Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela
Home
Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca Buscador
Roberto Hernández Montoya, Director 
Autores
Con imágenes
Sin imágenes
Categorías
Servicios
Argentina
Buscadores
Caracas
Colombia
Políticos
¿Qué es
La BitBlioteca?
Radios en español
Venezuela





Ibsen gana el juego

Salvador Garmendia

El Nacional, lunes 23 de octubre de 2000

6 de octubre. Recibo por vía fax una correspondencia procedente de la Jefatura de Relaciones Institucionales de RCTV, en la que afablemente se me invita a dar respuesta a un «pequeño cuestionario sobre el tema de la telenovela»; el cual deberá aparecer en fecha próxima en una «publicación corporativa». Paso la vista con cierta grima interna por sobre las preguntas del temario, y así, desde arriba y sin querer, todo lo que allí veo escrito me parece enigmático, críptico y horrorosamente vacío. Por ejemplo, «¿Cómo definiría usted la telenovela?». Suponiendo que eso fuera posible (¿Cómo definiría usted el carato de acupe?), ¿por qué o para qué querrán definir eso, después de 40 años y cuando ya ni las telenovelas venezolanas se venden como antes ni las sabemos hacer bien? Ponerse a urdir definiciones ahora, es una suerte de juego intelectual tonto, risible y sin objeto. De todas maneras, volví a revisar el cuestionario y me acordé de los días de mi infancia, cuando los mayores me hacían la pregunta más difícil que es posible hacer en este mundo: «¿A quién quieres tú más, a tu mamá o a tu papá?». Por supuesto, me quedaba perplejo y con la boca abierta, a medida que un hilo de baba suicida se aproximaba peligrosamente al borde de mi labio inferior. ¡Quién me iba a decir, que pasados los 70 años de vida me iba a encontrar en la misma situación, pegado a la pared, anonadado, volviendo la mirada a derecha e izquierda sobre mis impasibles encuestadores! «¿Cuál es el aporte de la telenovela al colectivo?». Bastardillas nuestras. ¿De dónde salió este «colectivo» izquierdizante? ¿Serán efectos subterráneos de la Quinta República? «¿Qué opinión tienen sobre el trabajo diario de escritor de telenovela? (¿Por qué no se lo preguntan a su mamá?). «¿A quién va dirigida la telenovela?». Pero, ¿es que realmente voy a responder a todo esto?

7 de octubre. Aparece el artículo sabatino de Ibsen Martínez en la página editorial de El Nacional. Fue un golpe directo en medio de los ojos. Mi nombre estaba arriba en la dedicatoria y eso me hizo aparecer ante mí mismo como el artista del alambre, que se balancea al compás de los brazos, a medida que pone un pie delante del otro y las llamas que suben del abismo me lamen los costados, furiosas pero con sabores distintos: el trabajo que exige ser traicionado mil veces. El salario que sella la protesta y deshace el orgullo.

Y mientras avanzo en la lectura, voy traduciendo interiormente cada línea del artículo, y resulta que, sin darme mucha cuenta, lo que va apareciendo es la historia de mi vida o por lo menos buena parte de ella; por cierto, la más olvidada por insignificante, y al mismo tiempo la más estricta y verdadera. Una historia de 15 y último. El cuento reiterado de sentarse a la mesa tres veces cada día.

Al acabar la lectura, tenía un nudo en la garganta.

Pero sigamos relatando lo que aconteció el jueves 6 cuando dejé la tira lustrosa del fax encima de mi mesa de trabajo. Aún no sabía qué iba a pasar, aunque unas horas antes, por teléfono, había dicho a una señorita que sí, que cómo no, con mucho gusto: Mándenme esa encuesta, y... está bien. La voy a responder. ¿Qué es una encuesta más o menos, en medio de la realidad semivirtual y mediática en que nos conducimos, más en cuatro patas que en dos? Es verdad, que no tenía mucha idea sobre lo que pudiera decir, pero ya inventaría algo; lo que siempre se dice sobre la televisión para salir del paso; la banalidad de las buenas intenciones y la confianza en las virtudes correctoras del porvenir: como quien dice, «no se angustie tanto por la mala conducta de esa muchacha, doñita. Ella se compone». Al fin y al cabo, no tengo porqué sentirme enemigo del canal 2, sólo por haber sido echado a la calle. Es necesario ser pragmáticos y racionales y reconocer el derecho que tiene una empresa para deshacerse de un miembro de su personal que tiene más de 70 años de edad y bien puede ocasionar una catástrofe en cualquier instante. Mi nombre tiembla en las listas del seguro corporativo de la empresa: «¿Qué hace éste aquí todavía?». «¡Qué peligro!». Ellos estaban obligados a proceder a tiempo y sin contemplaciones. Lo demás es sentimentalismo y melodrama. Tal vez sea mejor no ponerme de malcriado con estos ejecutivos y gerentes, que tampoco tienen la culpa de lo que me pasa, y mentir un poco para ellos de la manera que menos se note desde afuera. Contestaré.

Pero llegó el sábado ibseniano y todo cambió para mí. Cuando nadie lo esperaba, mi compañero de ergástula en los años 80, volteó sus piedras sobre la mesa y demostró a todos que había ganado el juego. Con trampa, eso sí, pero con una trampa de su propia invención, lúcida y atrevida, aunque también llena de riesgos. Y tenía que ser de esa manera, porque el contendor era un pulpo de mil tentáculos, experto en toda clase de triquiñuelas y zancadillas, y desde el principio tenía escrito el epitafio de su víctima: «No eres autor de nada; nunca lo has sido, Ibsen Martínez. Tu trabajo no vale un coño y tú no eres nadie. Ahora mismo vas a desaparecer para siempre. Pero es tu culpa: quisiste venderte por lo que no valías. Ahora, lo mejor que puedes hacer es bajar la cabeza y callarte la boca».

No contaban con su astucia. Durante largos meses; los suficientes para que pareciera una claudicación definitiva, señal evidente de complicidad y repliegue cobarde, el autor se mantuvo al amparo de un «estipendio de honor» o antinómica bolsa de trabajo, que quería decir, «vete para tu casa y no hagas nada hasta que se venza tu contrato». Ibsen se quedó en casa, pero dedicó todo su tiempo útil en domesticar y entrenar un araguato de pelambre rojiza de los que juguetean en los manglares, hasta que el animalito estuvo listo para saltar a escena y destrozar con sus aullidos, cual niño apocalíptico de El tambor de hojalata, los tímpanos insonorizados de sus verdugos.
Mono
Ibsen Martínez, El mono aullador
de los manglares
, Caracas:
Grijalbo-Mondadori, 2000.
El mono aullador de los manglares acaba de llegar como el elefante en la cristalería, dispuesto a hacer añicos toda la mentira injuriosa, la falacia y la trampa que envilece el negocio de la televisión venezolana. El proceso comienza a ahora. Será la opinión pública la que juzgue y condene. Por primera vez, los intocables de ayer desfilarán desnudos por el estrado. Por fortuna, no estamos solos: por obra de la pícara casualidad, en la cara opuesta del artículo de Ibsen Martínez aparece una de las chispeantes crónicas de Carolina Espada, que denuncia, con sangrante ironía, el trato desdeñoso y grotesco otorgado por las empresas a las «estrellitas» de la televisión venezolana; esas que se amontonan como tiritando de frío en la letra pequeña de los repartos. El domingo siguiente, mientras Ana Black maltrataba con su cuchillo de cocina los idiotizantes programas de concursos, un severo artículo de Alberto Soria, llevaba el tema del derecho de autor al ámbito de la industria mundial del entretenimiento: «Los escritores han dicho ahora a Hollywood que o les pagan derechos residuales por cada repetición donde su talento se usa no importa en qué medio, o van a la huelga».

La denuncia del despojo de que son víctimas los escritores de la televisión venezolana, al serles arrebatado el derecho de autor, no necesita de muchas palabras. Será suficiente con dar a la publicidad un modelo de contrato de los que se aplican inveteradamente en los canales. A cambio de un salario, la empresa pasa a ser dueña absoluta de los derechos autorales de una obra, por tiempo ilimitado, en cualquier idioma en que se ofrezca, más allá de la desaparición física de su autor, por cualquiera de los medios de reproducción y divulgación existentes o los que se inventen en el futuro. A cambio de este despojo demencial y piraterial el autor, aparte de su participación fija en la nómina, no recibirá absolutamente nada.

Por supuesto que no voy a responder la encuesta y lo lamento por los amigos que sin quererlo están detrás y más que nada por la amable persona que firma la carta.

¿Y lo vienes a decir ahora que no estás adentro, Salvador? Sí, lo digo ahora desde afuera. ¿Qué te parece a ti? ¿Crees que ya es demasiado tarde para hacer algo?


Salvador Garmendia en La BitBlioteca



Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos.
Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas.