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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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¿De pie o de pies?


La Biblioteca de Ángel Rosenblat, Tomo I, Estudios sobre el habla de Venezuela, Buenas y malas palabras,
Caracas: Monte Ávila
1987

Publicado originalmente en «La vida de las palabras», Periscopio, Caracas, Nº 6, 1952

Desde la prosa pedestre de los letreros de autobuses hasta la más exigente de una legión de escritores venezolanos encontramos de pies. Por ejemplo, en Pocaterra («tomamos el café de pies»), en Samuel Darío Maldonado («se puso de pies»), en Ramón Díaz Sánchez, en Antonio Arráiz, en Mario Briceño-Iragorry («ambos están de pies»), en Antonia Palacios, etc. También en poesía por ejemplo en la de Jacinto Fombona Pachano («hombre habitado, encendido / de pies, / con sus huéspedes en vela»). Era el uso general en todo el siglo XIX, y se puede documentar con cien textos. José Tadeo Monagas se dirigía a la juventud en su Alocución del 20 de mayo de 1868: «¿Se pondrá de pies el anciano, y vosotros os quedaréis indiferentes?» Y aún más: Julio Calcaño dedica varias páginas al intento de demostrar que era la única forma correcta, y que de pie era un vulgarismo que a veces usaron los autores, por distracción, por descuido o por influencia francesa. Y hasta alguien llegó a sostener que debía ser de pies porque efectivamente se apoya uno en los dos pies.

Pero no sólo en Venezuela. En la Madre Patria, Julio Cejador, cuya inmensa fama de filólogo se asienta en una obra muy voluminosa, defiende en pie o en pies, y rechaza de pie, «como hoy malamente se dice». Y la Enciclopedia Espasa, presunto súmmum de sapiencia, dice:

De pie. Véase de pies o en pie, que es como debe decirse, aunque la Academia en el artículo de diga «almorzó de pie», a buen seguro por error de caja, ya que en el artículo pie no pone de pie, sino de pies, modo adverbial equivalente a en pie.

De pies tiene efectivamente venerable tradición: se encuentra en el Quijote, en Torres Naharro, en Lope, en Luis de Granada, en Pedro de Quirós, en el Lazarillo de Tormes, en el Guzmán de Alfarache, en el Maestro Correas, en Luis de Belmonte Bermúdez, en Antonio de Cáceres, etc. ¿Habrá entonces que decir así necesariamente?

Sin embargo, la lengua moderna prefiere de pie, que se ha documentado en Moratín, Juan Nicasio Gallego, Hartzenbusch, Valera, Pedro Antonio de Alarcón, Bretón de los Herreros, Emilio Castelar, Andrés Bello, Rufino José Cuervo etc. La Academia da hoy como perfectamente equivalentes de pie, de pies, en pie, y mantiene el almorzó de pie, que de ninguna manera es errata de imprenta. Pero la lengua hablada y escrita de España y América nos parece que se ha decidido por de pie, y sólo en Venezuela, en Colombia y en la Provincias Vascongadas (no es imposible que también exista en otras partes encontramos hoy que sobrevive de pies. ¿Habrá que considerarlo entonces una incorrección?

Ni una cosa ni la otra. Venezuela conserva, como en muchos otros casos, la forma tradicional y clásica. Una nueva prueba, en este aspecto, de su espíritu conservador. En cambio, la lengua general ha sido innovadora: hoy se dice de pie sin duda por analogía con a pie, en pie. Inversamente, por esa misma analogía, en pie, que es el uso más antiguo (se encuentra ya en el Cid), se hizo veces en pies (en Berceo y el Lazarillo, por ejemplo, y entre nosotros en Eloy G. González, Dentro de la Cosiata). Los modos y locuciones adverbiales adoptan muchas veces la s del plural, o la pierden, y también truecan frecuentemente las desinencias del masculino y del femenino, siguiendo fuerzas puramente analógicas: se ha dicho a pies juntillos y hoy se dice a pie juntillas; a ojos vistos (todavía se conserva en Bogotá) y hoy a ojos vistas; a campo travieso (como a campo raso, a campo abierto) y hoy a campo traviesa, en los tres casos con concordancia aparentemente vizcaína. En rigor, en el modo adverbial los elementos están íntimamente unidos, fuera de toda concordancia.

De modo análogo, la lengua general tiene de seguida o en seguida (esta última tiende a imponerse). Pero Venezuela ha hecho analógicamente de seguidas, que usan hasta escritores eminentes: de seguidas, en seguidas, a seguida en La historia de la revolución federal, de Lisandro Alvarado; de seguidas, en seguida, de seguida a cada pasó en la Historia de González Guinán. La expresión en cierne (es lo académico) la hemos visto muchas veces con -s: en ciernes en Venezuela, la Argentina, Perú y también en España, y de balde se ha hecho de baldes en el judeoespañol de Bucarest (en baldes en el de Bulgaria). La analogía verbal (con expresiones hechas, como a hurtadillas, a horcajadillas, a tontas y a locas, a ciegas, etcétera) es más poderosa que la lógica, o tiene su lógica propia, que a veces la lógica no entiende.

Así, pues, no es incorrecto de pies. Pero es mucho más general de pie (aun en la lengua hablada de Venezuela), y quizá esta forma sea hoy más recomendable si tiene algún valor normativo el afán de unidad hispánica. En el terreno gramatical, cuando coexisten dos formas se tiende hoy a considerar una de ellas como incorrecta: haiga era en la época clásica tan legítimo como haya (se apoyaba además en la analogía con caiga y traiga), y hoy es evidente vulgarismo. En la lucha por la existencia triunfa siempre una de las dos, y no siempre la más legítima.

Coedición con
MonteAvila Editores


Ángel Rosenblat en La BitBlioteca
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