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Sección: Bitblioteca
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La lectura como redención 12 de setiembre de 2000 ¿Que por qué leemos?. A esta pregunta pudiéramos responder de tantas formas como perspectivas se tengan sobre la experiencia estética del acto de leer. Se me ocurre que no todos leemos por los mismos motivos y razones idénticas; algunos leemos para «fortalecer nuestra personalidad», mientras otros leemos por razones estrictamente profesionales, unos leemos por «riguroso» placer de degustar las bondades de la gratificante o tortuosa ¿gozosa?, ¡claro, por supuesto! experiencia simbólica e imaginaria de visitar otros mundos, otras realidades alternas a la crasa y dura realidad real que nos asedia y lastima diariamente. Existen personas para quienes la lectura (léase de una vez la relectura) ocupa un privilegiadísimo lugar en la escala de su orden jerárquico de valores y expectativas de vida; su vida cotidiana no puede concebirse sin la lectura de alguna historia, una autobiografía, un relato, una crónica de viaje o un itinerario de ficción. Si se lee para justificar la singular existencia que llevamos a cuesta, cual pesado fardo existencial, ¿tendría sentido gastar nuestras mejores horas de vida en el acto o actividad menos redituable económicamente que hasta el presente ha inventado homo sapiens en su largo y accidentado transitar sobre la superficie terrestre?. La auténtica lectura, puede que no sea así, apoya su pertinencia en ella misma; no necesita justificarse ni legitimarse con argumentos externos a la experiencia lectora. Ya leer es una acto caritativo y de infinita bondad que se justifica a sí mismo. Leer es una acto de taumaturgia; leyendo o releyendo ponemos en marcha un extraño y maravilloso proceso morfogenésico de creación y recreación que se empalma con nuestras más hondas e insondables aspiraciones vitales. Cuando leemos intuimos que no lo hacemos para explicarnos la razón o razones que creen sostener la lógica del mundo que se nos da de manera representativa, porque, como dice Cornelius Castoriadis, «el libro del mundo permanece ilegible y siempre nos impone múltiples lecturas»; tantas acotamos nosotros que el prisma con que lo leemos refracta tantos colores (lecturas) como percepciones tengamos del mismo. Viéndolo bien, valdría la pena parafrasear a Shakespeare: el asunto se reduce a esto: Leer o no leer; he allí el quid del enigma. En otras palabras, se lee o no se lee; no hay término anfibológico, medio o neutro en nuestra vida de lectores. Parece un tanto ingenuo imaginarse la experiencia literaria de la lectura como una experiencia semiplacentera, como un mediogoce; la lectura genuina no es un elixir truncado. Claro que la lectura no es una panacea que cura todos los males pero la lectura es una cura a ciertos males del alma. Algunas personas, lo he visto y corroborado con mis propios ojos, se han sanado ciertas psicopatologías del espíritu leyendo. La lectura, cuando es asumida plenamente y sin reticencias ni cortapisas, es el más sabroso padecimiento voluntario por excelencia. En rigor, nadie puede leer por nadie; cada lector lee para sí mismo lo que quiere leer a su manera. Nadie te puede compeler y decir: anda y lee esas treinta páginas; ve y llénate de libros, atragántate de libros y vomítalos al primero que encuentres en la esquina primera de la ciudad que habitas. Un solo consejo puedo darte, improbable lector de estas intempestivas páginas, pero puedes prescindir de él si así lo deseas: desconfía del lector que te abruma con citas y autores queriendo impresionarte con títulos y autores recién salidos al mercado editorial. Desconfía y huye de los presuntos lectores que te enrostran su fachendosa y peligrosa pedantería literaria, de esos tontos que porque creen haberse leído unos cuántos volúmenes ya se consideran el «non plus ultra» de ciertas cofradías intelectuales.
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.
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