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¿Y dónde está el proyecto?

El Nacional domingo 12 de marzo de 2000

Adivina el lector si intuye que con este título estoy evocando aquellas películas, de moda en los años 80, que les daban tratamiento de comedia a temas que anteriormente solo se incluían en los géneros del suspenso y la acción. A partir de entonces, aquello que la industria del cine tradicionalmente ponía en escena para producir miedo y angustia —un avión a punto de estrellarse, por ejemplo—, comenzó a utilizarse también para producir risa. Una de las más conocidas de aquellas producciones se tituló ¿Y dónde está el piloto?, y no puedo evitar la tentación de asociarla con lo que nos está ocurriendo en el país.

No es que crea que no hay piloto. Por supuesto que lo hay. Pero el avión llamado «Venezuela» parece haber extraviado su plan de vuelo y vaga por los aires generando no carcajadas sino horror. El vuelo que comenzó el 8 de diciembre de 1998 se anunciaba tormentoso y peligroso, es verdad, pero su ruta resultaba para muchos, además de necesaria, más o menos precisa. El vuelo prometía. A diferencia de los vuelos quinquenales de las últimas décadas —generalmente piloteados por ancianos envilecidos—, que terminaban devolviendo el país al mismo punto de donde había partido, el del 98 prometía un aterrizaje en un territorio distinto y mejor.

Pero la avalancha de disidencia que ha hecho eclosión con las elecciones, y el festín de declaraciones públicas en el que participan todo tipo de voceros de la coalición en el poder, han puesto en evidencia lo contrario. Que no había una ruta precisa y compartida, o que cada quien a su manera llevaba en su cabeza su propio plan de vuelo e imaginaba, por tanto, un destino y un aterrizaje diferentes. Queda también la posibilidad de que nadie haya pensado seriamente que tal instrumento era indispensable para volar juntos, y se creyera que algunas ideas generales, ligadas básicamente a lo que no se quería, no eran elementos suficientes para diseñarlo.

Ahora, en pleno vuelo, una vez que el factor de cohesión —la vieja dirigencia y la necesidad de aplastarla— prácticamente no existe, los miembros de la coalición, la tripulación y los pasajeros, se miran entre sí, desde su propia desnudez y desde sus propios intereses, y terminan preguntándose: ¿Era esto que estamos haciendo lo que queríamos y teníamos que hacer? Otros se interrogan: ¿Estaremos siendo fieles al proyecto original, o nos estaremos desviando? Hasta que alguien sensato pregunta: ¿Y dónde está el proyecto? Y allí sí que comienza la confusión.

Tomemos al azar y comparemos, intentando una arqueología del proyecto, dos interpretaciones calificadas: la de Ángela Zago y la del general Visconti. Ángela Zago entrevistada por Ramón Hernández para Primicia; Visconti, por Taynem Hernández para El Universal. Agua y aceite. Ningún punto de comunión.

La profesora dibuja serenamente un modelo de sociedad y una idea de democracia que en nada se acercan a los que esboza severamente el general. Zago imagina el proyecto —ingenuamente, diría un escéptico— como la creación de una sociedad abierta, plural, igualitaria, tolerante y, sobre todo, democrática y participativa. Visconti, en cambio, decreta una sociedad autoritaria, centralizada, con jerarquías claras y líneas de mando definidas.

Zago hace un cuestionamiento apasionado de toda forma de caudillismo, autoritarismo y manipulación política por parte de cualquier tipo de cúpulas. Visconti guarda silencio ante estos temas y se lamenta, más bien, de que el proceso se esté realizando por vía pacífica y democrática. La democracia, sostiene, les quita velocidad a los cambios, que hubiesen ido más rápido, dice, si se hubiesen hecho por «vía de los hechos». Los hechos, se entiende, son el golpe militar. Zago, en sus declaraciones, se acerca más a la postura libertaria de los anarquistas españoles de comienzos de siglo. Visconti, a la política tradicionalmente caudillista latinoamericana y a la terminología del período más glorioso del stalinismo, aquél que goza con la palabra «purgar».

Pero el mismo juego de oposiciones podríamos encontrar entre muchos pares de voceros calificados de la coalición. Una cosa, por ejemplo, es la que piensa el gobernador Laya —más allá del tema de la venta de empanadas en Carnaval— sobre el sentido estratégico de la reconstrucción de Vargas, y otra, en apariencia muy distinta, la que diseñan el ministro Genatios y su equipo. Una cosa es el pensamiento económico de Alfredo Peña, en su defensa abierta del papel del mercado y de las libertades que se requieren para el desarrollo de la sociedad, y otro, indudablemente diferente, el del presidente Chávez cuando repite una y otra vez, en una suerte de cristianismo primitivo, que la situación de pobreza mejoraría si en vez de comernos dos panes al día nos comiéramos uno y regaláramos el otro. Una postura, por ejemplo, es la mantenida por José Vicente Rangel frente al tema de los derechos humanos y la libertad de prensa, y otra muy distinta —y, hay que decirlo, pre-moderna— la del comandante Urdaneta frente a los mismos principios. Y paremos de contar.

Visto en el corto tiempo, se parece mucho al reciente gobierno de Caldera, que bastantes chistes cosechó con aquello de las esquizofrenias compartidas. Pero mirado en el largo plazo, lo que viene es a ratificar una honorable tradición venezolana, en la que adecos y copeyanos fueron maestros, y en la cual la vocación de conducir, de darle un sentido a la nación, de imaginarla en el tiempo y conferirle un destino, queda siempre aplastada por la urgencia de la llegada al poder y la consecuente necesidad de mantenerse en él.

Tal vez por eso, Marino González, actual director del área de Políticas Sociales de la Universidad Simón Bolívar, me hizo llegar un lúcido comentario: «Tu dices que los venezolanos tenemos “una grave incapacidad para lograr que los sueños y las utopías coincidan con la capacidad gerencial para hacerlas realidad”. Yo creo que la cosa es peor: en el fondo, somos incapaces de articular sueños de manera que se puedan construir sistemáticamente. Nuestros sueños y utopías son tan generales que no se pueden implementar, les faltan los detalles y la paciencia». Si alguien lo ve, al proyecto, que nos avisen.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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