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La fábula del burro que escribía teatro

El Nacional, domingo 22 de octubre de 2000

Mi lógica personal suele ser cruel: hay más domingos que cosas por decir. Por lo general, a mí me rebasan los días. Sin embargo, la semana que acaba de pasar ha sido abundante y generosa. Está —para no ir más lejos— el viaje del Presidente, por ejemplo. Ya no hay dudas: para Chávez, Maiquetía es un orgasmo. Está, también y con dolor, la sangre de los muertos en el puente del 12 de octubre: 159 cadáveres astillados en nuestra respiración... Aun así, a pesar de esto, hay un tema que me ronda sin cesar. Como una mosca, verde y peluda, masticando las zetas de su zumbido junto a mi oído. Es José Balza.

Tomando en cuenta a aquellos lectores, que son los más, que sabiamente abren las noticias por la sección de deportes y se saltan los espacios de arte y cultura, voy a permitirme recordar algunas de las respuestas de Balza en la entrevista de marras: «Lo que sucede es que no nos queremos —dice el autor de Largo, D, Percusión, entre otras—. Nos hemos dejado ganar por la superficialidad. Hasta la década de los 50, la investigación literaria e histórica era formalmente seria. Era buenísima. Después no sé qué pasó. Nos hemos frivolizado. Creo que CabrujasJosé Ignacio Cabrujas ha tenido mucha culpa sobre eso, le hizo creer al país que el país era la televisión y que los intelectuales podían prestarse sin remordimientos a la televisión. Eso no es así [...] Si un intelectual se presta a la televisión, sabe que se va a convertir en un burro inmediatamente [...] Cabrujas fingía que dentro del mundo televisivo, él era un intelectual, pero él era un burro como los demás. La superficialidad con la que hemos manejado este país viene de figuras de la izquierda, entronizadas como grandes sacerdotes, que le hicieron creer al país que debíamos ser frívolos y que la profundidad y la seriedad no tenían valor».

Sólo le faltó decir que José Ignacio Cabrujas financió intelectualmente los 40 años de democracia corrupta y blablablá. Así estaría aún más acorde con las pretensiones justicieras de la V República. Pienso, por el contrario, que el autor de obras tan geniales e importantes como Acto cultural o El día que me quieras, trastocó de manera definitiva la manera de pensar y de pensarse en el país. Su mirada sobre lo que somos es imprescindible. Si por mí fuera, una entrevista con Cabrujas —publicada bajo el título «El estado del disimulo»— sería una lectura obligatoria en los programas de estudio de nuestra secundaria.

No deja de sorprenderme la vehemencia íntima de Balza en contra del difunto Cabrujas. Es como una tirria destemplada y gratuita. Y responde, por supuesto, a una concepción —contrariamente a lo que él mismo sostiene— bastante elitesca y reaccionaria. Balza se queja desde la capilla sensible de los que se creen elegidos por las bellas artes. Balza lamenta la pérdida de poder de su academia. Balza sólo entiende la cultura desde su propia ceremonia, desde el purismo decimonónico que se autoproclama como único monopolio de la verdad, de la profundidad y de la belleza. El ataque a Cabrujas no es más que un desmán provinciano. Balza, en el fondo, resiente la transformación que, desde mediados del siglo XX, ha dado el perfil y el papel del intelectual en Latinoamérica, transformación que encuentra en el mexicano Carlos Monsiváis uno de sus mejores exponentes.

Lo más impresionante, además, es que en esta propia entrevista, José Balza se delata de manera admirable. Es el mejor espejo de lo que tan agriamente denuncia. Critica la frivolidad, pero sus opiniones son de un frívolo impenetrable. Cuando el periodista lo inquiere —apelando a la supuesta «visión crítica» que el escritor afirma tener— sobre los problemas de fondo en nuestro actual debate cultural, la respuesta de Balza se centra en las peleas intestinas de la nueva directiva del Conac y en la pobreza de algunos de los últimos ganadores del Premio Rómulo Gallegos, otorgado por el Celarg. Eso emblematiza inequívocamente lo que entiende —en profundidad— por cultura: los cargos públicos, los galardones, ese tufillo insoportable del intelectual que solo se lee a sí mismo a través del idioma del Estado.

Balza denuncia la superficialidad y, no obstante, sus opiniones sobre el problema de la lectura en el país son incoherentes y superficiales. Anuncia que le ha presentado al Conac un plan de lectura, sosteniendo que «tiene que leerse con un lector [...] Es necesario leer en compañía». Y, dos preguntas más abajo, cuando se dedica a criticar a Ibsen Martínez, sentencia que «la lectura es soledad», que «hay que estar solo para leer». Es un brinco demasiado abrupto en tan pocos metros. Ya casi parece que sus palabras son una reacción instantánea, casi a la defensiva y sin pensar demasiado, ante el acoso de una realidad que lo supera.

Mentiría si, aun asumiendo todo lo que acabo de escribir, dejara de decir que, en la entrevista citada, José Balza también dialoga con inteligencia y valor sobre otros aspectos. Creo que es importante no dejar fuera de la mesa los planteamientos sobre la cobardía y la falta de generosidad de los escritores venezolanos, que él señala. Me parece fundamental el rescate que propone de nuestra herencia literaria. Todo esto es mucho más trascendente y profundo que hundirnos en reyertas pasionales, que ponernos a aullar —desde cualquier herida— una miserable e injusta fábula del burro que escribía teatro.


Alberto Barrera Tyszka en La BitBlioteca
José Balza,
«El escritor venezolano es cobarde» [entrevista a El Nacional]


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