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Terapias de resurrección

El Nacional, domingo 3 de diciembre de 2000

El conflicto recurrente que tenemos algunos venezolanos con el presidente Chávez y su régimen es que generalmente compartimos muchos de los fines que se propone, pero con frecuencia desconfiamos de los medios a los que recurre para alcanzarlos. Compartimos su voluntad de sanear el país, pero nos alarma el pragmatismo de los métodos que, en esencia, vuelven a la práctica de vulnerar la posibilidad de consolidar la institucionalidad democrática. Lo que está ocurriendo con la consulta de hoy domingo y el oxígeno que su acción le ha insuflado a la CTV es un buen ejemplo.

Que un Gobierno venezolano, apoyado en el accionar del más numeroso partido de la alianza que lo llevó al poder, se proponga producir un cambio radical en la manera como se conduce la más importante central de trabajadores en el país, nos parece algo plausible. Emocionante y hasta épico, agregaríamos. Decisivo, hay que decirlo, para la necesaria profilaxis que la Nación requiere.

Pero que la manera de hacerlo no haya sido a través de un sólido trabajo en las propias bases obreras —como aquel que con gran esfuerzo hicieran los matanceros de La Causa R y que terminó llevándolos a erradicar los sindicatos adecos de la faz de las industrias básicas de Bolívar—, sino a través de una operación electoral, recurriendo al «lecho rocoso» del chavismo para legitimar la intervención pública de un tipo de organización privada, resulta por lo menos sospechoso.

Terminar con la dirigencia de la CTV y poner fin a un ilegítimo sistema de representación de los trabajadores debería ser, no nos queda duda, una cruzada nacional. Entre las tantas cadenas de perversiones que fueron minando la fe y el respeto popular por las instituciones base de la democracia, las sucedidas en el seno de las organizaciones sindicales fueron de las más desmoralizadoras y desmovilizadoras de la sociedad venezolana.

En poco menos de una década después del 23 de enero del 58, lo que en otros tiempos era sinónimo de dignidad, lucha y compromiso con los trabajadores —me refiero a la condición de líder obrero—, devino en símil de burocracia, corrupción y, sobre todo, pretexto para la vagancia, la comodidad y el rápido ascenso a posiciones de mando dentro y fuera de la pesada estructura cetevista.

Los recursos inmensos del poder, ya fuera este político o económico, amaestraron rápidamente a la dirigencia sindical hecha a imagen y semejanza de Acción Democrática, hasta quitarle todo el vuelo clasista que alguna vez tuvo y convertirla en suma de simples gestores, firmadores de contratos colectivos y mediadores entre los intereses partidistas y el ejercicio de gobierno o de la administración empresarial.

Y así quedó consolidada la imagen en la cabeza de todos. Un dirigente sindical venezolano es un hombre obeso, generalmente vestido —salvo en los desfiles del 1° de mayo— de flux y corbata, que ostenta relojes de marca y otras prendas costosas, con un vaso de whisky presto a aparecer entre sus manos. Puede haber dirigentes sindicales honorables, cómo no, pero en política, ya lo enseñó Hannah Arendt, pesa más la imagen que la realidad. Y la imagen de marca que Eleazar Pinto llevó a su máxima expresión y sus sucesores perfeccionaron, ya más nunca fue posible erradicarla.

Sin embargo, hay que tener cuidado: el desprestigio de las cúpulas dirigentes es sólo una de las tantas patologías críticas del mundo sindical y gremial venezolano. Existe otra, probablemente más peligrosa que la anterior, por ser menos tangible y encontrarse menos personalizada, que refiere a la manera como se entiende el significado de la actividad sindical en Venezuela. Una concepción que generalmente se asocia a principios más cercanos al chantaje, la extorsión, la picardía, la defensa a ciegas de hasta el más irresponsable de los trabajadores, y el reivindicativismo salarial, que a verdaderas preocupaciones por la calidad de la vida del obrero, el respeto a los derechos laborales y ciudadanos y el buen funcionamiento de empresas e instituciones.

Lo más grave es que esta cultura del chantaje gremial o sindical —por llamarlo de algún modo—, que fue largamente amamantada por el populismo como cultura política y por el clientelismo como tecnología de gobierno, la comparten por igual sindicatos y gremios de la más diversa índole, incluso aquellos, como los universitarios, largamente dirigidos por militantes de organizaciones de izquierda. Si se observa con cuidado, en nada o en muy poco varían las actitudes de los sindicatos y federaciones del magisterio con respecto a las de organizaciones especializadas como el Sindicato de Trabajadores de la Radio, el Cine y la Televisión, o los sempiternamente conocidos sindicatos de la salud. Por lo tanto, poco se habrá alcanzado si, además de defenestrar a la CTV y su dirigencia, no se logra a largo plazo enfrentar con valentía esa mentalidad maniquea que, como una enfermedad contagiosa, contaminó las más diversas ideologías sindicales, con las excepciones de siempre.

Aquí regresa el juego de los fines y los medios. A contracorriente de lo que podríamos pensar, ahora que su muerte ya está decretada, los más rancios líderes de la CTV han tomado un último respiro, una bocanada de oxigeno publicitario y de respaldo interno e internacional, ganado no por sus méritos y su honorabilidad, sino por el apresuramiento de una estrategia que a simple vista se entiende más como una ardid que como una victoria decorosa.

La película termina, o por lo menos uno de sus capítulos. Pero aunque los malos otra vez pierden, cuando caiga el letrero de «Fin» una parte del público no podrá celebrar esa derrota como se merece. Como dijo Carlos Andrés, pero en sentido contrario, hubiésemos preferido otra muerte para la CTV, sin correr el peligro de que en las próximas semanas nos consigamos a unos muertos que caminan en el más puro estilo del vudú.

P.S. Las letras y el pensamiento venezolano están de duelo por la desaparición de Susana Rötker, los amigos de acá acompañamos solidarios el dolor de Tomás Eloy.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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