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Imágenes convexas
El Nacional, domingo 8 de julio de 2001 Dos artistas plásticos llegan al mismo tiempo a Venezuela. Uno es peruano pero viene de Suiza, donde fue a dar hace largo tiempo, convencido de que sus años de trabajo cultural entre los indígenas de Ayacucho, bajo el régimen «revolucionario» de Velazco Alvarado, no habían sido otra cosa que una manera ilusa de apoyar un proyecto que mal terminó por personalista y autoritario. El otro es cubano pero viene de Estados Unidos, en donde vive desde hace casi una década en un arreglo con el régimen de Fidel, que le permite, suponemos que bajo una cierta cuota tácita de silencio y neutralidad, desarrollar su trabajo creativo en el país del Norte, ayudar legalmente a su familia, que ha dejado en la isla, y retornar muy de vez en cuando a disfrutar de sus aires tropicales. Una vez en Caracas, ambos se conocen e intercambian historias, opiniones, sensaciones. Han visitado Venezuela en varias oportunidades, pero esta vez vienen inquietos por la carga de informaciones contradictorias que sobre el país circulan en el extranjero. No son conversos, conocen las desviaciones totalitarias de algunos procesos con pretensiones revolucionarias en América Latina, pero se colocan en un territorio más cercano a lo que se considera «progresista» que a las derechas modernas del subcontinente. Sin embargo, al primer encuentro, dos cosas les han impresionado visiblemente. Una cadena de Chávez, y el número de policías secretos que según ellos vigilan algunos de los espacios públicos donde estuvieron. De lo primero, la alocución de Chávez, muestran un juicio que oscila entre la sorpresa, la diversión y el temor. Como artistas que son, encuentran en los desplantes mediáticos del mandatario un hecho exótico, una curiosa anacronía, un espectáculo, mezcla de telegenia y folclore, de pospolítica rural, que algún día pasará a formar parte de alguna instalación multimedia dedicada a indagar en el alma secreta del caudillo latinoamericano. Pero como ciudadanos, lo confiesan con sinceridad, se asustan, no entienden cómo se puede convivir en una sociedad democrática con tanto abuso horario y tantas amenazas juntas. De lo segundo, en cambio, hablan con absoluta propiedad. Les advierto que su apreciación me parece un exabrupto, que en el país no hay un solo preso político, existen varios partidos y la gente protesta en la calle libremente. Pero uno de ellos, como quien alerta a un amigo contra una enfermedad contagiosa que se acerca, insiste en su hipótesis. «Yo los reconozco a leguas. Son iguales en todas partes, miran de la misma manera, simulan leer una revista, ponen la misma cara de tontos, y aquí están por todos lados, como en lo tiempos de Fujimori. Ustedes están rodeados y no se han dado cuenta». Le digo que me parece una exageración, que desde adentro no percibimos lo mismo, pero que igual estaremos cada vez más atentos. IIEs domingo 1° de julio y los dos artistas plásticos se confunden entre la muchedumbre que inunda con aliento festivo las salas de la Galería de Arte Nacional, los jardines del Museo de Bellas Artes, los alrededores de la plaza Morelos, el parque Los Caobos y el Gran Salón del hotel Caracas Hilton. Ahora el proceso es inverso: ambos quedan deslumbrados con la obra de Armando Reverón. Se han encontrado en la GAN con una exposición que reúne sus pinturas, muñecas y objetos, y que igual conmociona a los conocedores locales. Ya no guardan duda alguna de por qué a este otro genio venezolano, que no fue ni gramático ni guerrero, que se encerró en una barraca de Macuto para crear con libertad, lo esperan con la puertas abiertas en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. En el mismo escenario se encuentran con la segunda edición del Salón de Arte Popular de la Fundación Bigott. Se trata de una diversidad de tallas, pinturas y ensamblajes, hechas en su mayoría por artistas del interior del país, autodidactas, muchos de ellos trabajadores del campo o pescadores, señoras de su casa, que hace 15 ó 20 años apenas sí eran conocidos y valorados por una minoría de coleccionistas y especialistas, y que hoy, gracias a una larga saga de políticas públicas y privadas, han encontrado un merecido lugar. Se divierten hasta la risa con algunas propuestas de mujeres voladoras, bares alucinados o imágenes religiosas descabelladas, y salen a continuar el recorrido. Al lado, en el jardín del museo, sobre la bóveda verde que forman los árboles de inmenso tamaño, flota en el aire una silla colocada al final de una escalera de madera. Se trata de una escultura de un artista norteamericano. La obra se titula The dream keeper, «El guardián de sueños», y sirve de abreboca para un conjunto de proposiciones plásticas que conforman sólo una pequeña parte de la IV edición de la Bienal Barro de América, que también se realiza en seis sedes más. Lo que está ocurriendo en estos espacios es verdaderamente una fiesta. Gente de todas las clases y orígenes, profesores de liceo y coleccionistas, especialistas y familias de aficionados, se confunden mientras miran pasar, a un costado del parque Los Caobos, la marcha del orgullo homosexual, una extraña muestra, parecida a un carnaval brasileño empobrecido. Sin embargo, nadie los molesta, los perturba o los apalea como en Croacia. El soberano está en la calle. Esta vez, una parte del soberano gay. IIIAhora los artistas plásticos están entusiasmados. Se sienten en una gran ciudad y un gran país. Han olvidado el tema de los espías. Han dejado atrás el susto que durante varias horas les metió el Presidente. Se preguntan, confundidos, por la situación real de este país. Lo que han visto no es exactamente la imagen que trasmiten los noticieros internacionales, ni la que comunica Chávez. Luego se van al frente, a pocos metros, a las salas del Caracas Hilton en donde está la Feria Iberoamericana del Arte, y donde un grupo de artistas outsiders han tomado espacios para hacer sus instalaciones independientes. La libertad es el signo. La ciudad y el país son varios mundos que se encuentran, se desconocen o se repelen entre sí. Los invitados lo presienten y se van de Venezuela con la sensación de no saber cuál realidad es más real. En todo caso, intuyen que lo que aquí ocurre se parece más un forcejeo que a un golpe seco en el que un mundo aplasta a otro que no puede responder. No saben cuál imagen terminará por reinar. No imaginan tampoco que la misma confusión nos invade, a veces, a quienes aquí vivimos en medio de tantos escenarios sobrepuestos.
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