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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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El socialismo cada vez menos real

El Nacional, domingo 10 de junio de 1990

Ver El stalisnismo: efecto perverso del capitalismo

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

    Edgardo Lander, Contribución a la crítica del marxismo realmente existente: ciencia, verdad y tecnología, Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1990.

    Teodoro Petkoff, Checoeslovaquia. El socialismo como problema, Caracas: Monte Ávila, 1990.

    Carlos Rangel, El marxismo y los socialismos reales y otros ensayos, Caracas: Monte Ávila, 1986.

Otro poco de calma, camarada

Fanático es el que redobla los esfuerzos precisamente cuando ha olvidado los fines.

Santayana

Hay dos modos completamente opuestos de criticar el marxismo: el más fácil consiste en presentarlo como una inexplicable intromisión de la irracionalidad y la barbarie, una incomprensible manifestación de la perversidad humana, una aberración de la «verdadera naturaleza humana» —que, como se sabe, es capitalista—, etc. Es la visión anticomunista tradicional, que procede entonces a glorificar el capitalismo como el único y exclusivo modo de ser verdaderamente humano. Y así, con la misma beatitud ético-salvadora con que Lenin pedía «todo el poder para los soviets», el fanático capitalista exige «todo el poder para la banca».

Esta sacralización olvida que la empresa privada no es tan infalible como el Papa o como Stalin: la empresa privada construyó el Titanic y el Helicoide, es la que ha fracasado con Viasa, el Canal 8, el BND y mil fiascos más, que hoy son empresas del Estado después de que los empresarios privados fracasaron con ellas y el Estado los resarció con creces precisamente por su ineptitud, comprándolas a buen precio. Tal vez ahora esas empresas se reprivaticen para que vuelvan a fracasar y así cumplir con el simpático ciclo del capitalismo venezolano, que consiste en alimentarse del Estado y luego quejarse de su intervención. No que el capitalismo siempre fracasa, sino que puede fracasar, que no es infalible, como humano que es. Y a su vez el Gobierno ha hecho las Pirámides de Egipto y el Metro de Caracas, sin olvidar la Gran Muralla China y los Jardines Colgantes de Babilonia. Ninguna de esas grandes obras las hizo la empresa privada. No que el Estado siempre acierta, sino que puede acertar, como humano que es.

En conclusión: que tanto el Estado como la empresa privada, como todo lo humano, son buenos en todos aquellos casos en que son buenos y son malos en todos aquellos casos en que son malos. Es una perogrullada, pero pasa que las histerias doctrinarias —como la marxista o la neoliberal— son incapaces de comprender hasta las perogrulladas.

Esta posición, que encuentra entre nosotros a su más lúcido exponente —sí, gente de izquierda, dije lúcido— en Carlos Rangel, tiene el inconveniente de que en el mejor de los casos es verdad solo por la mitad: la mitad que critica el socialismo real. La otra mitad, que consiste en la leyenda dorada del capitalismo, es un ala rota que nos pone a dudar de su propia honestidad intelectual: mientras esté ligado a aparatos capitalistas, el silogismo es obvio: X está ligado a un aparato capitalista, el capitalismo es enemigo del socialismo, luego X es enemigo del socialismo por esa sola causa y no por una convicción filosófica, ética o científica. ¿Cómo hago entonces para creerle? ¿Cómo hago entonces para tenerle simpatía?

Y la variante complementaria de esta posición: la que acalla o —lo que es peor— descalifica todo amago de crítica del socialismo real porque «hace el juego al enemigo». O como lo llegó a decir el mismísimo Sartre, con frase bella, conmovedora y falsa: « Pour ne pas désespérer Billancourt ». Como si entre nosotros dijésemos: «No critiquéis el socialismo para no desesperanzar al Barrio Marín, a la propia gente». Eso es: el comunismo devenía una esperanza milenarista, la Salvación cristiana secularizada. Y entonces no se podía criticar ni el tipo de letra en que estaban impresos los textos sagrados de Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao, Fidel, el Che, Pol Pot, Kim Il-Sung, etc., pues el capitalismo es una inexplicable intromisión de la irracionalidad y la barbarie, una incomprensible manifestación de la perversidad humana, una aberración incomprensible de la «verdadera naturaleza humana» —que, como todo el mundo sabe, es socialista—, etc.

Porque el socialismo real no tiene nada que ver con lo que el marxismo prometió. El marxismo prometió una sociedad sin Estado y el socialismo real cumplió el aparato estatal más opresivo desde la teocracia egipcia. El marxismo prometió la abundancia y el socialismo real cumplió la escasez: como lo señala Michel Castoriadis (Devant la guerre, París: Fayard, 1981), en lugar de orientar la producción hacia los bienes de consumo se la orientó hacia «la producción de los medios de producción» (la industria pesada) y de destrucción (la industria bélica)». El marxismo prometió el fin de la crueldad humana, aberración atribuida a la propiedad privada, y el socialismo real cumplió los vejámenes interminables de los Juicios de Moscú, Budapest, Praga y este último del General Ochoa en La Habana —para no hablar de la célebre «confesión» de Heberto Padilla. El marxismo prometió la igualdad y el socialismo real cumplió las formas más brutales de clasismo: la nomenklatura, desde Kiev hasta Pinar del Río, goza de los privilegios más repugnantes, desde los faraones hasta Wall Street: sus miembros viven en lugares aparte, tienen un alto nivel de consumo —incluyendo bienes importados—, gozan de una intocabilidad y una impunidad sin paralelo, etc.

La segunda manera de criticar el marxismo es el sentimiento trágico de la humanidad, como el grito de aquel animador de radio al ver al Zeppelin quemarse ante sus ojos con decenas de pasajeros indefensos: «Oh, the humanity!». Es una unamuniana y vallejiana compasión que nos hace comprender, con Edgar Morin, que el homo sapiens también es homo demens y también homo hystericus. Son histéricos tanto la crítica anticomunista que condena a Fidel para glorificar a la Thatcher, como el dogmatismo marxista que condena a la Thatcher para glorificar el genocidio del Khmer Rojo en Camboya.

De la segunda crítica del marxismo, lúcida y serena, madura y honesta, tenemos algunas manifestaciones, como la de Edgar Morin (De la nature de l'Urss, París: Fayard, 1983), como la de Jules Monnerot (Sociologie du communisme. Échec d'une tentative religieuse au xxe siècle, París: Hallier, 1963). Y este libro de Edgardo Lander, que acaba de publicar la Universidad Central de Venezuela: Contribución a la crítica del marxismo realmente existente. Una visión sorprendente porque no es ni histérica anticomunista ni histérica comunista, sino una revisión minuciosa, comprometida, clarísima, de las condiciones doctrinarias de lo que nadie quiso, como, por ejemplo, ese estado policial que ocupa el 99% de su energía en vigilar crímenes tan infames como poner arbolitos de Navidad o escribir poemas de amor.

Como lo dice Teodoro Petkoff sobre «la doble impugnación: tanto la del capitalismo como la del comunismo. Hoy como nunca, se ve clara esta tercera necesidad histórica. La crisis del comunismo no implica, al menos para nosotros, que el capitalismo sea mejor» (p. 42).

¿Cómo se pasó de Jesús a Torquemada? ¿Cómo se pasó de Marx a Stalin? ¿Cómo se pasó de Leonardo Ruiz Pineda al actual CEN de Acción Democrática? El problema de las doctrinas ético-salvadoras, como el cristianismo y el marxismo, es que es imposible desenmascarar al fariseo, que hace más aspavientos que el verdadero creyente, hasta el punto de terminar desplazándolo y sacrificándolo. Pero esto nos obligaría a esperar, o escribir algún día, un estudio sobre la perversidad humana, esa estructura implacable que destruye, desmoraliza y desmorona todo proyecto de felicidad, y hace, en fin, que no haya nada, por inocente que sea, contra lo que el hombre no atente.


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