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Sección: Bitblioteca
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Del anti-antichavismo y otras tentaciones El Nacional, domingo 25 de febrero de 2001 La foto fija de llegada al final de esta etapa de la historia que hoy vivimos, no será en blanco y negro. La esperanza cultivada con similar pasión por empecinados militantes de uno y otro bando de que el país se dividiera agria, mansa y dócilmente entre dos bloques excluyentes, chavistas y antichavistas, va siendo disuelta por las señales o, digamos mejor, por las metástasis de la realidad. Al comienzo, y a la manera del famoso referéndum por la Constituyente, todo parecía estar claramente delimitado, caricaturesco casi. Si o no. Todo o nada. Según fuera el cristal frente a los ojos, malos muy malos de un lado, buenos muy buenos del otro. Se acusan mutuamente: solo bárbaros intoxicados de ideologías posmarxistas, de un lado. Sólo miembros de las cúpulas podridas, deudos de la cuarta república, del otro. Como si no hubiera más. Revolucionarios bolivarianos que, como el Che, miran al futuro desde el cielo de sus boinas, guiados por los principios luminosos del árbol de las tres raíces, a la izquierda. Gente nice, brillantes analistas y ejecutivos, venezolanos bien alimentados y vestidos, incapaces de lanzar un papelito al piso mientras protestan sudando gotas de Kenzo por las calles del centro de Caracas para impedir que se metan con sus hijos, a la derecha. Pero la vida real, salvo cuando es puesta en orden por la vigilancia de las armas, y ese no es precisamente el caso de Venezuela hoy, no soporta una cartografía tan precisa, tan exageradas acumulaciones de certezas. Y rápidamente, como para que no olvidemos en qué lugar del mundo estamos actuando, regresa, con su carga de opciones, desacuerdos, intereses e ideologías, a recordarnos que junto al blanco y negro existen los grises y otras tonalidades, eso que llaman matices, y que gracias a ellos nos liberamos de los corsés con los que siempre alguien intenta someter a la realidad. Miremos por ejemplo la historia reciente del bloque en el poder. Como racimos maduros, en lo que va de gobierno triunfante, por los menos seis diásporas se han producido. La primera, previsible, la protagonizaron Olavarría y otros «notables» acostumbrados a ser oposición incluso de ellos mismos. Siguió la de los «civilistas», como Combellas y Escarrá, no acostumbrados a jugar las «paradas» de la política criolla, siempre tentada a alejarse de los principios de la legalidad constitucional. Vino luego la de los compañeros de armas del 4F Arias, Urdaneta y Acosta, arruinando por ahora la posibilidad de encargar a un buen muralista el fresco cívico del juramento bajo el samán. Más tarde, la del PPT, primera lesión partidista y titubeante historia de infidelidades en el seno del Polo Patriótico. Y ahora, hecha visible a propósito del proyecto educativo y de las acusaciones de conserjes y borregos, la no menos incómoda amenaza de adiós del MAS, siempre al borde, siempre a punto de, siempre con tensión de final de capítulo de telenovela. Eso, sin dejar fuera una de las despedidas más significativas, la que provino desde los más extremos bordes de la izquierda radical, de los viejos compañeros de conspiración e inspiración ideológica del MBR-200, que, como Douglas Bravo y otros ex perrevistas, han sido dejados por el autobús bolivariano, al que ahora miran desde lejos presagiando en su estela de humo un inevitable destino neoliberal. Pero que nadie celebre todavía, porque lo mismo está ocurriendo en el territorio de lo que genéricamente se puede llamar «la oposición» o, para ser más precisos, las oposiciones, una vez que un cierto tipo de antichavismo, el más conservador y clasista, ha comenzado a dar pruebas de desesperación. Ahora, lo que desde afuera tendía a verse como un bloque, comienza a percibirse como lo que realmente es: una colcha de intereses asociados coyunturalmente, pero sin un proyecto común. Una cosa es contemplar, por ejemplo, a Eduardo Fernández buscando apoyo en Estados Unidos para sacar «democráticamente» a Chávez del Gobierno, o a Heydra y a Pérez haciendo de nuevas Casandras del golpismo militar, y otra muy diferente escuchar voces como la del inquieto y agudo Paco Vera, o la de dirigentes regionales de partidos y organizaciones civiles, haciendo causa de fe en la necesidad de que el Presidente termine democráticamente su gestión y se someta posteriormente al voto popular. Una cosa es cuestionar al Presidente, como lo han hecho algunos de los protagonistas de sus diásporas y otros opositores, por incumplir con sus propuestas de promover una democracia participativa, o por poner en riesgo el proceso de cambio cada vez que se deja envolver en el narcisismo mesiánico de su propio discurso, y otra intentar hacerlo culpable de todos los males que padece, padeció o padecerá la República, y repartir pantaletas, incendiar los liceos o susurrar socarronamente en los cuarteles. Poco a poco, a medida que avanza el proceso y los actores van dejando ver sus cartas ocultas, nuevas sensibilidades, expectativas y bocetos de proyectos van saliendo a la escena. Negados a ser sometidos al rito infantil de ¿a quién quieres más, a tu papá o a tu mamá?, muchos venezolanos comienzan a hartarse de la discusión monotemática e irresoluble entre chavismo y antichavismo. Ya se avizora con claridad quiénes, en el campo de la política organizada, vendrán a sustituir los roles y oficios que en su mejor época cumplieran la democracia cristiana y los entes empresariales tradicionales. Pero todavía no aparecen la señales de algo equivalente a una izquierda o una socialdemocracia moderna, con sensibilidad popular y destrezas gubernamentales, ganada para las ideas del cambio que hoy, todavía, monopoliza como bandera y promesa el Presidente. Por lo pronto, como dice un cercano amigo, puesto a elegir entre el chavismo y el antichavismo, midiéndolo solamente por el grado de fastidio que comunicacionalmente generan, hay quienes se están preparando para organizar las filas del anti-antichavismo. Un proyecto revolucionario destinado a contribuir a liberarnos de las dos cadenas mediáticas a las que nos tiene sometido la actual polarización. Ya se sabe, no será en blanco y negro.
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