire San Francisco de Asís. Emuló a ambos Simón Bolívar, que murió con una camisa prestada luego de ser uno de los ricohombres más empinados de Venezuela. Un amigo, que ya se acerca a la edad provecta sin haber acumulado un centavo de que farolear, me informa que se metió a comunista; así nadie lo anotará entre los fracasados sino como luchador popular, que viste tanto que muchos burgueses fundaron partidos comunistas para sobresalir de entre los demás ricos. La pobreza merecía simpatía o al menos comprensión. Nadie era más respetable que un mendigo, sobre todo si era niño, anciano o madre. Durante los años sesenta se puso de moda ser pobre. Ya no hubo nuevorricos sino nuevopobres, niños bien que ostentaban su recién adquirida miseria mendigando porque así sobresalían de entre los demás ricos. Fue guilladura pasajera, claro. Meses. Semanas. Casi nadie lo recuerda. Sobre todo ellos. Y en eso llegaron los neoliberales. Ser pobre es la peor vergüenza y ser rico la máxima gloria. Fuera Cristo, caiga Charlot, al pajón Sócrates y Buda, apártense Diógenes y Bolívar que ahí viene Bill Gates, el héroe emblemático de este fin de siglo. Él resume la codicia infinita, lo que Aldous Huxley llamaba un apetito desinteresado por el dinero, porque obliga a rigurosas renuncias y no puede disfrutarse personalmente sino en proporción cada vez más minúscula. Los hombres de Wall Street apenas disfrutan de la vida, son monjes modernos, ascéticos, místicos y todo. Lo decía también Julio Camba: nadie, por Gates que sea, por avorazado que sea, puede devorar cien reses por día. Nuestra figura mítica fundamental de este fin de siglo es Midas. Pero más encarnizado, porque Midas se hacía rico tocando las cosas mientras estos no hacen nada. Hasta mientras duermen, una computadora vela y hace por ellos transacciones automáticas, generalmente exitosas, de las que rinde cuentas por la mañana. Hacen dinero mientras lo sueñan. Hacerse rico ya no merece sobresaltos, especialmente en quien ya lo es. Porque aun ese rico se vuelve a hacer rico cada minuto, incansablemente, como Sísifo indoloro. La riqueza para ellos es automática. Algo así como 240 personas poseen más de la mitad de la riqueza producida por el hombre. Regresa, Marx, estás perdonado. Ver más sobre la avaricia en No oyen sino a ellos mismos, de Juan Liscano. EnvidiaUn ex guardaespaldas noquea a Jean-Claude van Damme, un zafado acierta un pastel en el rostro de Bill Gates, Diana de Gales muere violentamente, Bill Clinton sufre apremios políticos por sus correrías sexuales. La envidia disfruta de los más ínfimos fracasos de los triunfadores. Se repone así de la ansiedad al descubrirlos frágiles, cotidianos, falibles, derrotables; como nosotros. Los leemos en la prensa sensacionalista, que compramos o topamos con fingida inocencia en una peluquería. Se llaman ¡Hola!, Gente, People, Jours de France. En Inglaterra se puede hablar de una civilización del chisme por los mil tabloides que rumian la vida de la realeza y sus alrededores. Hay gente que se dedica a eso, sean papparazzi, esos facilitadores de la envidia, sean lectores asiduos de esas publicaciones, sean los que las escriben. Son los voceros oficiales de la envidia. Los que inventan morbosidades sin documentarlas, como que Diana estaba embarazada cuando murió. Envidia es avinagrarse porque alguien la está pasando mejor que uno, lo que sea que eso signifique: más dinero, fama, belleza, talento. Hay envidiosos absolutos que sienten que hasta el pordiosero es más que ellos. He conocido gentes así, bellas, talentosas, bien nacidas y envidiosas. ¿Cómo se hace? Fue cuando descubrí que la envidia no siempre es propiciada por causas exógenas, sino que anida desde siempre en este género de envidioso. Esa envidia no tiene ecología porque es intrínseca y absoluta. Debe ser horrible envidiar así porque no hay sosiego. En el pecado está la penitencia. Pero no proso de esa envidia aquí, sino de la de masas, de la de este fin de siglo, callejera, vocinglera, descortés, proclive a todo patetismo siempre que sea espectacular. La envidia, como los otros seis pecados, se industrializó y se agrandó exponencialmente. Antes los envidiados eran los héroes, ficticios o de los otros, los reyes, los grandes. Aún lo son, y se los inmola asiduamente. Pero antaño el espectáculo era plaza y callejuela, a lo sumo patio de palacio real. Hogaño la envidia es ubicua gracias a los medios de comunicación. Es placer perverso ver caer las más altas torres. Ben Johnson y Diego Maradona descalificados por drogas; el príncipe monegasco sorprendido en tratos con una «trabajadora sexual», como se mienta hogaño esa vieja profesión, que sirvió de señuelo porque estaba indescriptiblemente buena por eso sirvió para fotografiarlo en una terraza y exponer sus principescas lascivias a la mirada universal. Habrán hecho voto de castidad porque él cayó por un mal lance y ella porque usa su sexo como celada y nadie querrá caer en ella. Cualquiera que sobresalga puede tener un lance pobre y venirse al suelo con un ruido ensordecedor, total también son humanos; hasta los dioses tienen miserias. Tarde o temprano puede pasar y estadísticamente, probabilísticamente, pasa, para regocijo general. La humanidad puede ser horrible. GulaLos kioscos de periódicos comenzaron a vender tímidamente unos tostones preindustriales más o menos pétreos, envueltos en un celofán sin arte. Pero poco a poco del chocolate fueron pasando al chis güis (ignoro orgulloso las varias ortografías de este comistrajo) y al tostón de bolsita manufacturera y peripuesta. La industria de la chuchería servía para mantener viva la llama del kiosco después de la venta del diario matutino a primera hora. Más tarde era una revista cada media hora, con suerte. Hoy existen kioscos que se dedicaron tan enteros a las gollerías que no tienen ni una revista amarillenta para aliviar la nostalgia por la época en que solo vendían signos quietos. Comercian exclusivamente sobredosis de sal, azúcar y colesterol, sin remisión editorial. Antes uno se empachaba en un bodegón deslenguado, o se relamía en restaurante lechuguino o en casa de familia esmerada, donde los platillos inquietantes iban turnándose lentamente entre aperitivos, vinos, sorbetes y fórmulas de buena compañía. Todavía hay gula docta, pero la glotonería propia de hogaño se cumple sobre todo mediante pizzas voladoras que trae una linda motociclista, hamburguesas a cien por hora, colesteroles mal temperados, que producen obesidades endémicas. La comida rápida ha inspirado asociaciones de comida lenta para intentar el rescate de la gula estudiada. La bulimia ha caído tan bajo que ahora cualquier hamburguesa y cualquier perro caliente esquinero satisfacen paladares urgidos, sin gusto, sin sensualidad, sin refocilo, sin doctrina. Así no vale la pena. Mal provecho. Los dioses la infundían en los hombres para que se entrematasen como moscas. El canto homérico de la guerra tuvo validez hasta Hiroshima. Desde entonces la guerra se hace con una ira condensada en una destrucción que no dejará señales. La nuclear será una guerra sin héroes, sin vértigo, sin suspenso. Pero paradójicamente la bomba atómica, si cae, es un decir, si cae, no provocará la muerte habitual de las guerras, sino la hipermuerte de toda la humanidad. Un individuo, tal vez enloquecido, ¿si no cómo?, pulsa unas claves y aprieta un botón, sin pasión, sin vehemencia, en un salón de aire acondicionado y alfombras. Y sin embargo nadie habrá muerto tanto como en esa guerra. Antes había la apelación ante los supervivientes, pues algo les dejábamos para sobrevivir en ellos: el Partenón, el merengue apambichado, las ecuaciones de segundo grado. Pocos eran recordados por su nombre individual, Cervantes, Beny Moré, pero la respiración que mantuvo viva la lengua para que la heredaran los hijos, por ejemplo, alivió la muerte. Esta guerra sin sobrevivientes no dejará hijos. Solo perdurarán seres invictos como las cucarachas porque pueden soportar con displicencia la más pestilente radiación nuclear. Son el mejor diseño de la naturaleza porque puede sobrevivir al peor, al hombre, tan chambón como ser vivo que se ha puesto a punto de acabar con casi toda biología en un inmenso borrón sin cuenta nueva. Un ser vivo que generó las condiciones para no vivir. Esa es la hipermuerte, pero hay otra, la muerte artera y minuciosa de la bomba que mata niños, la que finiquita a sus víctimas con tiros en la nuca o estrella aviones contra torres y mata a miles de inocentes. Para no contar masacres como las de Sudán y otros lugares, perpetrados por estados «democráticos» como los Estados Unidos. El terrorista invoca cualquier principio, que por elevado que sea pierde toda validez cuando en su nombre una madre se queda sin sus hijos. Se han profesionalizado. Al principio ponían bombas los barbudos, los anarquistas, los nihilistas. Pero era gente de su casa que se indignó un día y emprendió cosas así. La vida se tornaba una lucha romántica, épica. Fidel vibraba en la montaña porque no se inclinaba ante papas. Luego vinieron los jornaleros del terror a dejar sus cicatrices. Han crecido. Ahora ponen el mundo entero en peligro y desbaratan largas y arduamente ganadas instituciones liberales. Nuestra ira de hogaño es taciturna y tan estúpida como los fundamentalistas de cualquier religión. Ver Ha poco se vendían cada año en Venezuela 86.400.000 condones. Fue antes de la popularidad del SIDA, lo que nos instiga a suponer que ahora la cifra es mayor. En circunstancias habituales, con un condón pecan por lo menos dos. En santo matrimonio no hace falta porque está contra la prohibición eclesiástica de casi toda anticoncepción. Para colmo con ellos se copula solo por placer, lo que para la ortodoxia es vergonzoso, como todo goce. Son, pues, no menos de 172.800.000 pecados por año. ¿Cómo atender a tantas almas perdularias? ¿Cuántos confesionarios a cuántas autoacusaciones por minuto se requieren para expiar tanta incontinencia anual? La estructura de las iglesias es preindustrial, feudal, y por eso es tan difícil resolver este otro misterio teológico de recibir la confesión de tanta demografía retractada. Ni el actual Papa Superestrella puede predicar contra desenvoltura tan poblada. La idea de una página WWW vaticana que reciba las confesiones vía Internet no satisface, me parece, los extremos del derecho canónico. Aun suponiendo que todos los pecadores estén conectados a la Red de Redes. Por eso, pues, no se reciben. Y los pecadores deambulan por allí sin Dios y sin Santa María, fornicando bajo la protección del látex. Para no hablar de quienes lo hacen bajo el amparo de otros métodos no menos propensos al Infierno. Ya las cosas estaban en estos pasos cuando llegó Internet a erizarlas. Como si no bastara la industria tradicional de la pornografía, con sus libros y revistas de tiradas profusas, sus miles de películas gimnásticas, sus líneas telefónicas calientes. Ahora viene esta nueva forma de pecar en la privacidad de la pantalla incesante, sin testigos, sin «señor, véndame esa revista, qué vergüenza». Ahora uno busca en www.persiankitty.com algún lugar picaresco y se entrega al pecado sin exhibiciones. Entra en algún chat, donde conversa con otros lujuriosos igualmente anónimos, en vivo y tiempo real a través del teclado, aunque cada vez más la tecnología va permitiendo también voz, vívido rostro y cuerpo expuesto ante cámara digital. Ya no se peca solamente con la vecina ansiosa, el condiscípulo rijoso, la caminadora sinuosa o el gigolo descarado. Ahora se ejerce el pecado con recursos empresariales en que se entroniza la productividad como virtud suprema que se aprende en institutos de estudios superiores de administración. La lujuria se planifica, se presupuesta, se calcula mediante computadoras y se beneficia de las nuevas tecnologías de compresión de datos para aumentar el tamaño y duración de las películas QuickTime que permite tramitar la Red de Redes. Cada nueva expansión del ancho de banda hace viable una nueva oleada de pecados. Cada vez que mejora un modo de pasar fotos o películas por los cables y los satélites, se expande la oportunidad de pecar. Léelo en «Sex Sells» en Wired de diciembre de 1997. Su Santidad Gregorio Magno no nos dejó en su año 600 ninguna clave para combatir tanto bit pecaminoso, tanto streaming impúdico. Y ya que no puede impedírnoslo vamos a gozarlo. Algo tan bueno no puede ser pecado. Que lo disfrutes. Pereza era dejar que los demás resolvieran lo que te correspondía a ti. Aún lo es, pero con otro dejo porque ya no tienes que seducir al prójimo para que te mantenga sin contribuir. Basta un ogro filantrópico, un buen welfare state para que un tropel de desempleados coyunturales o estructurales campee lejos del torrente de la vida. Haraganería obligada y redimida del estigma de la pereza clásica. Paul Lafargue, yerno de Marx, escribió un famoso y marxista elogio de la pereza (El derecho a la pereza). El único que yo conozca; qué bueno que no le dio pereza escribirlo. Discrepo de la idea de que estas siete cosas son pecados, pero sobre todo me pongo malcriado e intransigente en defensa de la haraganería. ¿Por qué tanta admonición contra la holganza? Gracias a las tecnologías de punta, duplicar la producción ya no es siempre duplicar trabajo. Esa reprimenda es abuso santurrón porque basta apretar un botón para que una imprenta tire el triple. En la Edad Media se necesitaban tres monjes en vez de uno o que un monje trabajara por triplicado. A veces no entiendo de qué modernidad hablan los posmos. Nunca como hogaño tuvo la flojera tanta vigencia ni fue tan defendible ni tan recomendable. Soberbios eran los reyes, los duques, los cardenales, los papas. Exhibían sus oropeles sin pudor. En este momento hay otro tipo de principales: los santones. Moon, el líder de la secta Verdad Suprema, el Unabomber, la Madre Teresa, Diana de Gales, elevados por sí mismos o por los medios a figuras proceras, sin haber contribuido con la menor representación sabia u original que los recomiende. No siempre son ellos quienes se hipostasian. A veces es la masa que los encuentra figura tutelar en quien depositar su ansiedad de sabiduría y a menudo la halla en personas que se apoderan de su magín mítico. Como hay que ser sabio para reconocer la sabiduría y como solo unos pocos lo son, basta que alguien la simule para que se le aclame masivamente como tal. Fue el caso de la Madre Teresa, a quien los medios asignaron una responsabilidad que excedía su competencia no ya espiritual, que no recuso, sino su capacidad de generar doctrina aun para los creyentes. No es ella la que me preocupa. Ni siquiera Diana de Gales. Total ninguna de las dos prodigó enseñanzas negativas, ni siquiera Diana. Me asombran y atemorizan sí los que validos de una doctrina cualquiera, generalmente bien menesterosa en lo intelectual, se arrogan el derecho de dirigir vidas ajenas, cuando no entorpecerlas, atropellarlas o terminarlas. Y peores son los tránsfugas, que luego de causar alboroto y extraviar a la gente, declaran que se equivocaron, así como así. Tal hacen muchos que en Venezuela fueron de la izquierda borbónica (que ni olvida ni aprende) y exaltada y ahora son energúmenos seniles en la derecha también borbónica tanto como lo fueron cuando eran infantiles de izquierda. Mucha gente de izquierda no conoce la discreción ni siquiera cuando se pasa para la derecha. Mayor soberbia ni Caldera. Las condiciones contemporáneas no pueden asumirse con éticas caseras. La escala de los asuntos públicos ha reducido la ética doméstica a mera extorsión moral al individuo que no está en verosimilitud siquiera de cumplir el Decálogo de Moisés. ¿Cómo no matar cuando has sido comisionado por un laboratorio para elaborar una sustancia que ni siquiera sabes que será utilizada posteriormente en un arma química? ¿Cómo no robar cuando trabajas en una organización financiera? ¿Cómo plantarte ante la gula si las empresas han estudiado el último lóbulo de tu cerebro y te han vuelto una máquina de devorar harinas con exceso de sal? El individuo está desasistido ante organizaciones que han tecnificado la muerte, la tentación, la tortura y la ingeniería sicológica de la publicidad. Son escalas incompatibles. La ética hogareña que perversamente se nos inculca, como en la postulación de estos Siete Pecados, no es más que un instrumento de esos grandes aparatos para conducir el tropel humano hacia doquier que les convenga. Verlos desde la perspectiva de la moral familiar es endosar su omnipotencia. Por eso me resisto a verlos como pecados sino como chantaje moral. Son las condiciones que Pierre Lévy ha llamado molares, es decir, los sistemas que, eso es, muelen brutalmente (l'Intelligence collective, París: la Découverte, 1996).
En estas circunstancias el individuo es molido, dispersado, apabullado. Y encima vienen los profesionales de la moral, a atormentarlo con que «es tan culpable el banquero que se apanda mil millones como el empleado que se roba un tocón de lápiz», «mirar a la mujer de tu prójimo es tan culpable como el que busca casarse con la hija del patrón», «todos contaminamos», cierto, solo que hay unos que contaminan más que otros. No hay relación de escala. Tiras una servilleta en la autopista y eres tan culpable como la petrolera que irresponsablemente derrama un supertanquero en la mar. Homologar al individuo con una multinacional es un acto de crueldad, de perversidad, de manipulación. No, amigo puritano, no estoy proponiendo que la perduta gente robe los lápices y tire servilletas en las vías. Solo estoy intentando poner las cosas en su escala debida. Los grandes aparatos están en el paradigma que Pierre Lévy ha llamado molar, porque muele. Como la industria, que recalienta y contamina el ambiente, y usa brutalmente la materia, aserrándola, blandiéndola, zarandeándola, volviendo basura su mayor parte. O la educación, que vuelve las mentes un criadero de apocamiento moral e intelectual. No sé si, como piensa Lévy, el paradigma molecular, opuesto al molar, será más prolijo y primoroso con el individuo y con la ética. Si devolverá su talla humana a la sociedad, si la madre podrá ver y llamar a su hijo desde cualquier rincón de las nuevas viviendas, ese viejo ideal de la arquitectura, demolido por los superbloques molares. Y morales. No sé si por satisfacer mi necesidad de esperanza debo empecinarme en que Internet será más molecular que molar y te permitirá recuperar tu don de gentes al poderte dirigir a la toda humanidad por Internet sin deshumanizarla ni deshumanizarte. Ni si toda la humanidad podrá hablarte sin demoler tu decoro intelectual para no estar por encima del promedio mecánico y tal vez imaginario. Últimamente ese optimismo se me amella cuando observo cómo el dominio de los estándares tecnológicos campea y se afianza en el campo de lo molar. Dicen que Microsoft domina más del 90% de las computadoras y aspira a dominar todos los estándares de la Internet y de la computación. Y del mundo. Nunca se vio, porque no era posible, una empresa que quisiera dominarlo todo. Ahora es posible porque la computadora, que Microsoft domina, es la primera máquina universal. Y si no es Microsoft será Apple Computer o Sun Microsystems o Netscape. Bill Gates es ya el hombre más poderoso de la Tierra y no veo ninguna fuerza capaz de impedirle alcanzar un poder mayor que el que tuvo Stalin, que hasta ayer había sido más poderoso que César, Alejandro, Darío, los faraones y Gengis Khan juntos. Cuando Microsoft domine tu banca, tu lavadora, tus películas y tus libros, tal como hoy domina tu computadora, el programa en que escribo estas notas y el servidor de Internet a través del cual ellas te llegarán en su versión electrónica, lo molar habrá triturado lo molecular antes de que lo molecular nazca o se desarrolle. Lo que más me preocupa de las nuevas tecnologías y del paradigma molecular es mi optimismo. Algo debe estárseme pasando por alto para estar tan contento. Estas son las malas noticias. La buena es que con las nuevas tecnologías al menos los individuos tenemos por primera vez algo estratégico en las dos manos. Vamos a usarlo.
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