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Roberto Hernández Montoya

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Letras, 19 al 25 de marzo de 1998
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Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Cierta universidad de los Estados Unidos exige a sus alumnos que en sus trabajos pongan referencias de papel, es decir, libros y revistas de papel, a fin de evitar que pongan solo URLs, es decir, direcciones de Internet

Pero, ¿es eso realmente un problema? Ciertamente descuidar toda fuente de información que no sea Internet suena a error. Pero en este caso estamos ante una situación similar a la que seguramente enfrentaron quienes usaron los primeros libros impresos: dejaron atrás los manuscritos. Pudiera pasar así con el libro de papel, hasta arribar a un mundo solo digital, como lo sueña y prefigura Nicholas Negroponte. El estudiante encuentra más expedita la referencia a Internet, menos engorrosa que acudir a una biblioteca, perquirir en el fichero, esperar a que aparezca el libro, que quien lo tiene ocupado lo devuelva, o que se lo busquen en otra biblioteca, luego rastrear el dato y la cita en las páginas del libro, copiar las palabras mediante el teclado, acudir al edificio a devolver el libro. En cambio la información obtenida mediante Internet está a la mano do quiera que haya una computadora en red, se rastrea con facilidad electrónica, se selecciona la cita, se copia, se pega en el texto del trabajo, se calca el URL (la dirección de Internet) para la bibliografía y listo.

Sin embargo, alegan las autoridades, la información obtenida por Internet no es confiable, hay mucha barredura, mucha piratería, mucha superficie. Como en todas partes, claro. Pero tal vez en Internet se presenta un problema que no existía antes. Cuando uno acudía a un médico tenía constancia de que estaba graduado y posgraduado en ciertas universidades reconocidas. Ahí estaba el título en la pared. Lo mismo con arquitectos, ingenieros y biólogos. No exigía uno tanto de un Licenciado en Letras o de un filósofo, porque esos no demuestran su competencia mostrando papelitos sino actuando. Ningún rector garantiza poesía. Pero de todos modos un diploma siempre daba cierto aval. Hoy han proliferado todas las formas de consulta profesional por Internet y uno no siempre tiene la competencia para discernir entre quienes saben de verdad y los charlatanes. Y aun teniéndola no siempre es obvio. Se ha dicho que la inteligencia artificial ocurre cuando uno no puede advertir si la máquina con la que se comunica es un humano o es una computadora perspicaz. Los gramáticos cartesianos decían que el modo de distinguir entre un autómata y un humano es la capacidad de lenguaje. Pero en este caso ¿cómo saber que alguien es competente para curarme la vesícula o para darme estadísticas de criminalidad entre 1934 y 1950?

Ciertamente uno debe referirse solo a páginas de instituciones y personalidades reconocidas, siempre que eso sea confiable, que no siempre lo es. No siempre lo es, pero al menos hay la probabilidad bien estadística de que sí. También queda intentar verificar la información en un sitio alternativo de Internet, indagar en listas de usuarios (Usenet) o de correo electrónico, acudir a los expertos, de viva voz o por correo electrónico, etc., señalar esos abrigos intelectuales en el trabajo, etc.

¿Cuándo llegarán a tener ese problema por cierto las universidades venezolanas? ¿Cuándo habrá abundancia suficiente de computadoras en red como para tener que enfrentar a los alumnos que solo dan URLs como referencias en sus trabajos?


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