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Antropología del reino vegetal

Salvador Garmendia

El Nacional, sábado 1º de agosto de 1998, p. A-4

Pensemos en la silvestre adormidera, cuyas hojas se cierran y se esconden sólo con que rocemos sus extremos con la yema de un dedo. Sus lóbulos parece que cierran los ojos ante el más leve estímulo exterior, y al replegarse, se ocultan en su propia sombra. Porque no hay nada más sensible en la naturaleza como las criaturas del reino vegetal, no obstante que ellas no llegan a experimentar, que se sepa, ninguna sensación semejante al dolor animal. Si se les hiere a muerte, nos parece ver que la energía huye de su interior a modo de agua derramada y desfallece hasta desvanecerse con naturalidad en la luz. Todo nos hace imaginar, que en ese breve adiós incruento, ellas nunca han experimentado rabia ni dolor.

El cojo se descuelga de la rama

En un extremo del solar de mi casa, al fondo de un paraje enmarañado, al que no era prudente aventurarse sin tomar precauciones contra la acometida de espinas y ponzoñas, se levantaba, solitario, el tronco de un cují de tamaño descomunal. Me figuro, que la edad de ese coloso debía contarse en siglos, de modo que su naturaleza original hasta podía hundir sus raíces en la mitología y mantener muy cercanos contactos con los dioses de la antigüedad. El solar, era una especie de embarcación semiderruida, que se había quedado varada entre paredes en toda la mitad la manzana. Allí, las miradas del único pero consecuente visitante, traspasaban sin dificultad la atmósferas de cristal licuado que envolvía el espacio a cualquier hora y se dirigían inmediatamente al encuentro de un punto de fuga, que centraba toda su atención. Era el torso de esa acacia senil, que hoy visita mis pensamientos travestida en mutante de una edad prediluviana, pero que entonces había quedado reducida, en su parte inferior, a una cáscara desprovista de signos vitales; capas de un ropaje negro y carcomido, que al ser tocadas podían deshacerse con facilidad entre los dedos y dispararse convertidas en polvo y astillas. En ese bloque, se abrían agujeros y cavernas hollinosas, que al mismo tiempo que me invitaban a meter la mano, me rechazaban con una mordida o una ponzoña, y así aprendí temprano por qué es peligroso profanar oscuridades prohibidas. Aquellas eran las ruinas de una torre de Babel; una aglomeración de seres vivos, que de haber podido expresarse con sonidos, hubieran desatado allí mismo un embrollo enloquecedor. A ojo vivo y sin apresurarme más de lo necesario, el pesquisador podía seguir el curso de una mancha de polvo animal; eran millones de hormigas diminutas que se desplazaban sobre el negro desierto; mientras boronas unicelulares y otras especies de materia fibrosa, circulaban a la mínima velocidad imaginable por entre filamentos reptantes, nervaduras desnudas que se agitaban con impaciencia, aglomeraciones de elitros, patas y antenas en ardiente o pausada actividad; insectos, batracios, lagartijas. Todos se disputaban sin tropezarse la mínima ración indispensable de aire que requerían para seguir moviéndose, hasta que cada uno de ellos, terminaba por ser el pan de cada día para su visitante de esa mañana o su vecino más cercano.

Pero, la casi completa destrucción del tronco no significaba en modo alguno la muerte del cují. Bastaba levantar la mirada, para ver cómo un poco más arriba la planta renacía con un vigor inesperado, a medida que iba ganando más y más estatura. Las ramas se cubrían de carnoso verdor y se derramaban opulentas, fibrosas, cundidas de cogollos tiernos y de vainas jugosas que escondían una miel cobriza y aromática. El robusto follaje, ocultaba las nubes y se propagaba en todas direcciones a modo de una explosión que momentáneamente se había detenido en el aire.

Pero, había una rama de ese yaque descomunal, que no era conveniente mirar de fijo más allá de un minuto; sobre todo en el atardecer, cuando las cosas parecía que iban perdiendo cualidades y terminaban por integrarse en una sola mancha uniforme. Ocurrió, que una vez, un lisiado había sido ahorcado en esa rama; un vagabundo privado de una pierna, cuya historia, aunque poco común en estos tiempos, nos atreveremos a resumir en pocas líneas, siempre que, desde este momento, lo incomprensible sea presentado y admitido como natural. Era un tiempo de guerras y los soldados rompían las paredes y penetraban en los solares de las casas, con el propósito de montar campamento y poder reposar por unas horas de los afanes del combate. La batalla se había prolongado durante varios días y se libró como quien dice de pared a pared, de ventana a ventana y de un tejado a otro como si en vez de un episodio bélico, hubiera sido un pleito de vecinos. Nuestro hombre, había perdido una pierna en la pelea, pero continuó acompañando a la tropa en esos días, procurando pasar inadvertido, mientras tartajeaba con su muleta por entre los heridos, hurtando cualquier cosa a su paso y disputando sus bocados a los zamuros. Finalmente, con el propósito de eliminar bocas inútiles, el lisiado fue llevado a morir al cují. Allí quedó, colgado de la rama, mientras su compañera de paso, la muleta, descansaba recostada en el tronco. La tropa abandonó el lugar al día siguiente y entonces el cojo despertó en espíritu, se descolgó de sus harapos y cayó como un pájaro en tierra. Un poco por seguir el hábito, tomó su muleta, que de todas maneras ya no necesitaba, y echó a andar sin pensar hacia dónde. La primera pared que le salió al encuentro le abrió paso, pues ahora era como si el mundo hubiera perdido su espesor y él se desplazara en sentido contrario al movimiento natural de las cosas.

Desde entonces, las apariciones del cojo formaron parte de las noches del vecindario. El golpe de su muleta sobre los ladrillos, recorría las casas de extremo a extremo. El aparecido pasaba a través de las puertas. Las paredes no lo detenían. Las mujeres corrían a refugiarse en las habitaciones, apenas lo escuchaban venir desde el fondo; los hombres en cambio se reunían afuera, a la luz de la Luna, armados de garrotes, con el propósito descabellado de expulsar al intruso de cualquier manera; pero el cojo pasaba por en medio de ellos, haciendo sonar con insolencia su madero, y hubo alguno que aseguró haberle escuchado reír, echándole el aliento por encima de su hombro, aunque no se supo si fue risa o gruñido.

Esa tarde, cuando el muchacho se dio cuenta de que ya no podía verse los pies, comprendió que había llegado demasiado lejos y que tal vez no había regreso para él. La tarde del solar había caído por completo. Volvió la mirada a la rama que había estado mirando fijamente los últimos minutos y vio que ella seguía allí, quizás más visible de lo que debiera, a causa de la ausencia de luz en el aire. Era como si ella estuviera aguardando deliberadamente lo que iba a ocurrir. De un momento a otro, la figura esqueléticag del ahorcado iba a comenzar a llenarse en la penumbra. Su temblor se agrandaba en el aire. Pronto los harapos tomarían el relieve de los huesos y las carnes marchitas e inmediatamente después, el espíritu iba a descolgarse de su interior para volver a tierra, repitiendo lo que había sido su primera salida de hace un siglo. ¿Estaría la muleta recostada al tronco todavía, aguardando a su dueño como hace tantos años? No era cuestión de comprobarlo. Esa tarde, supe que podía volar. Cuando volví a verme entre mis paredes, respiré de nuevo. Había regresado de la nada. Ahora que la conocía, sabía que, en adelante, ya no iba a abandonarme.

Nos veremos, amigo

El oficio más viejo del mundo es la jardinería y no el otro, porque el jardín del Edén fue primero que el pecado. El Señor lo puso a disposición de sus criaturas, sin darse cuenta de que les había hecho una cama. Desde entonces, el diseño y elaboración de jardines ha acrecentado el ingenio y la habilidad de los hombres en todas las épocas. Mi cuñada Chipi Cano, una apasionada de la jardinería, responsable de algunas de esas gratificantes creaciones paisajísticas que adornan la ciudad de Valencia, me llamó en días pasados para anunciarme que había descubierto un cotoperís en un jardín de la ciudad. Yo le avisé que ibas a venir a conocerlo, me advirtió. Está bien, le dije; pero déjame prepararme primero. Quiero causarle una buena impresión. Chipi me aclaró que no me preocupara. Los cotoperís de Valencia son amistosos y pacientes. Hasta ahora, ninguno me ha hecho quedar mal con un amigo. Pero ven pronto, por favor. Estamos desperdiciando su sombra y ella es una de las mejores del mundo.


Salvador Garmendia en La BitBlioteca



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