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Balance de fin de siglo

El Nacional, domingo 24 de diciembre de 2000

Me ubico entre quienes creen que el mundo que se rige por el calendario romano entrará esta noche definitivamente en el siglo XXI. El argumento de que es el último año de cada siglo el que le da a éste su numeración, me parece irrebatible. El 2000 será el último del XX, así como el 2100 será el final del XXI. Y aunque la discusión parezca frívola, la valoro porque expresa esa tan humana necesidad de darle sentido cronológico a nuestras vidas, estableciendo períodos y secuencias temporales que hagan inteligible la Historia y nos ayuden a entendernos.

Muchos venezolanos de nuestro tiempo, por ejemplo, crecimos con la certeza —acunada por Mariano Picón Salas— de que Venezuela entró al siglo XX con algo así como 36 años de retraso. Hasta entonces fuimos siglo XIX puro. Pero con la muerte de Gómez —que, como ocurrió con la de Franco en España, significó para el país el fin de su larga dictadura y de los tiempos de oscuridad—, Venezuela ¡por fin! habría logrado obtener la licencia civilizatoria para penetrar al siglo XX.

Al mirarla desde hoy —con la conciencia compartida de que el siglo XX no terminó representando para todos los países el espíritu civilizador, libertario, científico y racional que muchos optimistas le atribuían—, aquella sentencia puede interpretarse como inocentemente esperanzada. Estableciendo comparaciones entre países desarrollados y países periféricos, utilizando indicadores como democracia y bienestar económico, hurgando entre las cifras de pobreza y las de disfrute de derechos sociales, o simplemente viendo y escuchando los noticieros internacionales, puede uno concluir que, terminado el siglo XX, una buena parte de las naciones del mundo no sólo le llegaron tarde, como se supone que le ocurrió a Venezuela, sino que muchas ni tan siquiera pudieron dar unos cuantos pasos dentro de eso que espíritus ilustrados suponían su particularidad: el progreso infinito y la justicia inevitable.

Porque, a pesar de sus avances, ni el siglo fue tan bondadoso —no olvidar el fascismo y el estalinismo, las hambrunas africanas, las guerras de exterminio, Vietnam, la capa de ozono, Hiroshima, Chernobyl, Pinochet— ni el reparto de sus beneficios tan igualitario. El desplante pedagógico, que es como mejor se entiende la sentencia de Picón Salas, sirve sin embargo para remarcar entre nosotros la oposición entre civilización y barbarie, o entre democracia y oscurantismo, y se nos viene de nuevo a la memoria ahora cuando una nueva promesa —la de la sociedad de la información en un mundo globalizado— nos obliga a preguntarnos en qué punto de la cola estaremos al momento de tomar el avión que transporta al nuevo siglo desde la escalerilla de Internet.

Lo cierto es que, a pesar de que pudo haber sido de otro modo, de nuevo estaremos atrás. La curva siempre creciente con la que Venezuela pegó un acelerón civilizatorio a partir de los años 40 —esa manera tan rápida y efectiva que, con ayuda del petróleo, tuvimos para salir de las enfermedades endémicas, aumentar la esperanza de vida, ampliar las posibilidades educativas, mejorar la capacidad de consumo, crear un sistema de convivencia democrática, construir una de las ciudades más cosmopolitas y modernas de Sur América y dentro de ella la Ciudad Universitaria, entrar en el escenario de los grandes artistas del planeta—, se dio la vuelta, se estancó y comenzó a caer abruptamente en los años 80, hasta llevarnos en algunas áreas —valor real del salario, pobreza crítica, por ejemplo— a situaciones iguales o peores a las que vivíamos cuando este proceso de recuperación comenzó.

El balance del siglo es paradójico. De una parte es y será el testimonio de una nación que, en cuestión de décadas, logró demostrarse a sí misma que podía efectivamente salir del atraso político, la indigencia económica y la mengua cultural, para colocarse en el centro del diálogo esperanzador que se tejía en eso que, hasta bien entrados los 70, se llamaban «países en vías de desarrollo». De la otra, el mismo siglo, en su etapa final, es y será el testimonio, la prueba irrefutable de hasta dónde se puede degradar y devolver una nación, cuánto de su riqueza material y moral puede despilfarrarse patológicamente, precisamente porque sus dirigentes no lograron asentar sus avances en la cristalización de instituciones y en la construcción de una idea de futuro compartida con placer y con pasión por más o menos todos sus componentes.

El grito de guerra, el ¡por ahora! que tantos beneficios de imagen le ha traído a nuestro Presidente, es probablemente el mejor balance del fin de siglo, la mayor coincidencia entre un desplante individual y una profunda condición nacional. Venezuela, sin despreciar los avances ocurridos a partir de la transición medinista y la primera mitad de la democracia, es sobre todo un país «por ahora». Pero no en el sentido estratégico, en ese que anuncia que la batalla continúa, con el cual fue utilizado por el comandante en la mañana de su rendición. Venezuela es —y sigue siéndolo hasta que se demuestre fehacientemente lo contrario— un país «por ahora» en el sentido popular del «como vaya viniendo vamos viendo», o de la boutade cabrujiana de imaginar la nación como un campamento minero, y por tanto provisional.

Debajo de todas las buenas intenciones, el sentido de la emergencia, la penosa dificultad para imaginarnos actuando para cosas que se harán realidad después de nuestra muerte, la impaciencia para entender la continuidad de la existencia de los pueblos y de las instituciones, nos devuelven siempre, como a las botellas de los necios, a las prácticas del campamento.

Bajo el dintel que da acceso al XXI, se abren dos puertas. Una, la posibilidad de sacarle el máximo provecho a lo que con esfuerzo hemos logrado salvar, consolidar y prefigurar a partir de nuestra singular experiencia colectiva. Y, otra, la de volvernos a consumir, como en tantas oportunidades del siglo que se va, en lo que algunos analistas denominan «la falsa ilusión del neonatalismo». Una patología ideológica y gerencial que cree que todo nace con cada uno de nosotros, y que le ha sido muy costosa a empresas, gobiernos y naciones.

Ojalá y nadie tenga que escribir, allá por el 2050, que Venezuela está a punto de entrar al siglo XXI. Que no ocurra así, sería nuestro mejor y más estable regalo de Navidad.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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