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Manías tristes

Tulio Hernández

El Nacional, domingo 17 de setiembre de 2000

Ocurrió, a finales de los años 70, en un auditorium de la Universidad del Zulia. Héctor Mujica, por entonces profesor de la UCV, acababa de terminar una conferencia sobre el futuro de la educación superior, cuando fue sorprendido por la pregunta de uno de los asistentes. «Profesor», preguntó con acento inconfundible un estudiante maracucho, «¿qué opina usted de la influencia dañina que ejerce sobre nuestra identidad zuliana el número cada vez más grande de profesores extranjeros que ahora dan clase acá en LUZ?».

Héctor, formado en la más sólida escuela de la solidaridad internacional, le respondió amablemente al estudiante explicándole que, a causa de los gobiernos militares instaurados en el Cono Sur, muchos argentinos, chilenos y uruguayos habían tenido que emigrar, y que era un acto de principios democráticos darles asilo en nuestro país y permitirles trabajar en nuestras universidades; más aún cuando se trataba en su mayoría de profesionales muy bien formados académicamente. En medio de la explicación, sin esperar que el conferencista concluyera, el estudiante impaciente se levantó de su asiento para aclararle: «No, profesor, yo no hablo de los sureños que al final son muy pocos; yo me refiero a la cantidad de caraqueños, orientales, llaneros y gochos que han venido a echar a perder nuestra Universidad».

La anécdota, si mal no recuerdo, se la escuché al propio Héctor, en la misma ciudad de Maracaibo, por el año 1983. En ese entonces —tan seguros como estábamos de formar parte de un país generoso y abierto, dispuesto a recibir no sólo a los inmigrantes sureños sino a los de cualquier otra nacionalidad; y orgulloso de ser el resultado de un mestizaje permanente y de ser descendientes de una élite de jóvenes que, en el siglo pasado, había salido de nuestras fronteras no a someter sino a libertar a las naciones vecinas—, aquel desplante nos parecía en extremo gracioso y, en el fondo, inofensivo. Lo interpretábamos como una expresión de provincianismo o como una prueba de ingenuidad regionalista, pero no veíamos en ello amenaza alguna de un brote xenófobo al que hubiese que enfrentar con celeridad. De hecho, el incidente no pasó de allí y, salvo incomodidades secundarias, nunca supimos de movimientos organizados de persecución a profesores nacidos fuera del territorio zuliano.

Pero las cosas han cambiado. El país de los excesos y del derroche de entonces ha dado paso al de las restricciones y las carencias del presente; y, en el entretanto, como suele suceder en todas partes, viejos resentimientos que hibernaban ocultos, o con tímidas manifestaciones en algunos venezolanos, han comenzado a ser removidos por los eternos pescadores en río revuelto. Uno de ellos es la xenofobia.

Hay síntomas. Bastante ruido causó recientemente, para citar un solo ejemplo, el famoso Manual de Instrucción Premilitar para alumnos de cuarto año de la profesora Marjorie Vásquez, en el que se hacen juicios peyorativos contra los extranjeros que vinieron al país «en busca del bolívar fácil» o donde se les señala —a colombianos, haitianos, ecuatorianos y peruanos— como portadores de «costumbres violentas», o en la referencia a las «mujeres que venden la carne al mejor postor» para conseguir la nacionalidad venezolana. Ahora, en la semana que hoy concluye, hemos visto repartir en las puertas del Metro un panfleto, firmado por un supuesto Frente Simón Bolívar del Soberano Pueblo de Venezuela, en el que se realiza una repugnante condena a los emigrantes italianos, españoles y portugueses que, desde 1940 (sic), comenzaron a habitar nuestro país.

El panfleto, redactado a la manera de un documento serio, con sus considerandos y artículos debidamente enumerados, enuncia entre otras cosas que «estas personas lo menos que hacen es cultivar la tierra» y realizan, en cambio, actividades que «atentan contra la salud espiritual y mental de nuestro gentilicio venezolano» refiriéndose a bares, prostíbulos, clubes, hoteles y «otras que en el futuro serán anunciadas». Proponen, por tanto, tribunales populares que juzguen a «estos enemigos del pueblo», congelamiento de sus cuentas bancarias, expulsión del país y confiscación de los bienes de «aquellos que resultaran culpables», y muchos otros dislates más.

Probablemente lo más sano, ante tanta ignorancia y tan irracional resentimiento, sería no hacerle eco a esa pieza anónima; pensar que bien puede ser obra de una mente enferma y solitaria; o reírnos simplemente como lo hicimos con la anécdota del maracucho. Pero como el pasquín se hace público a pocas semanas apenas del affaire de la profesora Vásquez, y como los valores nacionalistas forman parte permanente del discurso del presidente Chávez —lo que se presta sin duda a usos desviados— es prudente encender la señal de alarma y tomarse en serio lo que, fácilmente, aún en una nación abierta como la nuestra, puede convertirse en un peligroso jugar con fuego.

No me queda duda alguna de que la Venezuela del presente, con sus virtudes y sus defectos, es incomprensible si se obvia la presencia dinamizadora de las sucesivas migraciones que participaron en su proceso de urbanización (muy particularmente, la de italianos, españoles y portugueses). Tampoco olvido que buena parte de estos inmigrantes trajo consigo una experiencia previa, un conocimiento de los principios elementales de la actividad económica y una valoración del esfuerzo individual que les ha permitido sobresalir económicamente. Ni que este hecho, al contrastarse con la cultura económica de las mayorías venezolanas —inmovilizada por décadas de estatismo y de exclusión, y por el poco entrenamiento para vivir en el capitalismo—, puede ser fuente de equívocas formas de sospecha y resentimiento que, manejadas con mala intención, pueden contribuir a crear nuevos chivos expiatorios.

Pero, más allá de cualquier argumento, nada justifica la xenofobia o el racismo, en cualquiera de sus manifestaciones. Ambos se encuentran entre los sentimientos más perversos, pero también más contagiosos, que haya creado la humanidad. Con ellos se sabe donde se comienza pero nunca donde se termina. En la lista de condenas luego pueden venir los libaneses o los trinitarios, los mexicanos o los nigerianos y, si el xenófobo es caraqueño, hasta los maracuchos o los orientales, incluso los llaneros. Como en aquel auditorium de Maracaibo.


Cancillería rechaza xenofobia
Tulio Hernández en La BitBlioteca



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