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Revolcones de la historia

Tulio Hernández

El Nacional, domingo 1º de octubre de 2000
La globalización en La BitBlioteca

Entre las tantas volteretas que la humanidad le ha asestado a la Historia a lo largo del siglo XX, la que acaba de ocurrir en lo predios de la venerable ciudad de Praga ya tiene ganado un destacado sitial. Que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial tengan que adelantar en un día la clausura de su Asamblea Anual debido a la presión ejercida por un número nada despreciable de manifestantes, es un acontecimiento lo suficientemente representativo como para sentarse a reflexionar y, de alguna manera, celebrar.

La situación es memorable y, a contracorriente de lo que dictaminan los mandarines del mercado libérrimo, un síntoma evidente de que en el mundo las cosas no están total y definitivamente perdidas para las naciones más pobres y para todos aquellos que cultivan oficios que se niegan a vivir asfixiados por las sacrosantas leyes del mercado como único régimen de existencia social.

Dos cosas hacen aún más interesante lo que ha ocurrido. Por una parte y como curiosa coincidencia, el hecho de que la escaramuza haya ocurrido en la misma ciudad que en 1968 fuera escenario de las primeras acciones masivas de rebeldía política surgidas desde su propio seno en contra de las desviaciones autoritarias del bloque comunista. La manera bestial como el poderío soviético reprimió la protesta, que con esperanzadora pasión juvenil ponía por primera vez en jaque su fuerza, con la imagen de los tanques avanzando amenazadoramente en la ciudad, convirtieron a la llamada «Primavera de Praga» en el símbolo de la contestación juvenil del otro lado del muro y en el elemento final que impulsó a muchos intelectuales y políticos occidentales —que por entonces todavía cifraban esperanzas en el comunismo— a abandonar sus filas y aventurarse por nuevas rutas ideológicas. Praga, lo sabemos hoy, fue la primera señal contundente del descontento que corroía las venas del bloque oriental y que años más tarde se expresaría plenamente en la estrepitosa y simultánea caída del bloque y de la gigantesca estatua de Lenin.

El otro elemento de importancia lo constituye el hecho de que la protesta no es un acontecimiento asilado ni espontáneo ni circunstancial. Es, por una parte, la continuidad de lo que ya se había iniciado con éxito mediático singular en las cumbres de Seattle y Washington y, por la otra, la prueba de existencia de un sólido movimiento organizado, integrado por activos y comprometidos militantes. De otra manera no se explica la capacidad para movilizar a más de 10.000 manifestantes venidos de todos los rincones de Europa y la convicción y ferocidad de sus protestas. Análogas en vehemencia a las protagonizadas por los pacifistas y otros luchadores por los derechos civiles que, en los años 60, cambiaron para siempre las reglas de juego en Europa y Estados Unidos.

Y esa es otra circunstancia que no se debe soslayar. A diferencia de lo que pensaban, con desprecio evidente, los grandes sacerdotes latinoamericanos del comercio libérrimo, las protestas más fuertes contra la dictadura del mercado y la hegemonía inapelable de sus grandes órganos financieros no han surgido precisamente de los países atrasados ni de sectores poco informados y de bajo nivel intelectual a quienes se les podría acusar de actuar movidos por la ignorancia.

A las ideas punta y los principios éticos —generalmente sustentados en los efectos deletéreos que las prácticas neoliberales y la deuda externa tienen sobre los países y los ciudadanos más pobres del planeta— que han venido animando este movimiento internacional que apenas comienza en el propio corazón de los países desarrollados, se le añaden ahora serias y sustentadas argumentaciones sobre el fracaso y la ineficiencia de las políticas del FMI y el Banco Mundial, realizadas no por sus críticos de siempre sino por importantes economistas que han tenido altas responsabilidades en la conducción de estos organismos. Las declaraciones y escritos de Joseph Stiglitz ex directivo del FMI, intensamente debatidas por varios columnistas venezolanos semanas atrás, así lo confirman.

Los adoquines y huevos que durante largos días asediaron a los participantes de la cumbre de Praga a la salida de sus hoteles; las cruces que cada uno de ellos recibió de manos de Jubileo 2000 —una de las ONGs más serias entre las que propugnan la condonación de la deuda a los países más pobres— en representación de los 19.000 niños que cada año mueren y que según la organización se podrían salvar con el endeudamiento que Occidente se niega a condonar; y, los tensos túneles de insultos que los delegados debían soportar cada vez que intentaban entrar a la sede de las reuniones, parece haber surtido tan fuerte efecto que no sólo redujo notablemente el número de asistentes a la sesiones, sino que logró que muchos de ellos confesaran la necesidad de revisar la naturaleza y la frecuencia de este tipo de reuniones. Tanto, que en los últimos días la posibilidad de perdonar la deuda a los países más pobres ya no se contemplaba como un exabrupto y una irresponsabilidad inaceptable sino que se comenzó a barajar como una verdadera posibilidad.

Es obvio que la razón técnica no está plenamente del lado de los manifestantes y la Iniciativa Contra la Globalización Económica, organización que lidera la protesta. También que las causas de la pobreza no son atribuibles solamente al FMI, al Banco Mundial o a cualquier otro sacerdote de la libre competencia o la economía global. Y que, sin lugar a dudas, los gobiernos y las elites de los países que la padecen tienen inmensa responsabilidad en su existencia. Pero la imagen de la elite del capitalismo mundial acorralada por la muchedumbre en la propia salsa de su evento mayor, haciendo apresuradamente las maletas para regresar a la seguridad de sus estudios y rascacielos, revelando sin pudor la incomodidad que le asedia, no deja de ser una estampa épica en lo que a las posibilidades de hacerse escuchar tienen los ciudadanos del mundo que no reciben los beneficios del nuevo ordenamiento global.

Seguramente estos hechos no van a detener el proceso de globalización, pero gracias a ellos el siglo XX se despide con una última ironía precisamente cuando se suponía que no había ni regreso ni desvío posible en los caminos que rigen la nueva religión económica. Es el sonido de las piedras que trae el río. El aviso y el recordatorio de que a todos los dogmas y los autoritarismos salvacionistas les llega su «Primavera de Praga». Lo que viene después nunca se sabe.


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