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Comandante o celular

El Nacional domingo 20 de agosto de 2000


Hugo Chávez
Como en aquellas viejas películas donde el malo, cuchillo en mano, le espetaba a la víctima: «La bolsa o la vida», ahora es posible decir: «Comandante o celular». Porque podría uno concluir, sin temor a equivocarse, que desde hace por lo menos dos años las conversaciones cotidianas de un sector importante de eso que, por comodidad y a falta de otra clasificación, denominamos clases medias venezolanas, han quedado secuestradas por el Comandante-Presidente como tema único y por el del celular como su más cercana competencia.

En todo encuentro de esta clase, o se habla de Chávez o se habla del celular, pero es prácticamente imposible impedir que alguno de los dos aparezca en una conversación. Atrás quedaron temas como el de las trabajadoras domésticas, que tantos puntos de encuentro y angustias compartidas propiciaban en las conversaciones urbanas, fueran éstas oficiadas en la peluquería o en la sobremesa. Atrás también el de las computadoras, de las que algunos llegaron a conversar con las mismas quejas y pasiones que utilizaban para las domésticas.

Lo del Comandante es una agenda infinita y permanentemente reciclada. Apenas comienzan a agotarse los temas del «qué pena con los extranjeros», la amenaza del castrocomunismo o el sombrero de la primera dama, cuando de inmediato se pone en la mesa el de los abrazos con Hussein o Khadaffi, los chistes malos con los ministros en las cadenas televisivas, o el abuso histórico de interrumpir sin límites el sagrado ritual de las telenovelas.

La del servicio celular no lo es menos. De la queja por la señal que se interrumpe en el momento álgido de la conversación, o de la cuenta de fin de mes que excede lo que realmente se ha consumido, se pasa rápidamente a la de la voz del enano histérico que se atraviesa en medio de otra conversación, o a la del corte del servicio que, sin la consideración del aviso previo, se ejecuta sin benevolencia alguna cuando el usuario precisamente se encuentra en una hacienda, lejos de Caracas, donde el único medio de telecomunicación son precisamente las señales de Telcel o Movilnet.

Los venezolanos que reinciden obsesivamente en ambos temas han terminado adhiriéndose al estilo de algunos columnistas dominicales. Es decir, además de monotemáticos, abordan sus conversaciones —que me perdonen los bienhablados— con una ...ira desencajada. La diferencia estriba en que, en cuanto se refiere al Presidente, el conversador sabe que a pesar del agobio
Francisco_Arias_Cardenas
Francisco Arias Cárdenas
siempre podrá encontrar mecanismos, aunque sea imperfectos, pero efectivos, para expresar el descontento y drenar la rabia que lo acosa. Puede votar por Arias o por Fermín, escribir artículos pugnaces, conducir o escuchar programas de radio que dediquen buena parte del tiempo a atacar o burlar al Presidente. Puede mandar cartas a las secciones de lectores o agruparse en cualquier estrategia opositora de corto o mediano plazo. Puede, incluso, poner a circular improperios mantuanos en Internet, con la seguridad de que al final del día muchos los leerán; presentar, como Elías y Liliana, un amparo ante el Tribunal Supremo, y salir vencedor; o, por último, insultar a un amigo emeverrista o, en caso de no tenerlo, que tampoco es fácil, a un chavista light.

En cambio, en lo que al tema del celular se refiere, el conversador reincidente tiene el juego perdido desde el comienzo. Sabe que, no importa lo que haga —y a menos que tenga algún contacto directo con la alta gerencia de las empresas servidoras—, sus quejas, sus lamentos, sus incomodidades y hasta la sensación de ser permanentemente burlado, tendrá que tragarlos con amargura en la más absoluta soledad y la más contundente indefensión. Sabe además que, estando ubicadas estas compañías en el ranking de los mejores anunciantes, nunca escuchará animadores de radio o de TV fustigándolas sistemáticamente por la calidad de su servicios.

¿Cual tribunal podrá liberarlo de la carga de adrenalina que lo enferma después de tres viajes infructuosos a resolver el problema con su línea? ¿Qué recurso de amparo puede pedir por los daños causados por la suspensión impertinente de su servicio? ¿Quién le pagará el masaje o los whiskys para liberarse del estrés que le produce escuchar, cada vez que solicita sus mensajes, la voz que dice «la clave que introdujo no es correcta»? Si ni siquiera eso que llaman la sociedad civil logró llamar la más mínima atención aquella vez que se convocó a un paro de celulares para solicitar la aplicación, como en otros países, de las tarifas planas.

Lo único que le queda como compensación a nuestro personaje es el sacrosanto derecho de rumiar su descontento en las conversaciones cotidianas y de compartir pequeños dramas como quien, en esa práctica tan venezolana, exhibe impúdicamente los síntomas de sus enfermedades en la antesala de la consulta médica.

Hablo del celular porque es el más obvio, y en este momento el que más euforia genera, entre todos los servicios prestados por empresas privadas en nuestro país. Pero lo mismo vale para cualquier otro renglón. Para las colas de hora y media invertidas en hacer una modesta gestión en el banco, para los cajeros automáticos que ofrecen mucho en las propagandas y niegan todo en sus taquillas, para los servicios de TV por suscripción que prometen asistencia técnica y tardan meses en aparecer, y sobre todo para las empresas de transporte aéreo, acostumbradas a decirnos, sin presentar excusas, «lo lamentamos, pero no hay cupo en el avión para el que usted con prudente anticipación había reservado hace muchos días».

Lo curioso en estos casos es que la mayoría de los usuarios no oponen resistencia. Los mismos venezolanos, clase media incluida, que han desarrollado una cierta capacidad para estar alerta y enfrentarse a los desmanes del poder público, se comportan como sumisas ovejas ante los abusos del poder privado. La capacidad para expresar y hasta organizar el descontento ante la impunidad, la lenidad y la violación de leyes y derechos públicos, desaparece ante la violación de los derechos adquiridos en calidad de clientes.

Si la noción de ciudadano, en su sentido más complejo, ha logrado paulatinamente ser incorporada a nuestra subjetividad, la de consumidor con sus derechos —tan importante en una economía de mercado como la de ciudadano— parece en cambio carecer de vigencia alguna. Se intuye que en la impotencia resignada ante los desmanes de estos servicios se oculta otro tipo de indefensión, aquella que vivimos ante el sector privado que incumple reglas básicas de juego, a la que habrá que entrarle con el mismo entusiasmo con el que —se supone— lo estamos haciendo para frenar las violaciones de los derechos humanos, las del sistema electoral o las de los principios democráticos. Ni la bolsa ni la vida.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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