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Limonada

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional, domingo 1º de agosto de 1999

Fue Edgar Morin, el sociólogo francés autor de Para salir del siglo XX, quien escribió que los países comunistas eran algo así como una larga hilera de hombres y mujeres tomando agua a las orilla del mar y repitiendo entre uno y otro trago: «Esto no es agua salda, esto es limonada; esto no es agua salada, esto es limonada».

La imagen siempre me resultó, además de dramática y cruel, luminosa, teniendo en cuenta que Morin la escribió cuando el bloque socialista aún no se había desmoronado. La frase ha regresado ahora a mi memoria, cuando veo el nuevo panorama político, el relevo de actores, la desaparición de los viejos y tradicionales rostros que hasta hace muy poco habían copado el escenario político de la Nación.

Uno se pregunta, hasta con cierta desconfianza, ¿cómo ocurrió esto? ¿De qué manera el diestro, veterano y efectivo aparato electoral que era Acción Democrática pudo quebrarse de modo tan contundente como para dar paso, casi sin resistencia alguna en esta última confrontación, a la nueva camada de representantes populares en la más alta instancia legislativa de la Nación?

Quienes nacimos más o menos al mismo tiempo que la democracia, y tenemos algo más de 40 años viendo y escuchando los mismos rostros monopolizando el poder, nos pellizcamos fuertemente para comprobar que no estamos soñando. ¿Será cierto que vamos a tener un país sin la mirada enigmática de Alfaro como magno decisor de cuanto ocurra? ¿Será verdad que no tendremos que soportar más los gritos arrogantes de Morales Bello ni la pastosas palabrotas de Jaime Lusinchi? ¿Qué nos liberaremos para siempre del ritual de las romerías y de los saludos de «hermano querido» con fuerte manotazo en la espalda? ¿Cómo sucedió?

Tiene que ver con la limonada de Morin. Al igual que le ocurrió a algunos animales prehistóricos, los adecos, más los copeyanos, y junto a ellos la mayoría de nuestras élites, ni quisieron oir ni entendieron los mensajes, las señales evidentes —groseras, podríamos decir— que la realidad venezolana les enviaba con suma frecuencia e intensidad. Sedados por el poder, adormecidos por la impunidad y ebrios de la confianza excesiva en el diestro manejo de los hilos secretos del país, creyeron que cada uno de los temporales a los que se veían sometidos no eran más que lluvias que pronto escamparían.

Cada vez que alguien cercano les hacía advertencias sobre lo que estaba ocurriendo, o los llamaba a tomarse el destino de la Nación en serio, a conferirle al ejercicio del poder la dignidad y la inmensa dosis de responsabilidad social que éste conlleva, desde algún lugar de sus cerebros dirigentes, una sola frase, acompañada de una prepotente mueca de fastidio, brotaba en toda su intensidad: «¡Te vas a poner con esa vaina, chico!».

La ira colectiva del 27 de febrero no era ira, era limonada. El rostro desalmado de la pobreza creciente no era desalmado, era limonada. Limonada, las advertencias que a tiempo hiciera Pérez Alfonso, en medio del festín consumista. Limonada, como para no tomársela en serio, las demandas populares de reforma de la Constitución. Limonada, el odio a la corrupción. Limonada, también, el efecto democratizador de la elección directa, no desde el CEN, de alcaldes y gobernadores. Y limonada, por último, la elección de ciudadanos independientes como miembros principales en las mesas electorales y la compra de las máquinas que automatizaban el proceso. Pura limonada.

Entonces, se indigestaron. No se puede tomar tanta limonada, durante tantos años, impunemente. Y un día 25 de julio de 1999, por primera vez desde el 23 de enero de 1958, quedaron absolutamente borrados por una elección popular. O, para ser justos, lograron colocar sólo una muestra, un constituyentista de Nueva Esparta, algo así como el testimonio de una especie en extinción. Y, lo que es peor, tuvieron que presenciar, como una bofetada, que el más exitoso entre todos los elegidos fuera de la chuleta del Polo Patriótico haya sido precisamente alguien, Claudio Fermín, a quien habían echado de sus filas y que la Nación premiaba otorgándole ahora una altísima votación.

Pero no nos hagamos ilusiones. Las cosas todavía no han cambiado drásticamente. La vocación de no entender las señales, de no comulgar con lo que realmente ocurre allá afuera, sigue con vida entre algunas élites. Basta leer los artículos o escuchar las declaraciones recientes de muchos protagonistas del poder desplazado, y de un número igual de sus escribidores y sacerdotes ideológicos (o de quienes han terminado siéndolo a fuerza de subestimar, desconocer o despachar prejuiciadamente, sin permitirse una sola duda, el cambió que se inició), para comprender que ellos, a contracorriente de sus reconocidas inteligencias, también toman sus buches de la nueva realidad política y dicen entre uno y otro: «Esto en verdad no está sucediendo, esto en verdad no está sucediendo».

Arriban a conclusiones curiosas, como ésa de demostrar numéricamente que los resultados del domingo pasado son la prueba del fracaso de Chávez y la evidencia definitiva de la erosión de sus bases de apoyo y del comienzo de su fin. Suponen que estamos a punto de perder una vida civilizada, democrática, moderna y libre, que, en sentido estricto, si miramos la experiencia diaria de nuestras mayorías, sólo existe en sus mentes o para una muy pequeña minoría. Y, lo más grave, siguen empeñados en defender una idea de la democracia en la que privilegian sólo los derechos electorales y de expresión, junto con el orden jurídico institucional, pero descuidan en cambio todo aquello que tiene que ver con el sufrimiento del gente, con la pérdida de la dignidad, con la ausencia de futuro.

Es como para preocuparse. Si los contundentes datos de la realidad no nos sirven para intentar comprender, más allá de los prejuicios y los pequeños o grandes privilegios de clase, lo que verdaderamente nos ha ocurrido, es de prever que la única oposición efectiva —es decir, con apoyo popular—, el único marcaje político que va a encontrar el Presidente en su fulgurante y personal convicción, será aquél que ya ha comenzado a surgir en el propio seno del Polo Patriótico, a partir de los constituyentistas que han hecho público voto de fe en defensa de la democracia. En otros frentes parece haber todavía grandes dificultades para reconocer el agua salada.


El 27 de Febrero en La BitBlioteca
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