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Si yo fuera Eduardo Liendo El Nacional, sábado 22 de agosto de 1998, p. A-4 La propia vida suele presentarse ante nosotros como una baraja cuyas pintas se repiten entre los dedos, siempre presentándonos las mismas caras; pero, aunque una carta sea siempre la misma, su papel en el juego puede ser misericordioso o fatal, sin que un segundo antes lo sepamos. Por eso, la costumbre y hasta el espectáculo del vivir, nunca llegan a ser verdaderamente entretenidos para quienes lo sufren, puesto que todo cuanto nos sucede es una repetición testaruda de lo que hicimos antes. El acontecer es una reiteración sin fin, ordenada por el azar, es verdad, pero ya sabemos que el azar es severo y terrible. Y aunque el humor se baña en su corriente, tampoco puede salir de ella a secarse. Siguiendo en la idea, ¿cuántas veces me ha tocado, por ejemplo, intervenir como presentador en la ceremonia, casi exclusivamente venezolana, de «bautizar» un libro? Esa es una de esas cartas que se nos hacen viejas en las manos. Una y muchas veces, puedo verme detrás de una mesa, frente a un mural hiper realista donde cien caras de amigos sonríen y escuchan. Son más o menos las mismas de otras veces, reunidas como en una postal de familia, donde los personajes únicamente cambian de lugar en la composición. Y sin embargo, siempre hay una ocasión, entre tantas, que por imprevistas maquinaciones selectivas se sobreimpone a las demás y así reaparece una y otra vez en la memoria. Fue un viernes friolento de diciembre en la librería Ludens de Los Caobos, escenario frecuente de tertulias entre escritores. Esa noche, el establecimiento albergaba entre sus anaqueles a la casi totalidad de la familia intelectual caraqueña. El libro que me tocó entonces presentar, era la novela de Eduardo Liendo: Si yo fuera Pedro Infante. Pronto, el libro iba a experimentar el escalofrío helado de la champaña derramada en sus páginas, ahora por primera vez desnudas y abiertas y yo pensaba que ese título resumía en una frase las aspiraciones secretas y perturbadoras de varias generaciones recientes de venezolanos comunes, porque se trataba de un sueño compartido y barato. Esa noche, pedí a los presentes que nos remontáramos a las esencias de la lengua, para encontrarnos con la novela picaresca española; porque el pícaro del mil seiscientos en Sevilla o Madrid, era el marginal de hoy en Caracas o en Bogotá o en Lima. Aquí, íbamos a tropezar de frente con Quevedo el verdadero (porque el otro de mi infancia, el de los «cuentos de Quevedo», andaba en burro y mascaba chimó), pero sin los terrores de aquel místico introvertido de La hora de todos. No iba a ser el sofoco de las llamas infernales el que nos saldría al paso, sino el aullido persistente de la alarma activada de un carro. El llanto solitario de las calles, que taladra el insomnio del protagonista de la novela, durante una noche sin término. Ahora pienso, que si yo fuera Eduardo Liendo, trabajaría en la Biblioteca Nacional y viviría rodeado de libros, diciendo al mismo tiempo que no había leído ninguno, para que nadie me llamara «intelectual», mucho menos «poeta» y me hubiera dado el gusto de haber escrito esta novela, que es una suerte de biografía vista por el revés, del cantante y actor mexicano llamado el «milamores», pícaro y marginal. Porque, la vida de Pedro Infante Cruz, está contada en esas páginas por un tercer personaje (el primero es el propio Eduardo Liendo, que hábilmente se está haciendo pasar por él mismo); un chamo que siempre ha estado convencido de ser Pedro Infante, el verdadero. Su nombre es Perucho Contreras y el teatro de sus ficciones es la Caracas de los años cincuenta, todavía ilusa y provinciana. Es este retoño de barriada, quien nos relata desordenadamente los episodios de la vida del artista, desde su nacimiento en Mazatlán, estado de Sinaloa, en México, indudablemente, hasta el suelazo que lo dejó sin vida un 15 de abril de 1957, cuando apenas cumplía cuarenta años y había alcanzado la dimensión de ídolo del cine y la canción, lo que en esos años era decirlo todo. Un viejo avión cuatrimotor, veterano de guerra, que él mismo pilotaba en compañía de su instructor, se precipitó a tierra en un lugar de Yucatán, no dejando más que algunos restos chamuscados. Pero ocurre, que mientras Perucho nos relata la vida de su tocayo y alter ego, al mismo tiempo su propia historia caraqueña va apareciendo ante nosotros, siempre dentro de esa perspectiva desenfocada que produce el insomnio; porque se trata de dos caras que se yuxtaponen, una misma novela bifronte y un sueño de mitades sobreimpuestas que se sustituyen una a la otra, casi sin que podamos darnos cuenta de que, en algún momento, hemos abandonado una historia y hemos entrado en otra. Y sin embargo, Eduardo no permite que las costuras aparezcan por ninguna parte. No hay grietas ni fisuras que permitan ver el andamio al otro lado; y eso que Eduardo sabe que el truquito está allí, aunque sólo él puede darse cuenta. A imitación de las viejas novelas inglesas, él ha hecho que la sombra imperceptible del fantasma se deslice respetuosamente por entre los presentes, sin dejar a su paso más que un ligero escalofrío, que apenas ha hecho temblar las tazas de té en los platillos. Un truco, sí; pero, ¿a que no lo encuentras? He aquí el arte, la destreza y la picardía que envuelven los oficios de prestidigitador, maromero y escribidor. En la novela de Eduardo, el relato uno y el relato otro, se alimentan por medio de un tejido circulatorio, por donde va y viene la misma sangre. Sangre mestiza y marginal, que pasa de Pedro a Perucho, sin cambiar de estado. Es cierto que a Pedro lo asaltan por docenas los periodistas, acosándolo con toda clase de preguntas; mientras que las únicas entrevistas que le han hecho a Perucho son las del censo nacional o las del burócrata del ministerio que llena una planilla. Pero eso no cambia las cosas, porque en lo que a soñar se refiere, estos dos personajes, Pedro y Perucho, que vinieron de abajo; uno que se remontó a lo más alto y el otro que quedó mirando para arriba, en diferentes momentos, han soñado lo suficiente para llenar de disparates los días de su vida. El soñador, no está obligado a esperar la comodidad de la noche. Un verdadero profesional sueña de pie, con los ojos abiertos y nadie se da cuenta. Pedro recorre las calles de ciudad de México en su moto de fiscal de tránsito, mientras Perucho baja y sube escalinatas, esperando que la suerte le llegue algún día. Pedro compone y canta las canciones y Perucho sufre los despechos, y así sale ganando, porque, como sostiene Eduardo en una de esas frases titilantes que chisporrotean por las páginas de su novela; «en asuntos de amores, lo verdaderamente creativo es sufrir». Perucho es un fantaseador y un embustero. La mejor parte de su vida es imaginaria, la inventó y se la contó a sí mismo un millón de veces, en silencio. O sea, que este hijo de Eduardo construyó su propia memoria, porque la suya nunca le satisfizo. Inventó las amantes desvergonzadas y siempre diligentes que nos acompañan en la adolescencia, sin pedir nada para ellas. Produjo las revoluciones triunfantes que nos cubren de gloria en la juventud y hasta tuvo necesidad de inventarse los sueños de la infancia, porque los verdaderos eran irrecordables. Un día, para seguir soñando, se robó un caballo del hipódromo y se llevó en al anca a la ingrata que iba a casarse con otro al día siguiente. En otra ocasión, vio cómo Lilia Prado bailaba con Dámaso Pérez Prado en una escena de El Gavilán Pollero. «Desde la confrontación de Quasimodo y la bella en la romántica novela de Víctor Hugo, no se veía nada parecido. La divina Lilia y la foca Pérez Prado, envueltos en el torbellino del mambo». Transfigurado luego en hombre mosca, el héroe arrasa las curules del Capitolio, para alojar en ellas a unos damnificados de su barrio. Más allá, tiene lugar su espectacular combate con Kid Malacara, donde sentimos que la escritura jadea, salta, se arrincona, escupe sangre, se le nubla la vista, suda, gime, se recupera, recibe un jab y otro y otro... Y por primera vez en la vida, los versos de Vallejo suben al ring y narran ellos mismos el encuentro. «Hay golpes en la vida, tan fuertes.../ ¡Yo no sé!..» Al final, el propio Pedro nos habla desde las cenizas del avión siniestrado. «Desde entonces, no soy más que polvo y música...». Eso dijo Pedro Infante o dijo Perucho Contreras o dijo Eduardo Liendo, y agrego yo, parodiando al más grande: «Polvo, sí... más polvo enamorado».
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