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Escalofríos

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional, domingo 11 de julio de 1999

Jesús Martín Barbero, el conocido investigador de la cultura y la comunicación, de origen colombiano-español, ha relatado varias veces, primero como anécdota verbal, después como texto escrito, una pequeña historia que luego he encontrado reseñada en lugares tan diversos como un libro de Armand Matelart, titulado Repensar los medios y, más tarde, de labios de la estudiosa argentina Silvia Oroz, mientras hacia una exposición sobre el melodrama en América Latina.

La historia ocurre en Cali, hace ya unos cuantos años. Barbero y un grupo de sus estudiantes de la Universidad del Valle deciden realizar un trabajo de campo, un registro etnográfico, dentro de un programa de investigación sobre la manera como los públicos consumen los mensajes de la industria cultural. Con ese propósito, asisten en grupo a una sala de cine popular y escogen una película mexicana que, si mal no recuerdo, se llama La mujer del puerto. Un melodrama lacrimoso que cuenta la historia, más o menos retorcida, más o menos incestuosa, de dos hermanos separados al nacer, y que termina con el suicidio de la protagonista, que se lanza al mar.

Mientras la película avanza, el grupo de observadores comienzan a reír a carcajadas de lo cursi y maniqueo que, a su entender, y de acuerdo a sus tradiciones culturales, les resultaban los parlamentos, las actuaciones y las situaciones del film. Se suceden varias protestas por parte del resto de los espectadores, hasta que uno de ellos llama la atención del profesor, tocándole el hombro. El profesor voltea y encuentra ante su cara la de otro hombre, ya entrado en años, que, con lágrimas en los ojos, prácticamente suplica: «Por favor, le agradezco que no se burlen del dolor ajeno».

Martín Barbero, que hasta el momento disfrutaba tanto como sus alumnos, divirtiéndose con lo que ocurría en la pantalla, y que no podía imaginar que hubiese en la sala otra gente con actitud distinta frente al film, dice que además de vergüenza sintió de inmediato lo que él mismo denominó un «escalofrío epistemológico». Es decir, y le ruego al lector que nos perdone el uso de estas malas palabras, un escalofrío proveniente de comprender, de improviso, que lo que veían la mayoría de los pobladores de Cali, de origen popular y nivel educativo medio, que estaban en aquella sala, era una cosa absolutamente distinta a la que él y su grupo de alumnos estaban consumiendo.

La conclusión fue inmediata: un mismo producto tenía un significado absolutamente distinto para dos grupos humanos diferenciados por la pertenencia de clase o el nivel educativo. Lo que el grupo de universitarios veía y sentía no tenía nada que ver, no hallaba ningún punto de encuentro posible con lo que veían y sentían la mayor parte de los asistentes a la sala. Y, sin embargo, era a aquéllos, a los universitarios, a quienes en el futuro les correspondería hablar en nombre de los segundos, describir sus deseos y necesidades, e incluso intentar protegerlos de los efectos perniciosos que los medios, en su conjunto, producían sobre el pueblo que los contemplaba con entrega.

Barbero jura que desde ese día puso en duda todos sus conocimientos y teorías anteriores, especialmente aquéllos provenientes de la llamada teoría crítica de la comunicación, que siempre hablaba en nombre del pueblo y de la razón. Comenzó a incursionar en formas nuevas de entender qué es lo que la gente realmente hace con los medios y las informaciones que consume, y a tener un poco más de humildad a la hora de fijar posiciones, de hablar por los demás. La gente, escribiría un tiempo después, invierte deseos y obtiene placer de su relación con los medios; si ese intercambio no es reconocido, apenas estamos conociendo una parte del proceso.

Traigo esta historia a colación porque tengo la sospecha de que algo semejante tendrá que ocurrirle, una tarde de cine cualquiera, al sistema de medios venezolanos, a los estudiosos de la opinión pública y, por qué no, a los investigadores sociales de nuestras universidades, si no encontramos una manera más efectiva -generosa, también se podría decir- de entender qué película están viendo los diversos grupos de espectadores de esta sala llamada país.

Es como si el arsenal ético y conceptual anterior, tan anunciado en su declive, ahora sí hubiese comenzado a hacer agua definitivamente. Tomemos por caso las encuestas. Siempre hemos tenido reservas frente a ellas. Es verdad que muchas son efectivamente manipuladas, y otras, convertidas en instrumentos de campaña, pero siempre algunas retrataban una imagen más o menos cercana de lo que iba a ocurrir. Sin embargo, para la última elección, la de la ANC, prácticamente ninguna de las más prestigiosas logró ofrecernos ni una remota idea de lo que en definitiva ocurrió. En apariencia, tampoco fueron usadas como instrumento de campaña: el sesgo está en otro lugar.

Lo mismo ocurre con eso que llaman, en el argot, «olfato político». Que un gobernador de un pequeño estado como Apure, sin mayor complejidad en su estructura demográfica, cultural o de clase, ponga en oferta su cargo con la certeza de que va a resultar electo a la ANC, y no lo logre, es como para interrogarse seriamente sobre sus sistemas de información. O con los medios: que los viejos voceros que el país comenzó a castigar electoralmente tengan tan alta frecuencia de aparición, es por lo menos sospechoso de su capacidad para expresar lo que realmente ocurre.

Podría ser que una porción del país se esté volviendo impredecible, que la realidad en tiempos de cambio no ceda ante ningún instrumento de conocimiento o control, o, simplemente, que nos habíamos distanciado tanto que ahora sólo atisbamos a ver a los otros cuando su peso se viene como una tromba por algún reclamo o algún guiño de la realidad. En algún lugar se cocinan esperanzas; en otros, monstruos y resentimientos. Escalofrío epistemológico, lo llamó nuestro amigo Jesús Martín.



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