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E pur si muove El Nacional domingo 12 de setiembre de 1999 El país se está moviendo. Hay espacio para todo. Igual para la incertidumbre que para la esperanza o el miedo. Incluso para el frenesí, la ira o el desprecio. También para la desesperación. Pero ya no queda lugar para el bostezo, la quietud, o cualquiera de las estrategias de amarga resignación con las que malvivíamos hasta hace muy poco, para tranquilidad de algunos y desgracia de muchos. Cualquiera que sea el resultado final del proceso que experimentamos ese que se inició en el momento cuando las encuestas del 98 comenzaron a anunciar que el país mayoritario, inteligentemente, deseaba apoyar, primero, a la ex miss Universo, y luego al comandante, lo cierto es que ya las cosas no volverán a ser más nunca como eran. No sabemos si resultarán mejores o peores, si nos devolverán al siglo XIX o nos catapultarán al XXI, pero las mismas no serán. Se movió tanto el país, que, de habernos convertido en una especie de nación segundona y abúlica, dirigida por un anciano venerable que nos hacía temer por su vida cada vez que aparecía ante las cámaras, y cuya presencia en los noticieros internacionales se había reducido a las escenas de presos incinerados en las cárceles o diputados propinándose puñetazos entre sí, hemos pasado a ser el centro de polémica y foco de atención sobre las posibilidades (o los límites y aberraciones, según sea la óptica) de nuestro futuro. Se habla de nuestra Venezuela, incluso en aquellos lugares donde se cree que somos un país asiático o vecinos de Chile. Y, además, para desgracia de quienes hubiesen preferido lo contrario, no hay acuerdo en las maneras de interpretar lo que ocurre entre nosotros. Una cosa, lo sabemos, pregona The New York Times, que encuentra en Chávez y su gobierno la mano oscura del demonio y la evidencia clara del fracaso latinoamericano, y otra, muy distinta, divulga el Washington Post, que se atreve a apostar que nuestro proceso no terminará en un gobierno militar. Igual que lo hace el Chase Manhattan Bank, al sugerir a sus clientes mantener las inversiones en Venezuela. Lo mismo ocurre entre los colombianos. Una cosa es la furia antichavista desatada por una revista seria como Semana, por cronistas como Antonio Caballero (quien despectivamente llega, incluso, a poner en duda si acaso existe o ha existido algo parecido a la «felicidad venezolana»), o por ex presidentes como Pastrana, y otra, la que con prudencia clara y contundencia poco común en un presidente de la OEA, declara César Gaviria (también ex presidente de Colombia), llamando a ser menos alarmistas, y señalando como exagerada la interpretación internacional de los riesgos que se corren en Venezuela. También las opiniones españolas se dividen. Mientras los editoriales de El Mundo y El País dibujan a Chávez como la versión contemporánea de Pinochet y Stroessner, Antonio Gala, desde las mismas páginas de El Mundo, y otros escritores de su talla, le recuerdan a Europa la dificultad que siempre ha tenido para comprender los procesos políticos de los países menos desarrollados, a la vez que convocan a esperar, antes de hacer juicios ligeros de una realidad tan lejana como desconocida para la mayoría de sus analistas. Pero la confusión y las opiniones encontradas, que no se dividen precisamente en blanco y negro, también reinan entre nosotros. Una cosa, por ejemplo, es leer un texto de Tarek Williams Saab o uno de Manuel Caballero, ubicados cada uno en aceras apasionadamente opuestas, y otra muy distinta hacerlo con uno de Rubén Monasterios en el que explica sin ambigüedades los aspectos en los cuales apoya y los puntos donde se distancia del proceso político liderizado por el presidente Chávez. Tampoco para suerte de los demócratas que apoyan críticamente el proceso de cambio y para desgracia del antichavismo visceral existen opiniones absolutamente armónicas y monolíticas dentro del bloque de Gobierno y entre sus más destacados protagonistas. Una cosa piensan, frente a la posible implantación de la pena de muerte, los jefes del alzamiento del 27 de noviembre, y otra, muy distinta y evidentemente progresista, los del 4 de febrero. Una cosa se cree en la gobernación de Lara sobre los linchamientos y el «derecho» de la policía a dejar morir a los delincuentes a manos de las turbas indignadas, y otra distinta se profesa en la del Zulia. No guardan la misma opinión Escarrá y Combellas sobre la presencia de Dios en el Preámbulo de la nueva Constitución, ni parece que tuvieron coincidencias felices el presidente de la República y la Comisión Constituyente al momento de desechar la idea de nombrarnos República Bolivariana. No simbolizan lo mismo, ni comunican una concepción común de la responsabilidad pública, Pablo Medina cuando reconoce entusiasmado su vocación por las cabezas en bandeja, que Alí Rodríguez cuando se dirige a las cámaras asumiendo la discreción de una autoridad. Es tan vertiginoso el proceso, que una persona puede tener hoy convicciones, y por lo tanto actuaciones, absolutamente diferentes a las que profesaba apenas unas semanas atrás. Conozco demócratas convencidos que, en cosa de días, han pasado de ser admiradores incondicionales de nuestro amigo Aristóbulo Istúriz, a colocarlo en el mismo altar de la intolerancia en donde antes reinaba solitaria la estampita de Alfredo Peña. Y, a la inversa, odiadores profesionales de Peña, que ahora celebran entusiasmados su pase a las filas de la madre Teresa de Calcuta. Lo mismo ocurre con el Oráculo del guerrero. Mientras algunos columnistas lo utilizan para condenar al presidente Chávez y dignificar a Vargas Llosa, Boris Izaguirre lo celebra con sobrio desparpajo, frente a las cámaras, como un libro de autoayuda profundamente homosexual, y Laureno Márquez lo parafrasea burlonamente para hacer su homenaje (al que me uno) al Cuarteto. Si alguien se pone pesimista o trágico, y quiere comparar al país con la Nave de los Locos o cualquier dispositivo semejante, no hay nada que hacer. No le falta razón. Puede uno voltearse alegremente, con la memoria fresca del poder somnoliento de las últimas décadas, y decir, condescendiente, como Galileo ante la inquisición: «Y sin embargo, se mueve».
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