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El proceso

El Nacional domingo 19 de marzo de 2000

El proceso existe, y está en pleno desarrollo. «El proceso» es un término abstracto al que muchos hemos recurrido para designar dos cosas: la secuencial caída del antiguo estamento político que sumió a la Nación en su crisis actual, y el paulatino surgimiento de nuevos actores y de una nueva cultura política, cuyo rostro definitivo no termina aún de aparecer. Gracias a los más recientes hechos, eso que llamamos el proceso puede ahora ser comprendido y valorado con más claridad aún por aquellos que se empeñaron en negarlo, y que al hacerlo terminaron alineándose en el mismo bando de la política, la institucionalidad y los políticos tradicionales.

Sé muy bien que el término es ambiguo y genérico, que cualquiera puede utilizarlo para sus intereses inmediatos y, por tanto, vaciarlo de contenido. Sé también que la misma noción ha sido utilizada en otros momentos históricos latinoamericanos, ya para designar un proyecto de cambio que luego terminó en frustración, como ocurrió en el Perú de Velazco Alvarado, ya para denominar procesos históricos que nadie quería mencionar por su nombre propio, como sucedió en Argentina con la manera de denominar la dictadura, una vez que ésta cayó por su propio peso.

Pero aun así, hasta que no aparezca otro término que designe con claridad lo que entre nosotros está ocurriendo, la idea de «El proceso» —referencia kafkiana incluida— nos sirve para denominar lo que no es otra cosa que el efecto de una crisis y la búsqueda de un mecanismo de cura que, a la manera homeopática, la sociedad venezolana está experimentando, dolorosa y costosamente, desde hace más de 10 años. Y la homeopatía, lo sabemos todos, es lenta: ataca la enfermedad no inhibiéndola o destrozándola, como la medicina alopática, sino haciéndola brotar al máximo, para que sea el cuerpo quien genere sus propios mecanismos de defensa y anticuerpos más estables, de modo que la enfermedad no vuelva a atacar o ataque con poca probabilidades de éxito.

No hay más. Porque ya ha pasado tiempo suficiente como para que aun los más fanáticos o los más esperanzados terminen de convencerse de que esto no es una revolución socialista, ni nacionalista, ni siquiera nacionalsocialista, como nos quisieron convencer algunos historiadores obcecados y empeñados en establecer comparaciones —conceptualmente irresponsables— entre Chávez y Hitler. Tampoco es una revolución bolivariana, como nos quiso convencer sin éxito el Presidente, porque una revolución bolivariana en Venezuela es algo tan inasible, inocuo o irrealizable —por carecer de base lógica de sustentación— como una revolución santandereana en Colombia, martiana en Cuba o paecista en Apure.

Pero no es esa la razón de fondo por la cual carecemos de un término que defina el remezón histórico que recién comienza, pues cualquiera podría intervenir recordando que Fidel tardó dos años en bautizar públicamente y de manera definitiva a la suya como una revolución comunista. Lo que se oculta tras esta carencia toponímica es que tanto el liderazgo de Chávez como su primer gobierno y su inminentemente provisoria Constitución, no son más que el primer incidente, la primera remoción interna del cuerpo social, pero no es aún —al menos con las pruebas que ha dado— el envión definitivo hacia el nuevo ordenamiento social que todos ansiamos; como tampoco es —si nos basamos en los hechos, no en las palabras— el proyecto autoritario y sangriento que muchos temieron hasta la desesperación.

Hasta ahora, lo que nos va quedando claro, ratificando hipótesis compartidas con muchos amigos, es que Chávez podría convertirse más temprano que tarde —salvando las distancias intelectuales, por supuesto— en nuestro Gorbachov nacional: el talentoso enterrador del ancien régime, carente del sosiego interior, la solidez intelectual y la malicia política necesarias para ser el conductor de la reconstrucción.

El Presidente nos ha demostrado de manera recurrente cómo conviven en una misma persona dos personalidades sorprendentemente contradictorias. De una parte, un comunicador prodigioso, que reivindica y expresa —como nadie lo había hecho en muchos años— las pasiones, esperanzas, resentimientos y tragedias de las mayorías nacionales, adoloridas por tan largos años de desamor y decadencia de sus dirigentes. Y de la otra, un muchacho guapo y torpe, que se da de cabezazos con la realidad sin detenerse a analizar sus causas, que —como le ocurrió frente a Roberto Giusti— confunde Miraflores con una esquina o con la plaza Bolívar del pequeño pueblo donde nació, y que va construyendo piedra a piedra, a fuerza de perder aliados y ganar enemigos, el fortín de su propia soledad.

Y es que los procesos son implacables. Una pequeña falla, un ligero descuido, un exceso de confianza o de vanidad, una pequeña somnolencia en la vigía, y la nave nos lanza por la borda sin conmiseración. Allí están las señales, que no sabemos si entenderá. Pitas masivas en el estadio, primero para él, luego para su esposa. Metástasis permanente en el seno de todas las organizaciones que lo apoyaron. Manifestaciones y huelgas de profesionales, como los taxistas o los médicos, a quienes no se puede despachar sin más con el mote de puntofijistas. Y, sobre todo, la candidatura de Arias, que si es inteligentemente conducida y logra mantener alejados los apoyos de los Midas escatológicos del viejo poder —ésos que condenaron a Irene al fracaso y a la burla, y multiplicaron la derrota de Salas Römer—, empezará a dibujar desde ya un nuevo panorama político y una Asamblea Nacional plural, como se merecen las democracias.

El ensueño le duró poco y eso es muy bueno, lo digo otra vez, para el proceso. Las pitas, los retos a duelo que constantemente recibe —«con plomo o sin plomo», propuso Giusti—, el relato público de sus defectos personales, narrado sin pudor por sus antiguos amigos, las bofetadas diarias que le da la delincuencia a quien llegó a Miraflores a hombros de la esperanza en el orden, han venido a recordarle a Chávez lo frágil, terrenal, endeble, defectuoso, de la condición humana a la que, lamentablemente —y no al Olimpo— pertenecemos.

Este detalle, creo, nos permite entender mejor qué es y por qué el proceso debe continuar, sin dar tregua a los camuflajes del viejo poder que es necesario eliminar. Lo novedoso, lo que la nueva coyuntura enseña, es que el proceso puede seguir con Chávez o sin él, pero ya no —aun cuando, tal como se perfila hasta hoy, gane las elecciones— tras él. La lección es clara: el proceso sólo llegará a buen fin cuando se consolide alrededor de un proyecto y un liderazgo colectivos. Cuando dejemos de marchar «detrás de un hombre a caballo», no importa que el jinete sea militar o civil.


Ver también:
Roberto Hernández Montoya, Ad maiorem Revolutionis gloriam
Tulio Hernández en La BitBlioteca


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