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Balza 60 El Nacional, lunes 3 de enero del 2000 Espero sediento la anunciada publicación del diario de José Balza, cuyas primeras notas lanzan chispas en las páginas de El Nacional del pasado jueves 16 de diciembre, como si dijéramos desde el siglo pasado. El caso es que me cautiva la lectura de diarios, sean de naturaleza íntima o reflexiva. Por otra parte, sé que ya no me será posible escribir uno mío ni intentarlo siquiera y si alguna vez me lo hubiere propuesto, la conciencia del seguro fracaso no habría tardado en hacerme callar. ¿Qué me sucede, entonces? No lo sé, pero estoy convencido de que la realidad, como asunto a tratar, no me llega por ningún conducto. Apenas me veo caminando por una calle para dirigirme a un lugar determinado, de pronto y sin aviso, noto que he doblado por una esquina que no era y me encuentro rodeado de cosas que son sin estar. La imaginación es mi guía y ya no podré volver al orden comenzado ni tan siquiera lo deseo. La realidad que ha debido estar esperando por mí en algún sitio, con seguridad ya no estará allí. Si un diario es un registro de acontecimientos que tuvieron lugar en el más reciente pasado del autor, yo seré por fuerza un registrador insolvente e inepto; un falsario que no sabe pasar la esquina sin perderse. Aguardo, pues, conteniendo el aliento, la aparición del diario de José Balza, aún sabiendo que allí no se va a contar la verdad, toda la verdad; a menos que así ocurra; en cuyo caso todo parecerá tan obvio... «Oigo incansablemente a Ravel», «escribo algunas cartas», «algo en él ha cambiado, destrozar a Ezra Pound traduciéndolo»... que uno sólo puede pensar, éste está tratando de decir otra cosa. La paranoia del lector no cede un milímetro. El gen condicionante del lector es la incredulidad, la duda permanente de todo lo que se le ofrece a los ojos. Con esa manía torturante tropieza el autor cada vez que intenta decir la verdad. Lo grande de todo, es que José cumple sesenta años y sigue teniendo treinta como los tenía una vez, cuando lo encontré casualmente en un barcito de Los Chaguaramos, esa barriada clasemedianera, por entonces recién edificada, según la idea de un almácigo de quinticas que sonríen juntando las cabezas como en un ramillete de novia. Estaba sentado el joven profesor en una mesa, delante de una taza de té, bebida de por sí austera y melancólica, bien avenida con el aura de soledad cavilosa que se desprendía del conjunto. «Lo que me está pasando me explicó sin hacerme esperar es que mi trabajo de ascenso (cito de memoria) en la Escuela de Psicología, fue rechazado. Pero ni lo pienses: el jurado era jodido, pero sobre todo serio y competente; no hubo intenciones torcidas. La política no hizo sentir su mal olor por allí. Simplemente, el tema era complejo y no me preparé como era debido. Me rasparon y fue mi culpa». Esa respuesta me dejó en la cara ese rubor picante que nos dejaban las cachetadas en la infancia. Ya Marzo anterior había salido. Balza era el escritor más audaz y avanzado de nuestra generación; pero era honesto, más honesto que yo, que lo había puesto a prueba sin querer, porque no sé si en una ocasión semejante hubiera podido igualar su franqueza y su rectitud. ¡Bien llegados esos sesenta justos, José! No los esperábamos, no creíamos que sucediera. Pero lo maravilloso es que llegaron sin que te vieras obligado a abandonar ese tallado juvenil de tus facciones, donde seguramente siempre ha estado presente una mano amorosa de maestro, que además prefirió permanecer en tu compañía, corrigiendo y agregando detalles, para prevenir los descuidos del tiempo. A continuación, dedico la siguiente crónica, a nuestro primer novelista José Balza, a modo de presente literario por sus sesenta años. En nada, en realidad, José; pero es parte de la nada que como escritores preferimos ser. «El llanto del Lisiado»: Nunca tuve conciencia de haber sido un buenmozo. No lo fui, en verdad, pero me hubiera sido fácil creerlo y sospecho que esa ingenua confianza, sagrada en cuanto fe, habría tenido la virtud de acercarme un tanto al goce de la felicidad. Digamos, nada más, un toque en esa dirección. Un pin que cae en el extremo del canal y va acompañado de una toma de aire prolongada, que al propagarse se sumerge en la profundidad, y acaba por desvanecerse tras un estremecimiento general de nervios. Pero, una vida debe ser algo más que sacudidas; aunque no mucho más, por cierto, puesto que la mayor parte del espacio ocioso que pudiera quedar fuera de esa convulsión instantánea, no es sino tedio, banalidad y desencanto. El andar por entre las cosas sin objeto; el patear una lata por la calle; el mirar por una ventana que da a una pared. Recuerdo, por cierto, que en mis dieciocho años, compartí una oficina de la Jefatura Civil con un compañero de mi edad. Ambos fungíamos de escribientes del Registro y Sorteo Militar. El, con su arrogante caligrafía Palmer y yo con mis rayones; y sin embargo, me atrevo a decir que esa fue la parte de mi vida en que me valí de la escritura con más perseverancia y dignidad. Ocho horas, día por día. Eramos operarios de quince y último: la mano que envuelve el mango de madera, la plumilla entrando por la boca del tintero, la punta rasguñando la hoja listada de papel ministro y el secante que pasa la lengua por la tinta sobrante. Mi amigo tenía la convicción de ser un buenmozo y pienso que desde algún punto de vista lo era, en realidad. Su pelo ligeramente ondeado era rubio ceniza. Las líneas de su cara respetaban un primer dibujo travieso; un intento bien intencionado de caricatura, que se quedó a medio camino. En todo caso, esa convicción un tanto ilusa, formaba parte de su mecanismo mental ordinario. Por las mañanas, se detenía frente a mi escritorio, adelantaba un pie, se entreabría las bandas del saco con las manos como si se dispusiera a comenzar un bailecito, a tiempo que elevaba el copete a manera de un banderín caído que está esperando el viento. ¿Como me ves? ¿No soy demasiado para este lugar? Instalados ya en la balsa de aceite que nos conducía, me parecía notar que sus pensamientos tropezaban en un falso diente de la rueda. En ese momento (eran cosas que únicamente me alcanzaban como presentimiento, sin saber el por qué de ellas o era que estaba imaginando el día inseguro, en el cual, en efecto, iba a ponerme a escribir algo como esto). En ese momento, la conciencia apolínea de mi amigo rubio lanzaba un chispazo y el orgullo subía en una sola oleada a su garganta como la savia sube en el cuarto creciente. Era el rayo que acompaña a la revelación. La inflamación del Yo, que se proclama punto único, ordenador del universo. Luego, el proceso recobraba su avance natural, rutinario. Nunca lo sorprendí en estos instantes levantando los ojos de su trabajo; pero estaba visto que a uno como yo no le sería posible engañarlo fácilmente. La intuición me indicaba, sin temor a error, que mi compañero de oficina había percibido su propio llamado de atención. Su homónimo príncipe, apareció sentado entre cojines, despidiendo destellos sobrehumanos antes de retirarse una vez más y desaparecer en sus sueños monótonos. Mi amigo aplicaba dos toquecitos delicados, benévolos a su abrillantado copete y todo regresaba a la calma. Durante ese ritual imaginario, la envidia me ataba al asiento. En efecto, del lado afuera, el condenado usaba un copete de su cabello semi rubio levantado sobre la frente, que aparentaba estar a tiro de desprenderse y caer. ¿Un cuerno de monocerote? Ni hablar de eso. No era nuestro estilo. Ahora, cuando por acaso me detengo a mirar una de mis fotografías de esos años, convengo en que sería una falta de consideración exigir demasiado a esta cara. Tampoco me parece que estuviera mal del todo. Si años atrás, al borde del camino, alguien me hubiera concedido la gracia de darme un pequeño empujón... Nunca faltaron empujadoras en los apólogos y en las fábulas... Pero, ¿qué habrá sido a todas estas de mi amigo el escribiente? Si lo viera venir ahora hacia mí, ¿qué habrá podido pasar con sus setenta años? Ya en aquellos otros de nuestra reclusión en Registro Civil, siempre que lo veía agacharse para recoger algo en el suelo, no dejaba de notar la aparición de unos hilos raleantes de cabellos y el seguro comienzo de una tonsura color de cera, que se abría paso apartando pecas en la curva descendente del cráneo. Y malignamente deduzco: cierta vis cómica que había seguido su curso en esos rasgos, unida a una cabeza alargada enteramente calva... ¡Santo Dios! No me hubiera sido posible disimular la risa. Pero, no digo nada. ¿Por qué el tiempo tendría que obligarse a empujarnos el uno hacia el otro? Somos dos viejas cáscaras, maltratadas por la intemperie.
José Balza, [Fragmentos del diario] |
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