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Sección: Bitblioteca
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Linchadores El Nacional, domingo 2 de junio de 2000 «Es, ante todo, una linchadora; una hembrista linchadora». La sentencia es de Roldán Esteva, amigo, estudioso de las artes y autor de libros de nombres tan sugerentes como ¡Desnudos no, por favor! Se la escuché mientras conversábamos acerca de ese curioso engendro televisivo llamado Laura Bozzo, la conductora del programa Laura de América. Para el momento yo suponía que, después de tanto revuelo y tantos artículos de opinión fustigando el personaje y su programa, nada nuevo se podría agregar. Pero la frase de Roldán se convirtió en algo así como un detonante y en la prueba fehaciente de que en asuntos del carnaval de la desdicha es mucho todavía lo que queda por decir. La idea me parece contundente. Quién haya tenido oportunidad de ver uno de estos programas, al menos en los seleccionados para su transmisión en Venezuela, encontrará que uno de los mecanismos más frecuentes a los que recurre su animadora es el de promover entre las supuestas víctimas generalmente mujeres y entre el público asistente al estudio, un sentimiento furibundo y catártico de hacer justicia, castigar sería el término correcto con su propias manos a los hombres supuestamente responsables de los abusos allí debatidos. Por eso el programa alcanza su clímax cuando los participantes, como pobres que son, es decir, como cuasi animales colocados al margen de los sistemas ordinarios de justicia ese parece ser el mensaje subliminal, se golpean entre sí, tratando de ejecutar el castigo merecido, hasta que, a una señal de la conductora, unos guardias más o menos entrenados para el caso intervienen y restauran el orden en el estudio. Lo de conductora es sólo un término para salir del paso. Porque con la peruana exaltada, la noción de moderadora llegó a su fin. No intenta ella oficiar de equilibrado juez que escucha con cuidado a las partes, como en Justicia para Todos y otros programas venezolanos con más o menos la misma factura de participación popular. Tampoco intenta ejercer de facilitadora moral, como lo hace la otra dama del rating latino, Crsitina Saralegui, cuando aborda temas escabrosos. Su oficio es precisamente todo lo contrario: hacer de provocadora, fijar posición desde el principio, promover la condena de alguien que ya está o llegará al plató, y, por último, conducir el motín; convertirse en la lideresa circunstancial de un público que dentro o fuera del estudio respira impotencia, jadea resentimiento y destila desesperación. Ella, desde el Olimpo electrónico, le ofrece una efímera pero contundente válvula de escape. Pero el arte de la provocación en Laura Bozzo no está basado en la agudeza, el desparpajo o la revelación de hechos ocultos para el público, tal como lo han cultivado los grandes entrevistadores de TV. Tampoco está en un cierto exhibicionismo erótico o en desplantes y escándalos de la vida personal, como la han cultivado tantas divas del star system mundial. Su estrategia de provocación y es allí donde el dato cobra importancia para entender lo dramático de los conflictos sociales de algunas naciones latinoamericanas se sustenta, primero, en la exhibición impúdica de la pobreza llevada a su caricaturización extrema y, luego, en la posibilidad de propiciar aunque sea un simulacro de acceso a la justicia ordinaria, que la sociedad le niega a un amplio sector de la población. De allí proviene su fuerza, y también su peligrosidad. Laura de América no puede ser visto como un fenómeno aislado. Tampoco como una mera circunstancia de la desesperación de los empresarios televisivos que, a la manera de The Truman Show, son capaces de cualquier cosa para atrapar un mercado muy volátil. El talk show responde, en primer lugar, a una tradición de cierta escuela de la televisión peruana que, a diferencia del resto de las televisiones latinoamericanas, hechas de rostros e imágenes de la clases altas y medias una televisión-vidriera, ha cultivado con esmero una televisión-espejo que algunos han considerado más sincera, de pobres para pobres, que incorpora y muestra a los desheredados de la tierra aun al precio de su burla, desprecio y humillación. Y, lo más importante, en segundo lugar, Laura... es el correlato en el espectáculo televisivo de lo que Fujimori y junto a él la amenaza de los nuevos populismos autoritarios en los países bolivarianos representa en el territorio del imaginario político. No porque su conductora sea una de las más públicas y reconocida aliadas del presidente peruano, cosa absolutamente secundaria. Sino porque el sustrato narrativo, la modalidad de acción y la retórica justificatoria de ambos son más o menos los mismos. Fujimori, bajo el argumento de enfrentar el horror de Sendero Luminoso y de reivindicar al pueblo execrado y humillado, se saltó los preceptos de la legalidad, controló groseramente los medios de comunicación, se ha disfrazado sistemáticamente de cholo y de indígena, oficiando un populismo ceremonial que hasta hace muy poco le dio grandes dividendos, y como compensación real ha invertido millones de dólares en programas clientelistas de asistencia social. Laura esboza el mismo plan. Cuando nos restriega a los venezolanos que más violentas son las 90 muertes de un fin de semana caraqueño que su programa; cuando le pide al público de Sábado Sensacional que se chotee a los periodistas unos intelectuales, dijo con asco inmenso, que le están cuestionando sus prácticas profesionales; cuando, con las piernas abiertas, la boca descosida y manoteando el aire, grita: «¡Yo trabajo para ellos (el público que está en las gradas), no para ustedes!», no está haciendo otra cosa que pidiendo algo así como: ¡linchen a esos periodistas! Son formas renovadas de actuar en nombre de una masa irredenta que, desasistida de toda Ley, expulsada eterna de la economía formal, huérfana de psiquiatras, maestros y sacerdotes, agotada de telenovelas, rancheras y boleros, y, sobre todo, convencida de la inevitabilidad del fracaso, aprende a disfrutar al máximo incluso de su propio linchamiento. Pareciera que a todo discurso obsesivo de justificación de cualquier acción en nombre de un beneficiario final, el pueblo, que no se base en una mejoría real de ese destinatario, le espera siempre un cruel distanciamiento con aquello que dice representar y un acercamiento inminente a las técnicas de Laura de América. Oportunas señales para los aprendices locales de linchadores y sus maestros indirectos.
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