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Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional domingo 29 de setiembre de 2002

Documentos sobre los sucesos de abril de 2002 en Venezuela

Las páginas de los diarios venezolanos han visto aparecer, con alentadora frecuencia en las últimas semanas lo que podríamos llamar posiciones cada vez más elaboradas, menos compulsivas, desesperadas y rupestres, sobre la manera como deberíamos resolver el capítulo actual de la larga novela de la crisis de gobernabilidad venezolana.

Seguramente los sucesos ocurridos del 11 al 14 de abril, la prueba fehaciente de que sí se puede estar peor que con Chávez —al menos en lo que a libertades democráticas se refiere—, y la evidencia de que existe en Venezuela un proyecto preciso de asalto del poder por parte de una cúpula de viejos rostros, nuevas firmas y asesores de peso, han hecho que muchos analistas y actores de la vida política local venzan el temor de ser señalados como complacientes con el Gobierno y reaccionen ante la tesis —tan peligrosa como simplista— de que no importan el método ni los actores con los cuales nos saquemos a Chávez de encima, con tal de que logremos hacerlo. La percepción opuesta, la convicción de que Chávez representa sólo una nueva etapa —la más grave— de la larga crisis del sistema político que comenzó a hacerse visible aquel viernes negro de 1983, y que de la manera como salgamos de él y de su régimen va a depender inexorablemente el futuro del país, hace que muchos arribemos a otras conclusiones. Menos febriles. Más enrumbadas en un pensamiento de largo plazo, en un ejercicio de responsabilidad social y, sobre todo, en un ejercicio previsivo de preservación de la paz política.

II

Ignacio Ávalos, por ejemplo, en su artículo «El modo democrático», publicado en el diario El Universal el pasado martes 24 de septiembre, ha introducido en el debate un factor crítico: la impaciencia. Ávalos, con la sencilla claridad que caracteriza su escritura, ha dicho que «no hay nada más antidemocrático que la premura». Y la premura, la idea fanática y a la vez fantástica de que es preciso y además posible salir de Chávez mañana por la tarde y a la fuerza, sin tener que cargarse al mismo tiempo los principios democráticos, es el estado de ánimo dominante en una parte importante del liderazgo opositor.

La premura es antidemocrática porque la democracia, siguiendo a Ávalos, necesita obrar con lentitud, ya que las operaciones que la sustentan —la consulta, la negociación, la rectificación, el respeto— necesitan un tiempo que algunos, en circunstancias complicadas como las actuales, se quieren saltar. Fue lo que ocurrió en abril, cuando, fruto de la premura y de la ausencia de consulta, negociación y respeto, se emitió el decreto más estrambóticamente autoritario en la breve historia de la democracia venezolana.

Desde esta perspectiva, Ávalos sugiere un deslinde dentro de la oposición: entre pacientes e impacientes, o, lo que es lo mismo decir: entre demócratas y los que no lo son o no lo son tanto.

III

Por caminos análogos transita Manuel Llorens. En un artículo publicado en el Papel Literario de El Nacional bajo el titulo «¿Dónde estamos aquellos que no estamos en ningún lado?», el psicólogo social —en un acto que no tiene nada de «neutral», sino como una posición alterna— convoca a rechazar firmemente la afirmación, exitosa por estos días, de que «somos dos países», a reforzar la presencia pública de quienes nos negamos a participar de esta simplificación porque no nos sentimos expresados en los extremos —somos mucho más que dos países—, y a condenar desde ya las terribles consecuencias que puede tener para todos aceptar resignadamente esa tentación cíclica de la humanidad de jugar a la división: los buenos («los míos») y los malos («los otros»). Una operación de deslinde entre las posiciones democráticas y las que no lo son, tanto del lado chavista como del opositor, ha sugerido el economista Michel Penfold, en un artículo titulado «Radicales, reformistas y reaccionarios». Comentando un libro del mismo título, Penfold se esfuerza por recordar que las caídas de muchas democracias en América Latina —Brasil en los años sesenta, Chile en los setenta, por ejemplo— no ha sido otra cosa que el resultado de la incapacidad de los «reformistas» de ambos bandos, aquellos que creen en el cambio social paciente y en democracia, para ponerse de acuerdo y actuar contra la amenaza que significan por igual la intolerancia y la premura, ¡otra vez la premura!, de los radicales y los reaccionarios, ambos carentes de «incentivos para producir comportamientos cooperativos».

Análisis cercanos han hecho muchos otros autores, tratando de demostrar que no cualquier tipo de operación opositora —un nuevo intento de golpe, el violentamiento de las normas básicas de la protesta, hacerle el juego a la intolerancia de los círculos violentos— es justificable, que las actuaciones antidemocráticas del Gobierno no deben justificar actuaciones antidemocráticas de sectores de la oposición, y que producir estos deslindes, en vez de un obstáculo, puede ser un gran aliciente para que la Coordinadora Democrática sea más eficiente en sus acciones. Joaquín Villalobos, el ex comandante guerrillero del FMLN de El Salvador, lo ha dicho con claridad: cuando la pasión y la irracionalidad dominan la política, es imprescindible que aparezcan espacios de negociación y actores que puedan encarnar terceras posiciones, más ganadas para el diálogo que para la confrontación. En El Salvador lo hicieron, pero solo después de 80.000 muertos.


Tulio Hernández en La BitBlioteca



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