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Después de la guarapita electoral

Salvador Garmendia

El Nacional, sábado 24 de noviembre de 1998, p. A-4

—Oye, hace días que no oigo hablar del Gobierno. ¿Qué ha pasado con él?

—¿Cómo dices? ¿De qué me estás hablando?

El amigo que acaba de interpelarme en plena calle, en medio del ruido y el gentío, me mira con sorpresa e insiste:

—¿Cómo de qué? Te estoy hablando del Gobierno. ¿Es que acaso hay dos?

—¡No, no, claro que no! ¡Dios nos libre! Pero, es que no sabría responderte. ¿Es que hemos tenido gobierno? La marejada de las elecciones, turbia, espesa, a ratos maloliente y siempre maltrecha y sin grandeza, lo cubrió todo y casi nos hizo olvidar lo demás. Es una suerte, después de todo, porque ahora que el quinquenio se ha ido, podemos recordarlo como algo que efectivamente no sucedió. Estuvimos allí y lo padecimos minuto a minuto, es verdad, pero se esfumó de repente, se disipó en el aire como un mal olor y nos dejó apenas ese oscuro maltrato interior que nos abruma en los minutos que siguen a una pesadilla. (Se fue, el muy atorrante, con millón y medio de desempleados en su cuenta, el dólar a más de quinientos bolívares y el marroncito a 150. Se fue, rabo entre piernas y parece que está a punto de dejarnos en manos de un coronel como si nada hubiéramos aprendido de la historia y volviéramos a ser reclutas asustados, listos para «pagar servicio», durante cinco años). Como este Gobierno no existió de verdad ni dejó una sola obra material tangible, con la cual pudiéramos identificarlo, será como el muchachito que se hace encima; no habrá nadie que le eche la culpa ni le pegue por eso. Nos lega, eso sí, unos cuantos cadáveres menores, cuyos nombres serán olvidados al día siguiente y un cadáver mayor, que tal vez se lleve alguna que otra mirada de paso. Pero el ruido del país que llega lo borrará todo, antes de que tengamos tiempo de preguntarnos, ¿qué pasó?

Las elecciones de los años treinta, para la designación de concejales y legisladores, fueron motivo de cierto revuelo público, que se hizo sentir sobre todo en las capitales de los estados y cabeceras de distrito. La mayoría del pueblo, que nada tenía que buscar en esa fiesta de letrados, se contentó con volver la cara a la pared y seguir sumergido en ese medio sueño de la conciencia, único comportamiento permisible en la Venezuela de paz y progreso que habíamos heredado del general Gómez. El dictador había muerto, pero el país olía a gomecismo de cabo a rabo. Así lo percibía la gente humilde, que suele llevar esos olores incrustados en la propia carne y por eso respiraba con miedo. Los gomecistas seguían siendo los mismos, pero ahora los malos de la partida huían de sus casas saqueadas, mientras los buenos reciclados iban al Congreso y eran presidentes de estado. Es posible que de no haber sido así, la república no hubiera podido sobrevivir.

Las guerras habían terminado. El olor de la pólvora desapareció del paisaje rural; pero el pueblo bruto, la gente del campo, dejaron de ser soldados y carne de cañón y pasaron a convertirse en «agachados», jornaleros que tumbaban monte por una paga miserable. Largas filas de menesterosos, sentados en cuclillas a orillas de las carreteras. Pareciera que una necesidad fatal los hubiera obligado a agacharse a plena luz, hasta convertir el campo abandonado en una letrina sin paredes.

El voto, en esos años, era un privilegio reservado a cierta aristocracia nativa que había aprendido a leer y escribir. Fuera de cuenta, quedaron analfabetos y mujeres. La boleta electoral debía ser rellenada de puño y letra con los nombres de los candidatos a elegir; pero el Gobierno poco o nada se preocupaba a ese respecto, porque de todas maneras llevaba los resultados en los bolsillos. Pero para los indigentes de la oposición, esas restricciones eran asunto de vida o muerte. Aquellos pioneros indomables se dedicaron a visitar a sus votantes de choza en choza, para brindar gratuito entrenamiento a los potenciales votantes, mano sobre mano y letra por letra hasta ver la planilla cubierta por unos estantillos de tinta azul, parejos y uniformes, donde estaban escritos los nombres de los candidatos. Para los instructores, aquella tarea resultó tan agotadora y decepcionante como hacer sonreír a una piedra; pero llegó el día de las elecciones y vimos venir al neocomulgante de la democracia que se dirigía a su destino, vistiendo el almidonado liquiliqui blanco, alpargatas, si no de estreno riguroso por lo menos recién lavadas, sombrero de cogollo a la pedrada, garrote bajo el brazo y la mascada de chimó entre las muelas reconciliándolo consigo mismo. Ya tiene por delante, el pobre, la mesa de votar. Allí están la plumilla de mango largo, el tintero y la hoja de papel secante, objetos que por primera vez veía reunidos en un solo punto. Él, que podía sostener los pitones de un toro sin que se le escaparan de las manos, no sabía cómo detener las sacudidas de la pluma cuando trató de introducirla en el tintero. Los nombres que aparecían escritos en la lista, nada le decían a sus ojos, puesto que no podía leerlos, pero ellos estaban grabados en su memoria con surcos profundos y sólo tenía que repasarlos mentalmente con la plumilla. Era más fácil que clavar los palos de una talanquera, sin que ninguno se saliera de la línea, pero estos palos rebeldes de las letras se independizaban y empujaban su mano en todas direcciones y terminaban por formar garabatos que parecían los ademanes de un demente. Hasta que al final, la punta de la plumilla dijo basta, se abrió en dos y se clavó tozudamente en el papel, negándose a seguir adelante. Una mancha yodada principió a crecer inexorablemente alrededor.

Habían pasado veinte minutos desde que el votante tomó asiento y dio principio a su tarea. Una barra de mirones desarrapados, se había aglomerado en la puerta. Los testigos apenas podían contener la impaciencia. El instructor, replegado a un rincón, abochornado se comía las uñas. Finalmente, el debutante frustrado de la democracia, se levantó de su silla de cuero de chivo y mostró en su mano al formulario que había quedado inutilizado, sin remedio. Tal vez, esa hoja hubiera podido ser conservada en la colección de un museo nacional de lo intentado pero no cumplido. Él se limitó a decir con voz quebrada: —Me se echó a peldé.

En diciembre de 1941, se llevó a cabo, en el territorio de Venezuela, el VII censo nacional de población. Un grupo de muchachos del colegio, luego de haber recibido el adecuado entrenamiento, fuimos designados empadronadores. Era parte de aquella desdeñada Educación Cívica, por la que entonábamos el Himno Nacional todas las mañanas en el patio del plantel y realizábamos simulacros y calistenias con la Constitución, en la llamada República Escolar. El día señalado, me puse en movimiento en dirección a la zona de las orillas que me había sido asignada para el caso; no por casualidad, sino para que empezara a tomar contacto desde pequeño con nuestra realidad. De pronto, me vi en el interior de una de aquellas viviendas miserables, que hasta el momento sólo había sido parte más bien pintoresca del paisaje. La pobreza siempre había tenido para mí un aire de familia, pero lo que ahora sentía a mi alrededor, cortándome la respiración y empujándome hacia afuera como si pusiera una mano en el pecho, era algo que no había conocido hasta el presente. Era un vaho pestilente, mortal; un aire oscuro, denso, húmedo, corrompido. Era la otra cara del mundo, el lado enfermo y repulsivo de la vida humana, que me negaba a aceptar como parte de mí. A duras penas, di comienzo a mi interrogatorio. «¿Estos son sus hijos, señora?». «Son cinco», dijo ella y agregó enseguida como para evitarme la molestia de tener que anotar ese dato: «pero esos no se crían todos». Yo, no disponía de casilla para ese tipo de respuesta, así que continué: «¿Cómo se llama el padre». «Son de diferentes taitas». «Pero, ¿hay un hombre que viva con usted? Dígame su nombre para anotarlo». Ella no respondió al momento. Yo insistí. «Si no es su marido ni su concubino, ¿qué son ustedes?». Esta vez, ella me miró a los ojos con una expresión de desafío. Empecé a sentirme como un necio, como un intruso. Luego, su respuesta llegó con la violencia agraviante de una cachetada: «arrejuntaos pa’ culiá».


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