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Sí, pero... El Nacional domingo 28 de noviembre de 1999 No hay espacio para nada más. Entre los contenidos de la nueva Constitución y las declaraciones y boutades del presidente Chávez, el país entero se encuentra en anímico estado de sitio. El asunto impresiona. Las reuniones de amigos o los encuentros familiares, las sesiones de espera en la cita médica o los almuerzos de trabajo, las conversaciones con los taxistas o los correos electrónicos, todo, inexorablemente todo encuentro entre venezolanos comienza o termina siempre en el último dilema de nuestros tiempos: escoger entre el Sí y el No. O, también, abstenerse, como acaba de proponer a sus escuálidas huestes el legendario y sonoro movimiento Bandera Roja. Es el verdadero sacudón. No hay forma de aislarse, de ocultarse, o de negarse a su exigencia. La política, en su forma más concreta e implacable la de los acuerdos esenciales que norman la vida en colectivo, toca a las puertas de cada quien. Incluso a las de los más escépticos y desesperanzados. Y aunque nos hagamos los locos, aunque intentemos evadirla, sabemos que ella está allí. Inevitable, como un cobrador persistente. Agazapada del otro lado del picaporte. Atisbando la puerta entreabierta, para entrar en nuestro modo de vida, en nuestras conversaciones, en nuestros miedos, o en nuestras esperanzas. Agobia, es verdad. Pero también es emocionante. Que tanta gente se interese ¡al fin! por nuestro destino colectivo, termina por resultar esperanzador. Pero no es una fiesta. No hay en el ambiente, ni siquiera en la totalidad de quienes votaron por el presidente Chávez, un sentimiento parecido al que se experimentaba en las calles de Lisboa luego de la Revolución de los Claveles, y ni siquiera al que se vivía unos meses antes de la redacción de la última Constitución colombiana. Por el contrario: salvo por los incondicionalmente ganados a apoyar todo lo que provenga del nuevo gobierno, aun sin necesidad de leer el nuevo texto constitucional, o para los obcecadamente decididos a negar también sin necesidad de leer ni escuchar argumento alguno cualquier logro o propuesta de la nueva dirigencia, hay un número significativo de venezolanos que, cualquiera que sea la opción por la que se decidan, lo harán aquejados por un profundo malestar. Hay gente que está dispuesta a votar por el No, pero con suma tristeza. Porque habían votado por Chávez en las elecciones presidenciales y estaban esperanzados en el cambio; porque no han ejercido oficio de corruptos, y adversan profundamente a Acción Democrática y a Copei, pero forman parte de aquel grupo que confiaba en una profundización de la democracia y se sienten lesionados y amenazados en sus vidas y en sus principios, tanto por algunos contenidos de la nueva Carta Magna como por los procedimientos alfaristas es el término en boga mediante los cuales, públicamente, se impusieron a última hora algunos de los nuevos contenidos. Pero hay también gente dispuesta a votar por el Sí aun convencidos de que, sin negar las mejoras que ella trae con relación a la del 61, la Constitución que ha resultado en el 99 es inconsistente técnicamente, comprometedora económicamente y, sobre todo, insuficientemente debatida. Pero votarán Sí es lo que afirman, porque consideran que hacer lo contrario es frenar un proceso que apenas ha comenzado y darle fuerza y nuevo aliento a las viejas y decadentes fuerzas políticas y empresariales que nos llevaron al túnel histórico cuya luz al final, tan prometida en el reciente gobierno de Caldera, nunca terminamos de avistar. Si hubiese que expresarlo de manera pedagógica, en ambos casos se trata de venezolanos demócratas, con criterios personales bien formados, que, de existir otras opciones, hubiesen votado Sí al proceso de cambio pero No al instrumento redactado para conducirlo. O, por lo menos, No a aquellos capítulos que, en muchos casos como en el nombre de la República, la imposición de los valores de la jerarquía católica por encima de los del resto de la sociedad, la información veraz, el debilitamiento del control civil sobre los militares, la presencia excesiva del Estado, por sólo mencionar algunos, son más el resultado de la eficacia de grupos específicos de presión que prueba de intereses o deseos colectivos claramente identificados. Este segmento de los votantes, cuyo peso cuantitativo seguramente no será decisivo, tiene sin embargo un valor simbólico y referencial, cuya presencia no debería ser subestimada por el Presidente y sus estrategas. A estas alturas, 10 meses después de asumir el gobierno, lo lógico debió haber sido que el Presidente hubiese ampliado su base de apoyo y conquistado para el proyecto nacional, que un día quisiéramos ver con claridad, las voluntades de miles de venezolanos que también activan por el cambio, sin que necesariamente lo hagan desde las filas militantes del Polo Patriótico o mediante una participación directa en la actividad gubernamental. Pero no es eso lo que está sucediendo. Y esta es la señal a la que hay que atender. No hay una nación mayoritariamente convencida de que nos hayamos dotado de una Constitución que sea a un mismo tiempo revolucionaria, eficiente y coherente, y que se muestre como instrumento contundente para la construcción de un país y una cultura política profundamente democrática, y para la consolidación de una cultura económica moderna, concebida para generar riqueza y bienestar de todos los ciudadanos. El sabor es amargo, y la sensación común, contradictoria. De un lado, una nación sitiada por un solo tema. Del otro, esa misma nación, que no tiene humana posibilidad de manejar con propiedad por razones de tiempo y de circulación de información el tema que la tiene sitiada. Seguramente la mayoría votará esta vez como un acto de fe de rechazo o de apoyo al gobierno, mas no por un claro manejo del texto constitucional. Habrá, por supuesto, salidas intermedias. Una es la del No con tristeza, la que un amigo ha denominado «chavistas con el No». La otra surgió como alternativa en una mesa festiva de poetas, pintores, periodistas e impresores. Todos expresábamos inconformidad con elementos del nuevo texto, pero nos espantaba más aún la posibilidad de coincidir en el No con Canache o con Alfaro. Darle vida a la vieja dirigencia. Fue entonces cuando el invitado colombiano, nacionalizado ya por nuestro afecto, exclamó sabiamente : «Pues entonces voten Sí... pero con condón». Qué de cosas.
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