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La loza alcoholada de Capacho

Ángel Rosenblat


La Biblioteca de Ángel Rosenblat, Tomo I, Estudios sobre el habla de Venezuela, Buenas y malas palabras,
Caracas: Monte Ávila
1987

Capacho, patria de los capacheros, es una hermosa población tachirense. O mejor dicho, dos poblaciones, porque hay Capacho Viejo y Capacho Nuevo, que, defendiéndose de la mala fama, cambiaron sus nombres y han adquirido un aire de incógnito: Libertad e Independencia. Capachero no es injurioso en los Andes. Mucho antes de Gómez y de Castro, los capacheros eran famosos por su laboriosidad e industria. Los sábados bajaban a San Cristóbal, por ser día de mercado; los lunes, a Táriba. Allí llevaban —y siguen llevando todavía— sus repollos, o sus azucenas, pensamientos y claveles. Y sobre todo ollas de barro, chorotes, moyones, jarros, platones y toda clase de juguetes. Y entre sus objetos de barro alcoholado, o de loza alcoholada, el turista podía elegir a su gusto un matero, un florero o un juguete. ¿Y por qué alcoholado?

La designación es indudablemente vieja y no tiene relación con el alcohol de hoy, sino con otro, algo distinto. Hemos tenido en nuestra historia unos indios alchoholados (o alcojolados), con los que tropezó Alfínger en 1531 cerca del lago de Maracaibo. Fray Pedro Simón, en 1627, dice que se llamaban así «porque tenían los ojos teñidos con agua». En realidad con jagua, una fruta de la que obtenían una tinta muy negra con la que se teñían no sólo los ojos, sino la cara y todo el cuerpo, sobre todo cuando iban a pelear, «para parecer —dice— más espantables a sus enemigos». También las mujeres se alcoholaban totalmente, y no parece que fuera con ese mismo propósito. Según Gonzalo Fernández de Oviedo, la tintura de jagua les dejaba la piel «como muy fino azabache, o más negro». Nuestros indios del Lago son los precursores de nuestro actual sistema de condecoraciones, con sus tres grados: se pintaban de negro el brazo derecho como premio de una acción esforzada, el pecho por una segunda victoria o hazaña y desde los extremos de los ojos a las orejas cuando alcanzaban una tercera victoria, y los que así estaban alcojolados —agregaba Fernández de Oviedo— eran entre ellos como un Héctor, un Bernardo del Carpio o un Cid Campeador. El padre Ruiz Blanco, en su Conversión de Píritu, dice que los cumanagotos se alcoholaban los ojos, «que en ellos era gala».

Alcoholarse los ojos era habitual en el siglo XVI. En esa época un romance español, el de la misa de amor, describe la entrada perturbadora de una hermosa mujer en la iglesia, en momentos en que van a oficiar misa mayor:

En la boca muy linda
lleva un poco de dulzor;
en la su cara tan blanca,
un poquito de arrebol
y en los sus ojos garzos
lleva un poco de alcohol;
así entraba por la iglesia
relumbrando como el sol.

¿Qué alcohol era ése que embellecía los ojuelos garzos de la dama? Nos lo explica el Tesoro de la lengua castellana, de Covarrubias, del año 1611: «Es cierto género de polvos que con un palito de hinojo teñido en ellos, le pasan por los ojos para aclarar la vista y poner negras las pestañas, y para hermosearlas». Era, efectivamente, un polvo finísimo de antimonio que usaban las damas para embellecerse; en árabe se llamaba al-kohol, y pasó a Europa a través de España, con otras maravillas de la cosmética oriental.

El alcohol era entonces sólo un artículo de embellecimiento. La hábil Celestina, para entrar en casa de Melibea, llevaba en la faltriquera, entre otras mercancías «tenazuelas, alcohol, albayalde y solimán». Alcoholarse o alcoholizarse era entonces virtud puramente femenina, y consistía en pintarse, con alcohol, cabellos, cejas, pestañas, párpados. Fray Luis de León recomendaba a la perfecta casada: «Ni con diversas maneras de lazos enlaces tus cabellos ni te alcoholes con negro los ojos».

Todavía hay lápices de kohl (es decir, al-kohol) en el comercio internacional. Pero ¿cómo el alcohol pasó de afeite para las damas a designar el moderno líquido diabólico, más apto sin duda para caballeros?

En la alquimia medieval se designaba con el nombre de alcohol no sólo el polvo de antimonio, sino todo cuerpo fino, tenue, sutil. Luego la parte más sutil o la quintaesencia de un cuerpo: alcohol sulphuris, o alcohol de azufre, se llamó al ácido sulfúrico. Y a principios del siglo XVI el gran químico y médico Paracelso llamó alcohol vini, o alcohol del vino, al líquido que se obtenía por destilación del vino o simplemente espíritu, de donde el hermoso nombre de bebidas espirituosas.

La designación de Paracelso alcohol del vino, y luego simplemente alcohol, se generalizó poco a poco en la química y la farmacia. En el siglo XVIII y XIX pasó al habla corriente (todavía no figura en el Diccionario académico de 1780, aunque sí en el de Terreros, de 1786), y se impuso en todas las lenguas modernas.

Con todo, no se olvidó enteramente el viejo alcohol. En España subsiste todavía el llamado alcohol de alfareros, que es un barniz de polvo de galena con que recubren las vasijas de barro. También en Capacho, y en Lomas Bajas, otra población del Táchira, llaman alcohol (se pronuncia claro está alcol) el barniz con que bañan la loza después del primer quemado, y que es minio mezclado con agua y barro blanco, bien fino y pisao, «del más fino que haiga». Así se lo explican a Isabel Aretz, que nos proporciona gentilmente la información. Con un ingrediente, obtienen un color amarillo; con permanganato, un color caoba; con sulfato de cobre, un color verde. El baño de alcol se da a mano; luego se le da el color y se quema de nuevo. A este procedimiento se le llama alcoholado. La loza alcoholada, que por lo demás no tiene ni trazas del codiciado alcohol etílico, nos habla de unos capacheros mucho más dignos que los de la transitoria época de Castro y Gómez.

Coedición con
MonteAvila Editores


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