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La doctora que vino de Harvard

Alberto Aranguibel
diagonal@cantv.net

Lunes 3 de abril de 2000

aaranguibel
Alberto Aranguibel
Marta Colomina (a quien, como hemos dicho, sólo le falta utilizar como argumento contra el gobierno que los atardeceres que se están dando durante el gobierno de Chávez son peores que los que ella veía cuando Lusinchi, o cosas por el estilo), apela a argumentos en verdad insólitos contra el régimen. Ella, como todos sabemos, no es analista política. Ella es una simple periodista que, en virtud de la inédita libertad de expresión que se vive en el país, se ha venido erigiendo en adalid de la oposición gracias, precisamente, a sus insensatas y manidas aseveraciones contra Chávez. Es decir, su espectáculo cotidiano, que ciertamente tiene más de show chismográfico pueblerino que de sección de comentarios o de análisis noticioso, sirve mucho a los intereses de nuestra tan glamorosa y ofendida clase media, que es quien la escucha, porque de alguna manera llena el severo vació de argumentos inteligentes y posibles contra Chávez, aún cuando para ella el asunto no pasa de ser un problema personal, como deja verlo impúdicamente (¿o ingenuamente?) en sus obsesivas aseveraciones, al extremo de causar permanentemente en uno esa sensación de vergüenza ajena que tanto incomoda.

Se sabe que su empecinamiento se origina en su necesidad de aplicarle al gobierno actual la vieja y simplista regla boxística de disparar contra el contendor antes que éste arremeta contra uno («el que pega primero»... etc.), porque su miedo inicial, como el de todos los adecos que estuvieron haciendo de las suyas en el poder, era que el actual gobierno pudiera sacarles las cuentas sobre los dineros malamente sustraídos del erario público a cada uno de ellos. Lo que pasó fue que se le volvió hábito, incluso sin considerar que Chávez, no sólo no hizo nada contra los adecos (por lo menos como ellos lo esperaban; cárcel, exilios, expropiaciones de yates y apartamentos de playa, etc.), sino que hasta un premio de periodismo le entregó a ella (¿si este gobierno en verdad está manejado por un oligofrénico, como ella sostiene, por qué no devolverá el premio ese que le dieron?).

Ahora Marta se sacó la lotería. Encontró como argumento contra el gobierno a una doctora que trajo de Harvard y que, además, habla igualito que ella. Se interpretan sus «psiquis» cabalmente, diría Chirinos.

Uno siempre conoció como egresados de esa imponente institución académica que es Harvard, gente de trascendencias universales, a través de la cual hemos aprendido a cogerle respeto a esa soberbia casa de estudios. Por eso, en principio, eso de presentársenos en medio de una gran alharaca con una señora que, si mal no recuerdo, más que de «doctora de Harvard» más bien tiene nombre de empanadera o de mamá de pelotero, como la doctora que nos trae Marta, supuestamente para esclarecernos sobre lo desacertado de tener un presidente de tal o cual catadura psicológica, nos parece por lo menos una impostura que de seguro tiene revolcándose al mismísimo John Fitzgerald en su humilde tumba de Arlington.

Marta la lleva y la trae.

Se la llevó a Bocaranda.

Corriendo se la llevó después a Pedro Penzini.

La sacó por televisión, incluso llamándola por teléfono.

Casi se volvía loca Marta con lo de ...¡la doctora que vino de Harvard!

Y resulta que la doctora de Marta no es ni la gran cosota. La doctora de ella hace trampas. Hace como aquel que se ufana de sabio cuando hace un crucigrama, pero ocultando que fisgonea las soluciones invertidas al pie de la página. Dice que el Presidente es un no-sé-qué-clase-de-defecto-patológico porque «se envuelve en la bandera nacional cuando va a jugar béisbol» (sin siquiera percatarse, por cierto, de que ese, que usa hasta el mismísimo Antonio Ledezma en sus apariciones dominicales, es el uniforme de las delegaciones deportivas venezolanas desde tiempos de Carlos Andrés), y que el Presidente es no-sé-qué-otra-cosa-clínica porque «le gusta aparecer reiteradamente en televisión», y que el Presidente padece de no-sé-qué-otro-desajuste, porque «trata a los demás como subordinados» (?).

Es decir; la doctora de Marta (como la mayoría de los sicoanalistas) acomoda la terminología médica que supuestamente el resto de los mortales no manejamos o entendemos, a una serie de comportamientos normales y perfectamente válidos de un individuo para hacerlos aparecer como defectos. Pareciera que el propósito fundamental de su carrera fue el de aprenderse la mayor cantidad de terminología indescifrable para poder colocarse por encima del resto de los mortales y manipularlos a su antojo, sin derecho a refutarla, por lo demás, porque uno no sabe de eso.

Los sicoanalistas han tenido siempre ese percance. Todos, sin excepción, se reducen intelectualmente a estandarizar los problemas de los demás y encasillarlos en rígidos códigos pre-ensamblados, como «estado depresivo crónico», «paranoia galopante», «manía persecutoria persistente», etc., para esconder su impericia en rebuscamientos terminológicos de difícil comprensión, usados para explicar como descubrimientos clínicos los más simples acontecimientos cotidianos como el cansancio, el hambre o las ganas de hacer el amor con una prima. De ahí no han podido salir desde los tiempos en que Segismundo se empeñó en encasillar cosas tan complejas (y supongo que muy encriptadas para un anciano de su época como él) como la diversidad del comportamiento sexual de la gente o esa cosa tan infinitamente variada y particular que son los sueños de las personas.

¿Qué podría decirse entonces de Marta? ¿De la excesiva aparición de Marta en televisión, radio y prensa todos los días (metiéndose incluso hasta la impudicia en los programas de los demás, como lo hace todos los días en el de Pedro Penzini, en el de Nelson Bocaranda y en el de Carlos Fernández, como si los espacios suyos no fueran suficientes) no es «megalomanía», «hedonismo», o «afán de personalismo»?

¿Y a la sed de trascendencia y notoriedad implícitos en el empeño de la doctora de Marta por publicar libros de sicología cómo se le llama?

Así cualquiera es doctor, no digo de Harvard.

Ni para la doctora de Marta, ni para Marta, es importante la tan substancial evolución que hemos tenido en este país política y ¡económicamente! en lo que va de período. Para ellas el que éste haya sido el primer gobierno de nuestra historia que destituya jueces corruptos, no tiene nada que ver con estabilidad y desarrollo económico. Ni tiene que ver el que, por primera vez en la historia del hidrocarburo, el petróleo suba de precio gracias exclusivamente a una política diseñada desde Venezuela y no en virtud de una guerra en el Medio Oriente o por causa del invierno en el Norte. Ni tampoco el que es éste el primer gobierno que frena la inflación que tanto cacarearon como determinante los economistas y políticos de todas las corrientes durante más de quince años sin lograr hacer nada. Ni mucho menos el que en el país se han inaugurado en dos años más (y más gigantescos) centros comerciales que en los últimos treinta años juntos. Ni que el desarrollo de las franquicias en Venezuela nos ha permitido colocarnos en sólo dos años por encima de todos los países latinoamericanos, con excepción de México y Brasil, en términos de movilización de capital y expansión de negocios, gracias a una estabilidad monetaria y rebaja de tasas de interés bancario que ningún gobierno anterior pudo ni medianamente producir.

Para ellas, el jueguito de «vamos a ver quién le gana al presidente» es lo importante. Sería ideal que, ante la falta de argumentos serios contra el gobierno, el Presidente dejara de decir públicamente las cosas que está haciendo. Que se callara. Por eso hay que decir que está loco.

Para ellas eso es bueno. Las desgracias que nos vuelvan a caer encima, producto de la inestabilidad que significaría cambiar de nuevo un presidente sin terminar un período, no son importantes. Ellas sí son las lumbreras que nos van a traer inversiones extranjeras.

Me hacen recordar la respuesta de Franklin Guzmán a un impertinente que en medio de una fiesta le advirtió prepotente acerca del «tratativo» que debía darle si pensaba dirigirse a él, a lo que Franklin le dijo: «¿Y por qué te voy a decir “doctor” si yo no estoy enfermo?»


Marta Colomina en La BitBlioteca
María J. Bustamante, Desorden constitucional de origen orgánico

Alberto Aranguibel B., especialista en imagen corporativa y política, es reconocido como creador de un modelo de planificación estratégica de imagen y campañas políticas sin precedentes en el ámbito latinoamericano. En Venezuela ha asesorado y dirigido desde hace más de quince años campañas para importantes partidos y dirigentes políticos a nivel nacional y regional. Actualmente dicta conferencias en esta materia y es colaborador de opinión en Venezuela Analítica, diarios El Nacional , Últimas Noticias y la revista Calidad Empresarial. Preside las empresas Optimisa C.A., centro profesional para la optimización de imagen y gestión pública, y Promociones Diagonal C.A. de servicios publicitarios integrales.



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