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Compañías críticas

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional domingo 23 de enero de 2000

El presidente Chávez ha decidido correr el riesgo de ser comparado en el futuro, en lo que a sensibilidad frente a las informaciones y opiniones de prensa se refiere, con las gestiones de Jaime Lusinchi y del segundo gobierno de Caldera.

Lusinchi pasará a la historia local de las comunicaciones por su famosa agresión a un periodista con la elegante frase de «Tú a mi no me j....». Y Caldera será recordado por el desespero de su equipo en intentar imponer a los demás gobernantes iberoamericanos las tesis de la información veraz. También, por la cruzada emprendida por algunos de sus ministros, que exhortaban a los anunciantes privados para que ejercieran su poder controlando, a fuerza de anuncios más o anuncios menos, los desmanes de los medios nacionales. Chávez podría comenzar a ser recordado por la pasión desenfrenada de enfrentar con nombre propio y azotar sin mediación a los diarios, periodistas y articulistas que hacen circular informaciones a su juicio deformes o interesadas.

Al presidente Chávez —no por casualidad un gran oficiante de la comunicación mediática— la prensa definitivamente le preocupa. Por eso, con mucha frecuencia, en su periódica práctica de responder las opiniones adversas, se encarga él mismo de multiplicar por mil los alcances de un artículo o de una opinión que en otro caso hubiesen pasado desapercibidos.

Pero el Presidente lo hace porque sabe que uno de sus fuertes comunicacionales es la contienda con adversarios de buena talla. Por eso caza duras batallas de opinión, con vehemencia mayor entre más jerarquía y prestigio tenga el oponente. Sabe que tiene de su parte el mecanismo de la descalificación del otro, apelando a un recurso pícaro y burlón que forma parte de la tradición coloquial del pueblo venezolano, que encontró siempre en la mofa uno de los mejores caminos para derrotar, aunque fuera simbólicamente, al Poder y combatir la exclusión.

Una de las ventajas con que el Presidente cuenta en este terreno es la rabia y el desencanto que las mayorías nacionales sienten por quienes nos gobernaron hasta hace muy poco. Ese es el principal combustible para su ejercicio de desprecios, rechazos y descalificaciones. Como en la lucha libre, el público pide sangre —la de los malos, por supuesto—, y el héroe se las ofrece a través de imágenes, parábolas, metáforas y alegorías de altísima efectividad comunicacional. Allí están, listas para un semiólogo, sus creaciones, que van desde la figura del plomo cerrado en el debate Constituyente, hasta las invocaciones bíblicas a la figura del demonio como cualidad del enemigo, pasando por la inolvidable construcción de los calderos para freír corruptos.

Lo que el Presidente probablemente no haya percibido es que algunos recursos retóricos sufren progresivos desgastes cuando se les utiliza de manera indiscriminada y cuando se ejercitan sin base cierta en la realidad. Por ejemplo, una cosa es confrontar la ira de la oposición palabrera, que ha intentando convertir el alud de Vargas en vulgar campaña de oposición, y otra cosa, muy distinta, hacerlo con las informaciones que Vanessa Davies y otros periodistas y asociaciones civiles han venido manejando en torno al tema de la violación de los derechos humanos por parte de las fuerzas de seguridad en los días posteriores a la tragedia.

Descalificar a cualquiera que tenga objeciones a una determinada gestión gubernamental, con el mote de puntofijista o cualquier otra argumentación similar, constituye, primero, un acto de profundos peligros para la democracia, y, segundo, una desconsideración con el oponente, que adicionalmente, cuando en verdad no responde al insulto, le resta credibilidad al Presidente y asegura el camino hacia el desgaste de dicho recurso comunicacional.

La democracia verdadera, lo sabemos todos, tiene como exigencia fundamental la participación ciudadana. Y la participación, para que no sea simulacro ni trabajo forzoso, se sustenta en la crítica: ésa es su fuerza y su motor de crecimiento. La crítica, además, no es siempre un acto de oposición política. Por el contrario, ella se torna más meritoria aún cuando se hace, con valentía, entre gentes que participan de un mismo propósito.

Y eso es lo que se detecta con claridad tanto en los gestos de Vanessa Davies como en los de otros periodistas y activistas de los derechos humanos, que al emitir sus juicios no ocultan sus simpatías por el proceso político de cambio liderado, aún sin rostro definitivo, por el presidente Chávez. De allí su doble valor.

Quienes conocemos la trayectoria de buena parte de los defensores de los derechos humanos que han opinado sobre el tema, sabemos con certeza absoluta que su posición ha sido la misma en situaciones y regímenes muy diversos. Que igual pelearon por que se hiciera justicia en el caso de El Amparo, cuando Lusinchi; en el 27 de febrero, cuando Pérez, y en tantos otros hechos similares. Allí están sus resultados: juicios ganados en cortes internacionales, familias indemnizadas, policías y militares presos, pagando sus culpas, y un indudable cambio que venimos percibiendo desde hace años en la actitud de los uniformados hacia la población civil.

Una cosa es que el Presidente intente enfrentar y desmontar el uso chantajista e interesado en el que algunos medios efectivamente suelen incurrir, y otra, muy distinta, condenar y responder a priori, siempre a la defensiva y también chantajistamente, a toda crítica, denuncia o simple duda hecha con absoluta legitimidad, ya sea por un periodista o por una organización civil.

Por esa vía, y en muy breve plazo, los gobernantes terminan ya asfixiando a la sociedad en su conjunto, que adquiere temor de expresar sus opiniones ante tan poderoso e implacable contendor, ya alejando de su lado a aliados y simpatizantes que comienzan a desilusionarse al ver que de nuevo se repiten las acciones y los estilos intolerantes que se suponía los nuevos gobernantes iban a desterrar.

El gesto de Vanessa y escritos como «¿Compañero presidente?», de Lilian Blazer —El Nacional, 19/01/00—, son señales visibles de un síntoma que el Presidente y su equipo deben tomar en cuenta si no quieren comenzar a distanciarse de la población. El hecho de que ahora en adelante, una vez que se ha consumado la derrota del viejo poder, comenzarán a multiplicarse señalamientos críticos y disensos que provienen no de las «cúpulas podridas», sino de sectores comprometidos con el cambio, pero negados a pagarlo al precio de la democracia. Son, por ahora, útiles e indispensables compañías críticas. Hasta nuevo aviso.


Tulio Hernández en La BitBlioteca



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