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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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  Sección: Bitblioteca

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Una agenda para la recuperación mundial

La Habana, enero de 2000

Índice

Introducción

La grave crisis financiera que se extendió por varias partes del mundo en los últimos tres años, exige una explicación y plantea la necesidad de una agenda para su superación.

En varias oportunidades hemos demostrado que se trata de una crisis de ajuste del sistema económico mundial a una nueva fase de crecimiento económico global que se inscribe en los ciclos largos de Kondratiev.

Según estos ciclos, descubiertos por el economista ruso, la economía mundial se mueve en períodos de 50 a 60 años caracterizados por una fase en la cual predominan los años de crecimiento económico y se moderan las recesiones y que duran cerca de 25 a 30 años. Sucesivamente, la segunda fase B del ciclo largo se caracteriza por períodos de 25 a 30 años dominados predominantemente por recesiones con moderadas retomadas de crecimiento.

La crisis que asistimos en los últimos años en el sudeste asiático, con sus reflejos internacionales negativos, no puso en jaque, en ningún momento la vigorosa recuperación económica norteamericana y no amenazó el lento pero constante crecimiento económico europeo.

Por el contrario, la crisis permitió a Japón y a los tigres asiáticos que reajustaran sus tipos de cambio e iniciaran un nuevo período de crecimiento que ya se dibujó en 1999.

Rusia, que no está involucrada en esta crisis por distintas razones, se encuentra en el camino de una redefinición política que viabilice su recuperación económica.

Brasil hizo un ajuste cambiario retardado. Lo que fue posible debido al apoyo del sistema financiero internacional a la reelección de Fernando Henrique Cardoso. Pasó por una grave crisis a consecuencia de estas irresponsabilidades pero redefinió en parte su política económica con la devaluación cambiaria. A pesar de esta, continúa con una política insana de altos intereses que comprometen la estabilidad fiscal radicalmente e inviabilizan la retomada del crecimiento económico y el saneamiento de la economía.

Sin embargo, si miramos el conjunto de la situación mundial después del susto y de los desconciertos teóricos y políticos evidenciados por la crisis del sudeste asiático podemos reconocer que gran parte de las dificultades económicas actuales vinieron de graves errores de Política Económica más de que de una tendencia recesiva mundial.

Si admitimos la solidez de la recuperación norteamericana y europea, la fuerza de India y de China y la recuperación del sudeste asiático podemos imaginar un período de expansión económica relativamente importante.

Claro que hay graves problemas sistémicos que limitan (¿en 25 años?) la intensidad de esta recuperación económica.

Entre ellas están los graves desequilibrios cambiarios que superan la actual recuperación. En ella, los Estados Unidos se conviertieron definitivamente en una economía deficitaria comercialmente.

Lo más grave es que las entradas de capitales hacia este país (independiente de sus consecuencias estructurales en términos de la desnacionalización de su sistema financiero) y la venta de servicios para el exterior no podrán compensar el gigantesco déficit comercial.

En consecuencia se establecerá un desequilibrio creciente entre la valorización del dólar y los efectos del déficit permanente de la balanza de pagos.

Asimismo, es evidente que la presente recuperación del sistema económico mundial está basada en fuertes medidas proteccionistas a los sistemas financieros nacionales y de sus movimientos internacionales.

Esto significa que la fase de recuperación económica será marcada por una constante incertidumbre sobre el funcionamiento del sector financiero y por una sucesión de crisis derivadas de la especulación financiera y cambiaria.

Asimismo, los presupuestos estatales continuarán condicionados por fuertes transferencias y subsidios para mantener este sistema financiero y sus olas especulativas inevitables.

No nos cabe aquí profundizar las contradicciones regionales que este modelo de recuperación supone. El fortalece claramente las políticas de integración regionales y parece consolidar, por lo menos por un período medio, la formación de los grandes bloques regionales con sus confrontaciones comerciales, cambiarias, financieras, monetarias y ...militares.

Es claro también que este modelo no logra integrar claramente en potencias medias emergentes como China, India, Brasil, África del Sur, Turquía, Irán que se proyectan sobre regiones enteras.

Por fin, una retomada del crecimiento pone en jaque los intereses de las clases sociales fundamentales del capitalismo —capitalistas y asalariados— en escala mundial. Lo que renace un proceso ideológico global de nuevo tipo en el cual no se presentan estados nacionales en oposición sino que se dibujan más claramente los intereses y soluciones excluyentes entre las clases sociales en choque.

Este choque no ocurre solamente en el interior de un sistema dado sino que tiene fuertes implicaciones sobre el carácter del proprio sistema. Se trata de una retomada del debate ideológico bajo la forma de propuestas históricas y globales sobe la reorganización de la economía y la política mundial y sobre las formas nacionales y locales de estas propuestas alternativas.

La crisis y la coyuntura

Pero la crisis que enfrentamos en los últimos 3 años a partir de Asia tuvo también una dimensión coyuntural, a pesar de que fue sobretodo la manifestación de una crisis sistémica.

La solución de la crisis es más fácil de plantearse y está ligada primeramente a la actitud conservadora del Federal Reserve Bank, que, al elevar la tasa de interés de los títulos públicos norteamericanos, provocó un fuerte movimiento de capitales hacia este país.

En segundo lugar, los conservadores europeos, principalmente Kohl en Alemania, se rehusaron a bajar las tasas de interés, con los mismos objetivos de atraer capitales.

El Bundesbank en Alemania se negó a bajar la tasa de interés bajo la presión de Oskar La Fontaine. El dimitido ministro de economía del gobierno alemán no logró remover a los reaccionarios directores del Bundesbank. En consecuencia continúan actuando los efectos negativos de una política de altos intereses con sus efectos anti-crecimiento económico.

En tercer lugar, los Liberal-Demócratas en Japón insistieron desvalorizar el yen, provocando una caída de las exportaciones de las economías del Sudeste Asiático y obligándolas a desvalorizar sus monedas para recuperar su capacidad exportadora. Recién se logró convencer el gobierno japonés de aceptar una tasa de cambio de 110 yens por dólar que permite restablecer en parte el equilibrio cambiario al Japón la región y con los E.E.U.U.

En cuarto lugar, el capital especulativo se agigantó en los años 80 provocando aumentos de activos colosales: valorización del dólar, altas tasas de interés, altos precios de inmuebles, valorización de títulos públicos abundantemente emitidos por deudas públicas crecientes. En los años 90 (de hecho, desde la crisis de octubre de 1987) estos activos entraron en caída colosal: baja del dólar, baja de las tasas de interés, caída de los precios de los inmuebles, desvalorización de las deudas públicas y su disminución. Solo restó al capital financiero la valorización de las bolsas de valores en los países centrales y la especulación con los títulos públicos apoyados por las reservas acumuladas en los países llamados «emergentes» y por su disposición de privatizar sus activos públicos.

Cuando se terminaron las reservas y los activos privatizables, sus monedas artificialmente valorizadas entraron en crisis y fue necesario encontrar otro destino para esos capitales especulativos. Esto pasó en México, en Argentina y en Brasil. A esos capitales les sobra el mercado de títulos públicos de los países centrales que paga relativamente tasas de interés y las especulaciones bursátiles estimuladas por la recuperación económica de EE.UU y Europa.

Es necesario completar este marco referencial con la intervención doctrinaria y política del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Esta intervención tiene un sentido profundamente conservador. En los años 90, la baja de las tasas de interés permitió la recuperación económica de EE.UU y Europa y la caída de sus déficits fiscales pues, como ya lo señalamos varias veces, el principal origen del déficit fiscal no eran los gastos públicos y sin los altos intereses. Pero, en los países emergentes, bajo el dominio de las políticas de ajuste estructural y del llamado Consenso de Washington (que invirtió la preocupación corriente del FMI por superávits comerciales y desvalorizaciones cambiales, hacia las valorizaciones cambiales y los déficits comerciales) las tasas de interés subían a las máximas alturas y atraían los capitales volátiles que abandonaban los mercados de los países centrales que se encontraban en caída. Esta caída se manifestaba a través de la desvalorización de activos monetarios, financieros e inmuebles, al mismo tiempo en que caía la tasa de interés y se controlaban los déficits públicos.

La intervención del FMI se convirtió en uno de los orígenes del problema y no en un factor de la solución de las crisis. Sus recomendaciones, acentuaron los desequilibrios fundamentales de estas economías que inviabilizaron su capacidad de recuperación, conduciéndolas a la recesión y al desastre económico y político.

Vemos por tanto que la hegemonía del pensamiento conservador que, en los últimos años se basó en una retomada fundamentalista de los principios del liberalismo clásico del siglo XVIII, conocida en los países latinos bajo el concepto de neoliberalismo se convirtió en uno de los obstáculos centrales a la retomada del crecimiento económico mundial.

Estos principios, afirman la preeminencia absoluta del mercado para regir las relaciones económicas y desataron la acción de fuerzas conservadoras antes contenidas por la acción del Estado, que se apoyaba hasta entonces en una coligación de fuerzas bastante amplia. Este arco de fuerzas sociales incluía parte del gran capital nacional e internacionalizado (las empresas multinacionales) y amplios sectores medios y del movimiento obrero organizado.

Con la crisis de largo plazo, iniciada en 1967 y que se manifiesta ampliamente en 1973-75, este frente de fuerzas sociales se rompió. De un lado, las fuerzas obreras y populares se vieron llamadas a intentar una gran ofensiva mundial para garantizar las conquistas realizadas después de la Segunda Guerra Mundial. De otro lado, en estos años las Políticas de contrainsurgencia (que tuvieron su expresión más alta en la Guerra del Vietnam) se consolidaron como camino de garantía de la conservación del orden social y económico. Las contradicciones se exacerbaron y los sectores más conservadores terminaron por hegemonizar el poder mundial en la década del 80 con Miss. Thatcher en Inglaterra, Ronald Reagan en EE.UU y Helmut Kohl en Alemania.

Este fue el período de imposición de los principios neoliberales, con la desregulación del mercado financiero y otros mercados importantes, como la aviación civil y la industria aeronáutica. El resultado de esta política —consubstanciada en la creación de la OMC— no ha sido el surgimiento y desarrollo de mercados más libres sino una monopolización creciente de los mercados desregrados. En la década del 90 el sistema financiero internacional se caracteriza por la fusión de los grandes bancos; la aviación civil por la quiebra de empresas pequeñas y medianas y la fusión de las grandes; la industria aeronáutica se redujo a 2 empresas planetarias: la Boeing y la Aerobus.

En estos años se liquidaron sectores económicos enteros (como la siderurgia en la costa este de EEUU y en Europa) que en general estaban superados tecnológicamente. Al mismo tiempo, se abrió espacio para la introducción de nuevas tecnologías —particularmente en el campo de la informática, con el avance de la robotización. Quizás, esta haya sido la principal contribución de la ofensiva neoliberal. Ella abrió camino para la decadencia de varios grupos económicos hasta entonces apoyados en los Estados, a través de proteccionismos abiertos y ocultos.

Pero esto no significó la implantación de nuevos mercados libres. Al contrario, esto abrió camino para una fuerte competición monopólica que resultó en la concentración industrial, en el gigantesco aumento de las joint-ventures y en la formación de nuevos gigantes monopólicos (véase el caso de las investigaciones del gobierno norteamericano en contra de la Microsoft de Bill Gates).

Es pues natural que las fuerzas conservadoras entrasen en retirada cuando se clarificasen los efectos terriblemente arrolladores de su hegemonía. También es evidente que, a las primeras señales de recuperación económica, los sectores despreciados en los años 80 retomarían su capacidad ofensiva. Esta es en esencia la presente situación económica internacional.

Se trata de establecer las condiciones políticas para reorganizar un gran frente de fuerzas sociales y políticas capaces de restablecer los principios del crecimiento económico, del pleno empleo, del planeamiento democrático de la organización social y económica, de la intervención estatal en favor del progreso y de la justicia social, de un nuevo orden mundial más equilibrado y equitativo.

Las elecciones europeas desde 1995, confirman nuestra tesis. La victoria de la Social Democracia, con el apoyo de los Verdes y crecimiento de los Socialistas Democráticos (ex comunistas) en la Alemania del este abrió una coyuntura de transformaciones sociales, iniciadas con la victoria de Clinton en EEUU, continuadas con la victoria de Blair en Inglaterra a pesar de sus limitaciones ideológicas, y sobretodo de Jospin en Francia. No importa que ocurran marchas y contramarchas en este proceso como la demisión de Oskar Lafontaine del Ministerio de Economía y de la presidencia del Partido Socialdemócrata Alemán.

Frente a estos hechos, el pensamiento conservador se ha desesperado y sus políticos partieron para acciones descontroladas como la oposición republicana en EEUU, obligada a tener por principal programa de gobierno la condenación del comportamiento sexual del Presidente Clinton. En Inglaterra, los conservadores se disgregaron seriamente. En Francia se vieron desautorizados por la derecha fascista y entraron en seria lucha interna.

Se trata del ocaso del pensamiento conservador de inspiración neoliberal. Su derrota aún más grave se procesará en las organizaciones internacionales donde hay señales crecientes de su desmoralización. En el Banco Mundial, en el PNUD, en la UNCTAD y seguramente en la OIT las tesis neoliberales se encuentran en bancarrota. Para constatar esto, basta analizar los informes de estas instituciones en 1999. Ellos reflejan claramente un proceso crítico que no se puede obviar, a pesar de los limites teóricos que presiden al pensamiento de sus autores, muy influenciados por la hegemonía del llamado «pensamiento único» en la década del 80 y principios del 90.

Sin embargo, queda por definir una agenda para la recuperación de la economía mundial.

Cambio político y cambio económico

Es interesante analizar el artículo del semanario conservador The Economist del 13 a 19 de junio de 1999, en su sección sobre Gran Bretaña, página 53. The Economist ha sido una especie de escudero ideológico de Miss Thatcher, la reina de las privatizaciones. Este semanario ha sido también uno de los ideólogos del laborismo light. En su prepotencia, llegaron a redactar un programa correcto para el laborismo. Y ellos fueron uno de los principales marcos de la campaña internacional que pretendió identificar Tony Blair con el Thatcherísmo. La esencia de esta campaña es la tesis de que los partidos de centro-izquierda y de izquierda sólo podrán ganar los gobiernos de sus países si aceptan continuar la política neoliberal, en lo económico, con algunas correcciones en lo social.

Hay que entender, sin embargo, los limites de esta tesis. Sus autores, los conservadores, no solamente perdieron las elecciones en todas partes sino que se dividieron y abren camino a una ultraderecha cada vez más enraizada y amenazadora. Quieren así dejar, en su retirada, el terreno minado hasta que puedan reagruparse. Este es el caso de esta tesis según la cual la izquierda «tiene» que gobernar con el programa de la derecha. A pesar de su amplia divulgación mundial ella tiene que ceder el lugar a los hechos. Y los hechos son tercos. Esto es lo que nos muestra este artículo del The Economist.

Después de lamentarse de que el gobierno laborista, bajo presión de los sindicatos y de su izquierda, no seguirá la línea «correcta» de las privatizaciones, The Economist se dedica a comprobar las ventajas de las mismas en Inglaterra y en el resto del mundo. Pero cual es el veredicto del pueblo británico sobre las privatizaciones? Sería interesante utilizar las propias palabras del semanario:

    La evidencia de las encuestas sugiere que las privatizaciones nunca fueron extremamente populares y que ellas lo son cada vez menos con el transcurso del tiempo. En 1983, MORI (Agencia de estudio de opinión pública) encontró que 43% de la población quería más privatizaciones, en 1992 estos habían caído para 24% y el año pasado una encuesta encontró que solo 19% estaba en favor de la privatización del Metro.

Es claro que el prepotente semanario conservador no se somete al juicio popular. Tiene que volver a presentar sus argumentos neoliberales a favor de los controles y las regulaciones y otras falacias. Lo más grave es que los ingleses fueron los primeros en conocer este fenómeno y su juicio es hoy tajante y definitivo.

Pero no os dejeis ilusionar. La gran prensa continuará amenazando con el rechazo electoral a los candidatos de izquierda que se opongan a las privatizaciones. Esta ha sido la táctica de los conservadores que terminó siendo incorporada por parte significativa de los políticos social-democratas, laboristas y hasta socialistas.

Tomemos la opinión del Commerzbank que mantiene una newsletter dentro del referido semanario conservador The Economist cuyo título es Viewpoint (Punto de Vista) y el subtítulo es Commerzbank Focus on German and Europeans Economic Issues, (foco del commerzbank sobre los temas económicos alemanes y europeos). Una publicación suya de la época de las elecciones en Alemania que llevaron al triunfo de la social-democracia muy significativa. Ella se dedica al seguiente tema: «Las elecciones alemanas y sus efectos mixtos en el mercado de capitales».

De hecho, la creación del EURO (la moneda única europea) se realizaba en un momento político muy especial que produjo importantes cambios en la agenda económica mundial.

Como dicen los analistas del Commerzbank, los gobiernos europeos que se constituyan en este período independiente de sus definiciones ideológicas, tendrían que aceptar las reglas macroeconómicas establecidas por el tratado de Maastricht que creó la moneda única europea. Ellas son claras: equilibrio fiscal (déficit fiscal máximo igual al 3.5% del PIB), equilibrio cambiario y baja inflación. La más importante y la más difícil es la estabilidad presupuestaria que sin embargo ha sido relativamente exitosa.

Pero, el establecimiento de un presupuesto estable tiene una consecuencia inesperada. La caída de las tasas de interés ha sido el instrumento principal para lograr esta estabilidad. Y la disminución de la deuda pública y de los intereses hacen caer los gastos con el servicio de la deuda pública, abriendo camino para una nueva ola de gastos productivos y sociales.

La retomada de las inversiones públicas y de los gastos sociales disminuye el costo de las transferencias para el sector social. La disminución del desempleo será quizás el resultado más importante de una nueva ola de inversiones comandadas por los socialdemócratas. Los presupuestos públicos se harán al mismo tiempo más estables y aumentarán los recursos para el gasto público. Esta es la evolución actual de las finanzas públicas norteamericanas.

Estos hechos nos muestran la profundidad de la trampa en que nos ha metido la hegemonía de los principios neoliberales en la vida económica de los ochenta. La liberación de los mercados, el relajamiento del control estatal sobre las empresas y particularmente sobre el sector financiero no han conducido a un mercado más libre.

Por el contrario, la desregulación favoreció la monopolización de los mercados, en particular los mercados financieros nacionales y el mundial. Al mismo tiempo, la elevación de las tasas de interés, típica de la década de los ochenta, aumentó dramáticamente los gastos públicos. Paraójicamente, la aplicación del neoliberalismo no condujo al equilibrio del gasto público sino al más aventurero desequilibrio fiscal de la historia del capitalismo. Y lo más grave es que estas deudas enormes no se convertían en mejorías económicas y sociales y se destinaban exclusivamente a engordar los bolsillos de los especuladores.

Solamente la rebaja de las tasas de interés y la quiebra de la vasta ola especulativa y de los sistemas financieros artificiales que generó, pusieron poco a poco la economía mundial en un camino virtuoso. La crisis financiera asiática fue uno de los últimos momentos de esta crisis más general. Debe esperarse un cierto desahogo en el sistema financiero mundial en los próximos años, a pesar de que los Estados nacionales continuaron protegiendo un vasto sector financiero claramente especulativo e inútil. La situación más negativa persiste en los países de desarrollo mediano, como los latinoamericanos, donde se mantienen las políticas de altas tasas de interés y de protección estatal al capital especulativo que pierde espacio en el resto del mundo.

El surgimiento de esta oportunidad de recuperar las finanzas públicas, y de disminuir la especulación financiera tiene que ver con los nuevos programas de austeridad que se imponen en Europa a partir de la mitad de la década (EEUU lo inicio en el comienzo de la década y ha alcanzado mejores resultados hasta el momento). Europa lo estableció con los rígidos principios de Maastricht y la caída de las tasas de interés, pero sobretodo alcanzará excelentes resultados a partir de ahora, debido el fin de las especulaciones con las monedas europeas que tanto sirvieron de base a la especulación financiera y que se escapan con la creación del euro.

La austeridad fiscal no es un programa de la derecha, a pesar de que los conservadores la han alardeado siempre como una característica de sus gobiernos. Al contrario, el compromiso de la derecha con la especulación financiera ha inviabilizado su capacidad de establecer una verdadera austeridad fiscal. Ella cortó drásticamente los gastos sociales pero aumentó los gastos militares y los gastos financieros y, como consecuencia de la crisis social que se profundizó mundialmente, aumentó enormemente la necesidad de los gastos sociales... Este círculo vicioso ha sido el principal resultado de la hegemonía neoliberal de Thatcher y Reagan.

Por esto asistimos estos cambios políticos, a veces tan confusos para muchos. La socialdemocracia, considerada antes la irresponsable ante los gastos públicos es llamada a dirigir un período de austeridad fiscal. Pero, como vimos, esta austeridad fiscal está asociada a la existencia de recursos crecientes para retomar las inversiones públicas y para las políticas sociales.

Estas sociedades están dejando de gastar en pagos de intereses para volver a gastar en crecimiento económico y justicia social. Y la derecha conservadora no tiene nada que proponer en estas circunstancias. Por esto pierde espacio hacia la centro izquierda y sobretodo hacia la ultraderecha parafascista, que presenta un programa de represión a las consecuencias de las políticas neoliberales, como la caza a los emigrantes.

Por esto, lo político y lo económico se aproximan una vez más y rompen las barreras artificiales entre los dos aspectos de la totalidad social, impuesta por una visión distorsionada y mezquina de lo humano.

Nuevas vías o vacilaciones políticas

Para responder a estas nuevas situaciones una parte del pensamiento social liberal abrió camino hacia una ofensiva mundial. Esta ofensiva se unió bajo la bandera de le llamada Tercera Vía. Después de varias reuniones bilaterales se buscó articular una reunión más amplia en esta dirección.

Dentro de estas articulaciones, se reunieran en Florencia (1999) los dirigentes del Gobierno democrático norte americano, Bill Clinton, del Gobierno del Partido Laborista Inglés, Tony Blair, del gobierno Social Democrático Alemán Verde, O Schroder, el presidente del gobierno de centro derecha (PSDB, PFL, PPB, PTB y en parte PMDB) Fernando Henrique Cardoso y el jefe del gobierno de centro izquierda Italiano Máximo D’Alema, además del jefe del gobierno de la izquierda pluralista francesa Lionel Jospin.

Por presión de Jospin que claramente critica las propuestas de la Tercera Vía, la reunión no pudo identificarse oficialmente con esta corriente. Pero como él era el único en oponerse abiertamente a esta afición, la forma internacional continúa tratando esta reunión como el primer encuentro ampliado de la Tercera Vía.

No es sabio ignorar un encuentro de poderes tan grandes sobretodo cuando pretende lanzar los caminos para la política del próximo siglo.

Cuando se lanzó la propuesta de la Tercera Vía fuimos de los primeros en llamar la atención para su importancia. Ella reflejaba, de un lado, la constatación del fracaso de las políticas neoliberales, hasta entonces consideradas intocables. De otro lado, sin embargo, ella arrastraba consigo la visión defensiva de que no hay éxito económico sin libre-mercado y la aceptación general del fracaso del planeamiento económico y de la acción estatal.

El resultado de esta autocrítica a medias ha sido esta fórmula híbrida llamada Tercera Vía. Según sus formuladores, el libre mercado continúa siendo la forma más eficiente de asignar los recursos escasos producidos por las economías nacionales. Sin embargo, el libre mercado favorece soluciones desfavorables para los más pobres que no son fuertes en su presión sobre el mercado. Como se ve, ello se inscriben dentro del programa propuesto o impuesto por los ideólogos conservadores: neoliberalismo más compensaciones sociales.

En tal caso, lo ideal sería completar la «eficiencia» del libre mercado con la «corrección social hecha por las políticas públicas». Según sus «teóricos» (sí es que podemos llamar de teoría esta manifestación de buena voluntad y buenos propósitos, la Tercera Vía rescataría los aspectos positivos del mercado y de la y de la intervención estatal

Ocurre que la realidad es mucho más compleja que lo que dicen estos conciliadores de opuestos. Es evidente que los efectos sociales negativos de las políticas neoliberales no pueden ser corregidos por el Estado por dos razones. Primero por que los recursos públicos para políticas sociales son escasos en el contexto de las políticas de equilibrio fiscal, promovidas por el pensamiento neoliberal. Segundo, por que este pensamiento lleva necesariamente al corte de los gastos públicos que atienden a los pobres. Al mismo tiempo, restringen la distribución del ingreso como condición económica para lograr el crecimiento. En sus cabezas atrazadas son los ricos los que invierte y garantizan el crecimiento.

No es posible pues conciliar la restricción neoliberal de los gastos públicos con el aumento de las medidas de bienestar. Ni es aconsejable apoyar las políticas recesivas de los neo liberales (que aumentan el desempleo y la miseria; y concentran el ingreso a favor de los más ricos) y, al mismo tiempo, intentar corregir sus «resultados. Para los «resultados» son la esencia misma de la doctrina y la política neoliberal.

Ya bastarían estas razones teóricas generales para descalificar los pretensiosa resultados virtuosos de la Tercera Vía. Pero existen otras razones aún más profundas para rechazan las propuestas estratégicas de la llamada Tercera Vía.

La evolución histórica y el comportamiento real del capitalismo no siguen para nada los modelos abstractos generados por la visión utilitarista e individualista que fundamente este pensamiento enraizados en los filósofos del siglo XVIII. Tampoco la ciencia contemporánea sigue los principios metodológicos arcaicos —puramente mecanicistas y economicistas— que fundamentan esta doctrina.

Más evidente aún es el hecho de que el modelo de un mercado de vendedores y compradores individuales no tiene nada que ver con los mercados reales, particularmente en la fase actual del capitalismo mundial. Todos sabemos que el mercado mal es compuesto de oligopolios y monopolios semi-privados y semi estatales pues operan bajo rígidos principios de reglamentación estatal sin los cuales no podrían existir.

Vendedores y compradores son grandes firmas y sobretodo es el Estado. Ellos determinan la dirección de la economía. En los países de la OCDE, los gastos privados representan cerca del 47% del PBI, participación que ha crecido exponencialmente desde el comienzo del siglo, cuando no llegaba al 10%. Sobre todo después de la segunda guerra mundial, el estado se convertió en parte integrante y necesaria del funcionamiento de la economía capitalista mundial. Y cabe afirmar, con los dados del Banco Mundial, que esta participación de los gastos públicos continuó creciendo entre 1980 y 1995, bajo el dominio ideológico del neoliberalismo.

Lo que pasó entre 1980 y 1995 no fue una disminución del gasto estatal sino una drástica reorientación del gasto público hacia las «transferencias», es decir, las transferencias de renta del conjunto de la población sobretodo hacia el sector financiero, el cual absorbió la mayor parte de estas «transferencias» bajo la forma de pagos de intereses por los títulos de las deudas públicas.

Estos hechos revelan los grandes y radicales límites del neoliberalismo. Se trata de un modelo teórico totalmente arcaico, preindustrial, sin hablar de la revolución científico-técnica contemporánea que ni comprenden, y nisiquiera integran los mecanismos económicos que describen de manera formal e inútil.

De esta forma, las reverencias de los «teóricos» de la Tercera Vía a la «eficacia» de la economía del mercado y de los principios neoliberales no encuentran ningún asidero en la práctica de la vida económica.

Los Estados Unidos de Reagan aumentaron su deuda pública del 32,6% al 65,1% del PIB. Reagan elevó el défict comercial a cantidades inimaginables y lo hizo definitivo y estructural. Estos desequilibrios económicos fantásticos tuvieron que ser corregidos, en parte, por el gobierno Clinton, a pesar de las dificultades que encontró en sobreponerse a la oposición republicana. Esta impide sistemáticamente la plena adopción de los principios del «capitalismo gerencial» propuesto por el equipo económico de Clinton.

Movido por razones políticas, Clinton, ha realizado concesiones a los neoliberales republicanos que le han dificultado mantener el apoyo de los trabajadores y de las minorías.

Un ejemplo de estas debilidades doctrinarias es la posición moderada de su vicepresidente, Gore, sobre la cuestión del Medicare. Al abandonar la línea radical propuesta por Hillary Clinton a favor de la medicina pública, Gore se ve atacado por la izquierda y se ve amenazado por la candidatura de Bradley, quien defiende claramente el Medicare.

Está claro pues que la cuestión de los gastos sociales no se puede plantear como una especie de postre, posterior al plato fuerte de las medidas económicas. No hay una separación radical entre ambos sectores. Está claro también la adhesión de la población a aquellos políticos que muestran más claridad y decisión de enfrentar los principios doctrinarios neoliberales. Estos, muy hipócritamente, llaman a tales políticos «populistas». Se trata de políticos que se dejan guiar por la «opinión pública» en vez de guiarse por los principios «científicos» de los tecnócratas neoliberales.

A dónde nos llevan estos principios «científicos» del siglo XVIII, está cada vez más claro. Basta ver lo que pasó con África bajo el dominio del Banco Mundial, desde los años 80. Basta ver lo que pasó con Europa Oriental, incluyéndose la Unión Soviética, bajo la orientación de los políticos neoliberales desde la victoria de Yeltsin. Basta ver lo que pasó con los tigres asiáticos cuando empezaron a ceder de su política de Estado desarrollista para abrir espacio a la entrada de capitales de corto plazo y a la desregulación de sus economías. Basta ver la situación gravísima de América Latina después de aplicar los ajustes estructurales de los años 80 y el Consenso de Washington de los años 90.

Un espectáculo tan impresionante de dímensiones planetarias no hace bajar totalmente las pretensiones de esos tecnócratas. Ellos se niegan a seguir la «opinión pública». Esta representa el régimen democrático con el cual no pueden convivir estos tecnócratas. Basta ver que el ascenso político de los neoliberales se inicia bajo el terrorismo estatal de Pinochet, la violencia social y anti-sindical de Miss Thatcher y Ronald Reagan, los regímenes de derecha, militares o no, en los, años 70 y 80, el bombardeo del parlamento ruso por Yeltsin, y otros actos de terror similares.

La Tercera Vía nace en el contexto de estas terribles consecuencias del neoliberalismo. Ella pretende colocar un límite a sus efectos más negativos. La unión del demócrata Clinton con el laborista Blair encuentra un nuevo apoyo en el centro de Schroder, gana algunos puntos con las vacilaciones de D’Alema, cree tener el soporte del Partido Socialista Español en crisis. Llega a incorporar al centro-derechista Fernando Henrique Cardoso.

Iniciada la ofensiva de la Tercera Vía, ella encontró sus limites muy rápidamente. Blair encuentra la oposición en su propio partido y ve crecer a su izquierda al futuro alcalde de Londres el «rojo» Livingstone, con apoyo del 63 % de los electores en contra, sobretodo, de la privatización del Metro de Londres, que Blair insiste en realizar. Schröder asume las propuestas neoliberáles de la derecha alemana y propone cortes de 25.000 millones de dólares en el presupuesto alemán, cortes contra los cuales se rebelaron los electores alemanes derrotando a su antecesor Helmut Kohl. En seguida, rechazadas estas propuestas por su partido, dá un vuelco de 180 grados y retorna el programa del Partido Social Demócrata Alemán, a pesar de continuar proponiendo el corte de gastos públicos.

Clinton ve a su candidato perder votos, en la medida en que mueve su programa hacia el centro en búsqueda de votos conservadores. Gore ve crecer el desafio de Bradley en defensa del Medicare. Sin embargo, frente a las movilizaciones de la AFL-CIO en Seattle, Clinton se ve obligado a defender los condicionamientos sociales en la reunión de la OMC para atender las exigencias de la AFL-CIO.

Fernando Henrique Cardoso confiesa a la prensa Italiana que «sí las elecciones para presidente fuesen algunos meses más tarde no las hubiera ganado». Si el gobierno sufre hoy el rechazo explícito del 64% de la población en las encuestas de opinión. No hay que ir muy lejos para comprender que las propuestas neoliberales se convirtieron en algo totalmente impopular. Lionel Jospin, que se opone claramente al neoliberalismo, gana apoyo todos los días e indica el verdadero camino de superación del neoliberalismo al aplicar la baja de la jornada de trabajo en Francia.

La reunión de los dirigentes de los principales países del mundo —excluídos China, Japón e India— registra la enorme inquietud del presente. Estos dirigentes deben mirar a Francia para encontrar un camino. O entonces deben confrontarse con el rechazo de esta despreciada creación de la democracia: la opinión pública que se expresa en las urnas.

El debate planetario

Anteriormente a la reunión de Florencia, la Internacional Socialista realizó su congreso en París. Esta reunión ha sido extremamente importante para el destino de la economía mundial. Los líderes partidarios, los primeros ministros y los jefes de Estado de los principales países de Europa forman parte de esta reunión. Pero ahí están también los partidos de origen nacional-democrático del Tercer Mundo.

Asimismo, el Partido Demócrata norteamericano, a través del presidente Clinton, ha buscado aproximarse a algunos liderazgos de la Internacional Socialista y el Partido Liberal Democrático de Japón se ha propuesto a sustituir el Partido Socialista Japonés en la Internacional. Se forma así un movimiento internacional de centro-izquerda con el peso suficiente para determinar el destino de la política económica mundial.

No debemos ignorar el hecho de que muchos de los antiguos partidos comunistas (europeos sobretodo) se han incorporado o pretenden incorporarse a la Internacional Socialista.

Al mismo tiempo, movimientos de Liberación Nacional del Sur se incorporan a ella como el ANC de Sudáfrica, el Frelimo de Mozambique, los Sandinistas de Nicaragua, y muchos otros.

En su seno se reunen también enemigos históricos como el Al Fatah palestino y el Partido Laborista de Israel.

Es extraño constatar sin embargo la escasa cobertura dedicada por los medios de comunicación a un evento tan significativo. Quizás esto se deba al desprecio de estos medios de información por el fenómeno del socialismo mundial.

A final, hemos aprendido por estos medios que el socialismo es algo totalmente superado y no existe más. Se hace muy difícil compatibilizar esta afirmación, considerada una verdad absoluta, con la importancia y el crecimiento que la Internacional Socialista ha tenido, sobretodo en los últimos 3 años.

Para esta prensa es difícil también administrar el hecho de que esta asociación de partidos pretende ser la continuidad histórica de la Internacional Socialista fundada, entre otros, por Marx y Engels que se transformaron en sus principales líderes, ideológicos y políticos. Hemos aprendido también, en estos medios de comunicación, que estos señores son pensadores totalmente superados y ultrapasados. ¿ Cómo pueden ser una referencia importante para los principales partidos y movimientos políticos contemporáneos?

Si es verdad que hoy día la Internacional Socialista no se reivindica marxista, ella no oculta, sin embargo, el rol hegemónico que los marxistas representaron en ella hasta la Primera Guerra Mundial, cuando surgió, en 1919, la 3ª Internacional Comunista. Pero esta influencia marxista se mantiene hasta los años de la Pos IIª Guerra Mundial, cuando la Guerra Fría obliga a un deslinde radical entre los socialistas y los comunistas.

Hoy día esto es un pasado que pretende ser distante. En los años 50 y sobretodo en los 60’s y 70’s los partidos de la Internacional Socialista asumieron los gobiernos de varios países. Y la verdad es que la experiencia del poder ha cambiado bastante su orientación ideológica. O quizás sea lo contrario: su cambio de orientación ideológica les permitió llegar al poder sin graves restricciones.

Para lograr el apoyo de las clases medias y neutralizar la oposición radical de los conservadores, la mayor parte de los partidos socialistas y Social Demócratas retiraron de sus programas el objetivo de lograr el socialismo.

En el poder, estos partidos admitieron la función de gerenciar el capitalismo, imponiéndole algunas restricciones de carácter social, como las políticas de bienestar social. Sin embargo, es necesario señalar que ellos asumieron el poder en los momentos económicamente más difíciles. En consecuencia les tocó las políticas de ajuste fiscal y de aprieto de los cinturones. Las clases dominantes utilizaron el prestigio de estos partidos junto a los trabajadores para que estos aceptasen asumir los altos costos de las estabilizaciones económicas capitalistas.

Sin embargo, en nuestros días tenemos una situación nueva. Los partidos de la Internacional son llamados a asumir el poder en un momento de recuperación económica mundial, después de años de recesión y de intentos de recuperación económica vía el libre mercado.

La experiencia neoliberal desmoralizó ideológicamente los principios capitalistas de gestión y produjo un movimiento de repulsa creciente a sus principios de política económica y a los efectos dramáticos de esta experiencia internacional.

Queda, sin embargo, un vacío ideológico en el momento actual. Se reconoce cada vez más el fracaso del libre mercado como asignador de recursos, además de dudarse de su existencia, frente a las «imperfecciones de mercado» denunciadas por Joseph Stigliz, aún cuando estaba al frente de los investigadores y «policy makers» del Banco Mundial.

La prueba de este fracaso se encuentra en la incapacidad de evitar las crisis internacionales; en el peligro que representa la burbuja financiera; en el fracaso de la transición al capitalismo en la URSS y en la Europa Oriental; en el drama o tragedia Africana, realizada bajo a la égida del Banco Mundial; en los resultados negativos de la liberalización financiera en los tigres asiáticos; en las dos últimas décadas perdidas de América Latina, y así sucesivamente.

Pero, por otro lado, aún se aceptan las afirmaciones dogmáticas del neoliberalismo en contra del planeamiento. Estas «verdades», según se cree, se habrían confirmado con el fracaso o derrota del socialismo en Europa Oriental y en la ex URSS.

No se valora claramente el hecho de que el principio del planeamiento orienta la acción de las empresas transnacionales o globales y las políticas industriales del Estado moderno. Los datos muestran que los gastos públicos son cada vez más importantes en los países capitalistas centrales. A pesar del neoliberalismo, cada vez se hace más clara la imposibilidad de organizar la economía mundial sin políticas públicas de largo plazo y sin planeamiento económico, político, social y cultural.

Es difícil aceptar estos hechos en un ambiente aún impregnado de las frases neoliberales, las privatizaciones, el terrorismo ideológico anti-estatista, antipopulistas, antisocialista. Pero los hechos son tercos y es necesario ajustarse a los mismos cuando se repiten insistentemente.

El Banco Mundial ya reconoció la necesidad de revalorizar el rol de las instituciones, entre las cuales está sobretodo el Estado Moderno, para replantear las tareas del desarrollo. Este banco, la UNCTAD, el PNUD, la OIT, y ahora el Banco de Asia y el proprio Fondo Monetario Internacional reconocen el aumento de la pobreza en el mundo como el más grave problema del proceso de globalización en curso.

Estas mismas instituciones empiezan a aceptar la idea de una intervención reguladora sobre el sistema financiero internacional y la necesidad de una tasa (tipo la propuesta de Tobin) sobre los movimientos financieros internacionales.

Estos cambios dan origen a una nueva agenda de política económica internacional. Esta agenda vino dibujándose en varias cumbres mundiales que inauguraron una nueva era de las relaciones internacionales: por primera vez en la historia, jefes de Estado, movimientos sociales, ONGs y organismos internacionales se juntaron para producir un ideario Planetario.

La cuestión ecológica en Río, la cuestión poblacional en el Cairo, la cuestión social en Copenhague, la cuestión de la mujer en Beijing, la cuestión de las metrópolis en Turquía, la cuestión de la infancia y de la juventud en varios foros formaron una sucesión de proyectos de políticas públicas que cuestionan radicalmente el principio neoliberal de la supremacía del libre mercado.

Faltaba agregarse a esta agenda los partidos políticos organizados internacionalmente. La última reunión de la Internacional Socialista fue precedida de la preparación de un documento básico coordinado por Felipe González. A pesar de la timidez de sus planteamientos, y de la intención de crear una tercera vía (ya profundamente desmoralizada), la Internacional Socialista está buscando llenar el vació del cual hablamos en este trabajo.

Las resoluciones del Documento de París apuntan hacia la preeminencia de lo político sobre lo económico (del plan sobre el mercado), del pleno empleo y del crecimiento económico sobre el puro equilibrio fiscal y macroeconómico, del avance tecnológico y científico a servicio de la humanidad, del desarrollo humano sobre los criterios economicistas del crecimiento.

No debemos esperar demasiado de estos encuentros pero hay que convenir que esta reunión llena un vació y apunta hacia una nueva tendencia. Esperamos que estos mismos líderes sean consecuentes con sus idearios partidarios en las reuniones del grupo de los 7, del FMI, del Banco Mundial, de las Naciones Unidas y de la OCDE y sobretodo en la nueva Ronda del Milenio en la Organización Mundial del Comercio. En la reunión de Seattle (que debería dar el primer paso hacia la Ronda del Milenio) se pretendía diseñar el debate colosal que se trabará en la escena mundial en los próximos años.

Fue muy interesante ver como se juntaron fuerzas para este colosal resurgimiento del debate ideológico planetario. El no asume más la forma de dos grupos de Estados en conflicto pero se dibuja entre dos grandes propuestas globales para la humanidad. A la guerra fría se sustituye una guerra ideológica planetaria que contradice casi 100% de los análisis teóricos puestos en voz por el neoliberalismo, el posmodernismo y otros similares.

La OMC en cuestión: hacia una nueva reunión

La reunión de la OMC en Seattle pretendía iniciar una nueva etapa de negociaciones en el sentido de la total liberalización del comercio mundial. Por su importancia era llamada la ronda del milenio. Sin embargo, la reunión resultó en un fracaso y se realizó cercada por vastos movimientos de calle. Los acontecimientos de Seattle causaron enorme perplejidad.

En primer lugar, ellos indicaron el interés creciente de las más amplias capas de la población en los temas relacionados con la globalización. Este dejó de ser un tema de tecnócratas para ganar la opinión pública en general y varias organizaciones sociales en particular. Como lo veremos, particularmente el movimiento sindical norteamericano liderado por los nuevos dirigentes de la poderosa AFL-CIO, asumió la responsabilidad de comandar un enorme movimiento de masas en torno a su concepción del comercio mundial que, como lo veremos, marca una nueva etapa del movimiento laborista mundial.

En segundo lugar, la reunión de la Organización Mundial del Comercio reveló los limites y las posibilidades del libre comercio como principio ordenador del intercambio mundial. Las divergencias entre gobiernos y pueblos enteros respecto a los principios que deben orientar sus relaciones mutuas, indican la imposibilidad de resolver estas cuestiones en nombre de principios abstractos.

Examinemos primeramente las cuestiones principales respecto al contenido mismo de las actividades de la OMC.

Esta institución surgió al final de la Ronda Uruguay que llevó a un estadio muy alto la liberalización del comercio mundial de aranceles y otras limitaciones portuarias. A pesar de la pretensión de que estos acuerdos han generado una gran apertura comercial y una libertad de mercado excepcional, debemos llamar la atención para el hecho de que estas afirmaciones no son corroboradas por los hechos.

De un lado, la libertad cambiaria y arancelaria no elimina otros mecanismos de proteccionismo tales como los subsidias directos o indirectos, las restricciones no arancelarias a la entrada de productos como exigencias de salud, de presentación y otras. Ni tampoco garantiza la capacidad de competir en términos de financiamiento, marketing y otros instrumentos no previstos por los acuerdos de liberación.

Existen aún las cuestiones de orden cambiario. Todos sabemos que la apreciación o devaluación de las monedas es hoy el instrumento privilegiado de la competencia comercial entre las economías nacionales distintas. Tanto es así que las alteraciones cambiarias resultan en perfomances totalmente distintas de las exportaciones e importaciones de cada país.

Lo más definitivo sin embargo es el hecho de que el comercio mundial está cada vez más determinado por los comportamientos monopólicos y oligopólicos que dominan el mercado mundial. Basta decir que la mayor parte del comercio internacional contemporáneo se realiza al interior de las corporaciones o empresas multinacionales, transnacionales o globales. Este comercio intra-firmas no está sometido a las relaciones de mercado y los precios son administrados por las firmas de acuerdo a su interés de burlar el fisco o de atender a otras razones económicas y sobretodo financieras.

Esta es la razón verdadera de establecer una organización mundial del comercio. Los Estados nacionales más poderosos asumen la tarea de organizar y administrar el comercio mundial, no en la perspectiva de un libre mercado sino, por el contrario, en la idea de asegurar la hegemonía de sus empresas sobre los mercados nacionales y locales de las naciones menos poderosas. Se trata de impedir que ellas dispongan de mecanismos de defensa de sus mercados.

El dominio de los mercados nacionales y locales depende también del control de los medios de información y comunicación que logran, a través de la publicidad y otros mecanismos más sofisticados de influencia cultural, determinar conductas y comportamientos que se traducen en consumo solvente, es decir, en mercado.

Estos argumentos de orden general serían suficientes para demostrar que la idea de una organización mundial del comercio no es un instrumento de la libertad del comercio sino del ordenamiento del comercio mundial a favor de los más fuertes.

Sin embargo, existen otras cuestiones mucho más concretas que limitan estas aspiraciones formales de un libre comercio.

La competición entre países y naciones no es un problema reducible a los modelos abstractos de relaciones entre vendedores y compradores. En primer lugar, las estructuras productivas de los países corresponden a fenómenos culturales bastante decisivos. Este es el caso, por ejemplo, de la producción agrícola.

A pesar de que hoy en día una gran parte de esta producción sea hecha dentro de un complejo industrial y de servicios, durante muchos siglos, ella estuvo asociada a todo un modo de vida que hoy llamamos de campesino o rural. Aceptar la destrucción de este mundo agrícola forma parte de un comportamiento irresponsable que corta definitivamente nuestra relación con miles de años de historia, de cultura, de referencia para sus nacionales o sobretodo para los moradores locales.

Son formas de vida que no quieren desaparecer para servir a la imposición de una pretendida modernidad. Y en verdad, los pueblos más evolucionados socialmente no quieren que se destruyan estos patrimonios culturales. Es así como estos pueblos defienden radicalmente la conservación de estas formas culturales como la agricultura francesa o alemana o japonesa. Y están dispuestas a pagar por esto sea en forma de precios más elevados o sea bajo la forma de subsidios estatales a los agricultores.

Pero existen razones más pragmáticas para exigir la supervivencia de las economías campesinas en estos países. Se trata de las razones de seguridad alimenticia. El Japón sabe muy bien lo que esto significa. Durante la Segunda Guerra Mundial, los japoneses se vieron privados de productos esenciales para la supervivencia de su pueblo. No se trata pues de ninguna paranoia cuando estos países afirman su necesidad de garantizar un consumo básico de ciertos productos esenciales como el arroz en el Japón.

No se debe olvidar también que la desaparición de ciertas formas de producción significa la pérdida para siempre de técnicas y habilidades. Es algo similar la desaparición de formas de vida a través de la eliminación de especies animales y vegetales. Las formas de vida no se pueden recuperar nunca. De ahí la importancia de la lucha por la conservación de la biodiversidad en el mundo contemporáneo

Para definir esta preocupación con las formas de vida culturales, los europeos formularon el principio de la diversidad o complejidad productiva como fundamento de la conservación de ciertas formas económicas que han perdido valor comercial o que no pueden defenderse de una competición abierta.

Lo grave de esta situación es que los latinoamericanos apostaron en el lado errado de la historia. Convencidos por las fuerzas más reaccionarias de nuestro tiempo de la idea del comercio libre como fundamento de la modernidad, los latinoamericanos abrieron totalmente sus mercados a la competición internacional entregando a su propia suerte industrias recien creadas, sectores agrícolas enteros, servicios esenciales a su identidad cultural y así sucesivamente.

Hoy día los latinoamericanos y otros países del Tercer Mundo son los campeones del libre comercio, de la misma forma en que sus predecesores del final del siglo XIX defendieron el libre cambio, atacando las industrias nacionales como «artificiales».

Así como las oligarquías latifundistas impusieron la modernización y el progreso entre nosotros especializando nuestras economías en la exportación de materias primas y productos agrícolas, los tecnócratas e intermediarios financieros actuales nos han convertido en clientes del sistema financiero internacional. Esto ha conducido a la derrocada de nuestras estructuras productivas.

Es pues muy dudosa la estrategia de nuestros gobiernos que pretenden abrir las economías europeas y japonesa para el libre comercio de los productos agrícolas.

En primer lugar porque es muy difícil convencer los pueblos de estos países a abandonar su política de protección a sus economía, sociedad y cultura rurales.

En segundo lugar porque una abertura de estos mercados agrícolas difícilmente favorecería a la agricultura por demás debilitada de las economías en desarrollo. Los datos muestran que nuestros países se han convertido en importadores líquidos de productos agrícolas. Esto se debe a la pérdida de la competitividad de nuestras economías debido a nuestra dificultad en adaptarnos a los enormes cambios tecnológicos que vienen operándose en la economía agrícola mundial.

Lo que deberá pasar en el caso en que triunfen las presiones norteamericanas por una mayor liberalización del comercio de productos agrícolas será el aumento de sus exportaciones para Europa y Japón. Será muy poco lo que lograremos aprovechar de esta apertura.

Al lado de estas cuestiones espinosas del comercio mundial, visto desde el ángulo de la política neoliberal, se podrían postular muchas otras cuestiones en un sentido y orientación distintos. Era necesario, por ejemplo, que los países en desarrollo lograsen cohibir el fuerte carácter monopólico y oligopólico del comercio mundial, restringiendo el comercio intra-firmas, la imposición de precios cartelizados en las materias primas y commoditties que conducen a una baja constante de sus precios en detrimento de nuestras economías exportadoras.

En los años 70, en atención al crecimiento de la presión de los países del Tercer Mundo en la economía mundial, Henry Kissinger propuso la creación de un mercado internacional de commoditties. Este mercado debería ejercer un rol regulador de precios, y que los países centrales temían, en esta época, la elevación de los precios de estos productos esenciales, similar a la que ocurriera con el petróleo. Ya que habíamos aprendido con la OPEP a crear cárteles exportadores, los grandes compradores buscaban restringir nuestra capacidad de formar y administrar precios internacionales.

Hoy día, estamos debilitados, después de pasar 20 años pagando intereses a los bancos privados de los países centrales y sobretodo después de privatizar nuestras mejores empresas para ajustar nuestras economías a las políticas de valorización de nuestras monedas y a los consecuentes déficits de nuestros balances comerciares. Además de esto, abrimos totalmente nuestros mercados a la competencia internacional, regresando a la condición de exportadores de materias primas un poco más elaboradas y de productos agrícolas un poco más industrializados.

Asimismo, hemos incorporado a nuestra pauta exportadora algunos productos de mayor nivel tecnológico, que se insertan en el comercio de partes, el cual se expandió como resultado del complejo industrial contemporáneo. Según este complejo, la producción de ciertos bienes supone millares de subdivisiones o partes cuya producción puede desplazarse por todo el mundo, aprovechando al bajo costo del transporte y las varias ventajas comparativas. El caso más evidente de esto es la industria automovilística que está cada vez más utilizando los países de desarrollo medio para producir partes de los autos en aquellos sectores que suponen mayor intensidad en la utilización de mano de obra barata. Los países del sudeste asiático y las maquilas mexicanas son ejemplos exitosos de estas transferencias.

Exitosos solamente en parte, pues el caso de México muestra que estas economías terminan importando tanto o más de lo que exportan en consecuencia de estas actividades comerciales inter-firmas. De esta forma, no se logran resolver los problemas cambiarios que han dado origen a estas aperturas comerciales que facilitan la atracción de capitales externos y la importación y exportación.

Pero lo más novedoso de la reunión de Seattle vino de las calles. Las enormes manifestaciones que ocurrieron en esta ciudad muestran que surgieron nuevos datos en las negociaciones internacionales. Es necesario comprender que el liderazgo de la gran central sindical norteamericana, la AFL-CIO, fue fundamental para el éxito y las dimensiones de estas manifestaciones. Un movimiento de ONGs jamás alcanzaría estas dimensiones. Ni tampoco tendría sus palabras de órden escuchadas por el propio presidente de los Estados Unidos.

Hace mucho venimos llamando la atención de nuestros lectores para la nueva realidad sindical de Estados Unidos. La AFL-CIO ha cambiado de dirección hace cerca de 3 años y, a pesar del escepticismo de sectores de la izquierda, se ha transformado en un factor político cada vez más decisivo en los Estados Unidos. En consecuencia se ha puesto en el orden del día una nueva agenda. Esta agenda está fuertemente influenciada por cuestiones internacionales.

En principio su posición es muy favorable al proteccionismo. La AFL-CIO intentó impedir la asignatura del NAFTA, ella logró impedir el fast track y ahora logra imponer las condicionales sociales en los préstamos intencionales y obliga al presidente de Estados Unidos a proponer las condicionalidades sociales en el comercio mundial.

No nos alcanza discutir en este trabajo la extensión y la importancia de esta nueva agenda internacional. Queremos solamente alertar a los gobiernos y sectores de la opinión pública latinoamericana de que no nos encontramos frente a unos disturbios callejeros pasajeros. La posición de la AFL-CIO corresponde a una evolución muy importante del movimiento obrero internacional pues la globalización no es un privilegio del capital solamente.

Es bueno que se reflexione seriamente sobre el peligro de formar un amplio frente de fuerzas latinoamericanas y del Tercer Mundo por el trabajo esclavo, el trabajo infantil, la flexibilidad del trabajo, la desestrucción de la legislación del trabajo y los bajos y miserables salarios que se pagan en nuestra región. Todo esto en nombre de nuestra competitividad en el comercio mundial. Esto es ridículo cuando los países más competitivos en el mercado mundial pagan los más altos salarios del mundo. Este camino es la vía más rápida para conservar y profundizar nuestra miseria y nuestro atraso.


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