|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
El paro «indefinido» o «sin definición» Canto a la derrota perpetua Martes 4 de febrero de 2003
Muy caribe, si se quiere, la derecha criolla ha violentado principios y procedimientos de lo que debiera ser el manual de la oligarquía universal, a diestra y siniestra, generalmente por las bajezas del vil interés monetario. Aquí la derecha, en aras de hacer siempre más dinero, se olvidó recurrentemente de que existen valores definitorios de la «cultura de derechas» quizás más relevantes para su ejercicio pleno y su trascendencia histórica, como el distanciamiento de las clases bajas, la discriminación cotidiana (más allá de la política), la humillación por medio de la ostentación, etc. Aquí los oligarcas empezaron un buen día a hacer parrilladas y a jugar dominó como cualquier pata en el suelo y a comprarse carros sin distinción de marcas (como sus emblemáticos Rolls Royce, Continental, Mercedes 600) y a opinar de asuntos para ellos indescifrables como la política, y dieron inicio a esto que hoy es, sin lugar a dudas, el más nefasto ejemplo de desclasados de alcurnia en el mundo entero, llegando hasta al escarnio de marchar junto a la sudorosa muchedumbre que hoy les cree sus aliados. Incluso la oligarquía de un pobre pueblo como el nicaragüense supo mantener el apego a su dignidad de clase, durante aquellos aciagos días que precedieron la caída de Somoza, atrincherándose en el palacio de gobierno, comiendo el mejor pâté y sorbiendo la más cara champaña, como debe ser, es verdad, pero sin bajarse nunca de sus levitas y sus trajes de oropel y encaje a lo largo de, por lo menos, cuatro meses hasta que el pueblo irrumpió violento y tomó el control de las riendas de ese país. Era gente que, en fin de cuentas, tenía una clara noción de lo que debía ser su ubicación en la escala social, cualquiera fuese el resultado oprobioso que le correspondiese desde el punto de vista financiero. Nuestra oligarquía criolla, por el contrario, no sale de una sola impostura ante el afán de lucro, esmerándose en torpezas y desatinos que claman al cielo y mueven a la más bochornosa pena ajena. Un buen día entendió, por ejemplo que el manejo de la política era algo con lo cual podía complementarse el usufructo de bienes y recursos económicos que desde la época de la Colonia y sin complicarse mucho la vida había logrado tan bien en el país, y se dispuso a armarle templetes a cuanto bicho de uña se encontró en el camino como «muy ajustado» a sus intereses, con lo cual le hizo, sin pensarlo quizás, el piso «ideológico» a la estructura moderna del partido político venezolano, a costa inclusive de su desarraigo como clase pudiente, amén del desmantelamiento al que llevó a la poca ética que tuvo alguna vez la política nacional, si es que la tuvo. Fue cuando vimos por primera vez a gente como Cisneros y como Nicomedes Zuloaga, vestidos de paisano (siempre en casa de Clement y Margarita Zing, por supuesto) y montados en vehículos de uso corriente entre las clases más bajas y supimos que comían impurezas como cazabe y morcilla, quién sabe si hasta con gusto. Quizás por eso hoy ninguno de sus copartidarios de ocasión se percata de la desorbitante aberración que encarna el millonario marchando, en medio de abrazos y loas de hipócrita solidaridad, al lado de a quienes ha expoliado toda su vida, ni sus aviesas maquinaciones con la falaz cúpula sindicalera nacional para acabar con lo que hoy pueda haber de organización social y de país. Nadie, de sus copartidarios por supuesto, comprende el percance de seguir sumisamente a quienes, por su misma condición de impostores de juicio político alguno, lo único que han hecho, además de amasar cuantiosas fortunas mal habidas, es construir derrotas políticas de todo tipo, con una recurrencia que pareciera maniática, si no diabólica, porque a eso, precisamente, los ha acostumbrado la tan sui generis derecha nacional a lo largo de los últimos veintitantos años, al extremo de hacer parecer su persistencia en la derrota como algo normal e inevitable. Son los dueños de las grandes empresas del país, que crecieron, paradójicamente, sin noción alguna de gerencia que no fuera más allá del acomodo y el rascabucheo de los erarios públicos y del subsidio del Estado, cuya misma escasez de noción y de sentido común es aplicada en ese festival de las estrategias del desaliento que orientan hoy a la oposición nacional. Hacen incluso que tengamos en Venezuela el único «paro indefinido» del mundo que no genera desabastecimiento ni carestía alguna, porque según su fatua comprensión del sistema social, lo que importa es la intención y no los resultados, sobre todo cuando, como suele sucederles, estos son tan desastrosos que logran un impensable y extemporáneo repunte de su enemigo en las encuestas. Hizo creer, esta derecha de pacotilla a sus acólitos de la clase media, casi extinta ya por las desgracias que la persiguen desde hace más de veinte años, que era este el único país del mundo donde se podía producir el disparatado fenómeno de que haya más gente de la clase media que pobres, animándola con eso a pedir un referéndum que hasta Dios sabe que tienen que perder. Desde el mismísimo Presidente de la Procter & Gamble hasta el ex presidente LeCler de Suráfrica, reconocen hoy por igual, sin el más mínimo equívoco o resquemor de duda, que los pobres triplican y hasta cuadruplican a las demás clases sociales en todas las sociedades del mundo. En eso han basado ambos, la empresa y el derrocado mandatario, su prestigio y sus logros. Sin embargo aquí la torpe oligarquía venezolana ha convencido a la clase media de que ella sola, por sí misma, pudiera ganar un antihistórico referéndum como el que esta gente se ha planteado, desconociendo, una vez más, a los humildes, el sector más depauperado y mayoritario de la sociedad. ¡Como en los viejos tiempos!, diría jactancioso cualquier vaquero del viejo oeste americano. Una tendencia a ir contra la historia que en verdad llama a condolencia. Igual se equivocaron (y nos hicieron perder el tiempo y toda la riqueza nacional que un día tuvimos) con Pérez, que Dios lo cuide, con ese muchacho de pecho llamado Luis Herrera, con Lusinchi. ¡Ay, Lusinchi!, y hasta con esa inmaculada díada divina que conformaban Caldera y su Carta de Intención, fundidos en un solo ser de ineptitud y de atraso, para después decirnos con su cara muy lavada, en cada oportunidad, que había que sacarlos a patadas de palacio. Ahora, dueños de un paro que arruina solamente a sus amigos empresarios y comerciantes pero que no para al país, que hace revitalizar y radicalizar la direccionalidad del gobierno y que permite visualizar más claramente que aquí el único que en verdad trabaja por Venezuela es Chávez (que salva, otra vez, al país de la debacle que pudiera ocasionar un sector empresarial prostituido y sin tino político), y cuyo único «mérito» es emprender acciones sin triunfo a cada rato, como la de pretender paralizar la actividad económica de sus propios seguidores para después acusar al Presidente de sus desgracias, pretenden seguir encaminando el país hacia más acciones de torpeza y de fatiga sin sentido. Mientras tanto, la historia continúa...
|
||||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|