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¿Inversiones o aversiones extranjeras?

Alberto Aranguibel
diagonal@cantv.net

Marzo de 1999

aaranguibel
Alberto Aranguibel
Desde que el término «inversiones extranjeras» se enquistó definitivamente en el habla venezolana, hace ya unos quince años, un muy nutrido sector de la pacatería política del país, ha adquirido la muy desagradable manía de reaccionar a los tropiezos, vaivenes, reacomodos o imposturas de nuestro quehacer económico, alarmándose en forma cada vez más desproporcionada por el «qué dirán» esa suerte de espectros errantes de las finanzas internacionales, sin que hayamos podido pasar en todo este tiempo de una ruín condición de «embarcados con los crespos hechos».

En efecto, la sempiterna amenaza del disgusto o desencanto que pueda ocasionarle a las «hipersensibles» «inversiones extranjeras» nuestro comportamiento en el ámbito económico o político del país, recuerda más a aquella inefable figura de la «novia de pueblo», que desprecia terca y reiteradamente los favores de los más prometedores ejemplares de la comarca, en un eterno esperar del distante e intengible príncipe azul que nunca siquiera conoció.

Se nos vive convocando a que nos comportemos así o asao, porque si no las «inversiones extranjeras no van a venir». Que el presidente (como se insiste ahora) no debe decir tal o cual cosa, porque «vamos a ahuyentar las inversiones extranjeras». Que «debemos privatizar para atraer las inversiones extranjeras», etc. etc., y ésta es la fecha en que hemos aumentado astronómicamente las tarifas de todos los servicios, creado y aumentado toda clase de impuestos, vendido casi todos los activos del Estado a precio de gallina flaca, es decir; nos hemos puesto peinaditos y muy bien arregladitos ¿y las benditas «inversiones extranjeras»?... ¡Muy bien, gracias!.

Se nos dijo siempre que el Fondo Monetario lo tenía todo muy claro; en tiempos de Carlos Andrés, por ejemplo, se nos obligó a aumentar la gasolina, aún a costa del inmenso padecimiento de los venezolanos. Como resultado de aquello cayó el gobierno de Pérez. Vinieron los aumentos desmedidos del gobierno de Caldera, se desatendió una vez más el sector productivo nacional en función de la atención a la inversión externa, hoy se paga la gasolina a razón del cinco mil por ciento más cara que en aquel entonces, ¿y las inversiones extranjeras»?... Ya vamos pa’ allá.

Paradójicamente, si se hace una revisión por encimita, uno encuentra que sólo un acontecimiento, a mediados del gobierno pasado, logró que ingresara al país, en una sóla operación, el quíntuple del ingreso de divisas que supuestamente atrajo el programa de la tan cacareada Agenda Venezuela, y no precisamente por el obediente, sumiso o timorato comportamiento que se empeñó en adoptar entonces el Estado Venezolano, sino por una de las trapisondas más inmorales y bochornosas que recuerde la historia del mundo empresarial internacional (en nada parecida a la prudente compostura que siempre se nos exige), y que se conoció como «la guerra de las colas». Aquella en la que un conocido empresario venezolano vendió a su socia embotelladora, nada más y nada menos que con su más acérrima enemiga y competidora, obligándolas a invertir (no propiamente en el país, sino en su guerra particular), en el orden de mil quinientos millones de dólares cada una, con el añadido de que lo que ingresó por la Agenda Venezuela no fue inversión sino mayor endeudamiento externo.

Pareciera que las famosas «inversiones extranjeras», quizás por su propia condición de parias y de nómadas ampulosas, en vez de la cautela que tanto nos piden quienes se quejan tan insistentemente de nuestra búsqueda de un camino propio para resolver los problemas del país, perfilado a partir de nuestra verdadera realidad y que decididamente coloque como centro de su acción el bienestar de la gente, lo que prefieren son la agresividad y la audacia, independientes de las recetas impuestas, que esos tristes y solitarios «novios de pueblo» tanto temen. Probablemente en la discutidera de esto ha estribado en buena medida nuestro atraso y nuestra incapacidad de despegue. Una buena oportunidad para repensar el discurso.


Alberto Aranguibel B., especialista en imagen corporativa y política, es reconocido como creador de un modelo de planificación estratégica de imagen y campañas políticas sin precedentes en el ámbito latinoamericano. En Venezuela ha asesorado y dirigido desde hace más de quince años campañas para importantes partidos y dirigentes políticos a nivel nacional y regional. Actualmente dicta conferencias en esta materia y es colaborador de opinión en Venezuela Analítica, diarios El Nacional , Últimas Noticias y la revista Calidad Empresarial. Preside las empresas Optimisa C.A., centro profesional para la optimización de imagen y gestión pública, y Promociones Diagonal C.A. de servicios publicitarios integrales.



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