Siempre me pregunté por qué cuando en el resto del mundo las bolsas de valores entraban en crisis, la de Venezuela sufría el prodigioso fenómeno de eso que los técnicos llaman un «avance» considerable. En un principio me convencí de que tal incongruencia obedecía al simple hecho de que en nuestro país, a diferencia de lo que suelen ser los egoístas y malintencionados capitalistas de cualquier otra parte del mundo, la oligarquía venezolana siempre ha sido un clan de comportamiento más bien gremial y solidario. Los ricos en Venezuela han dado suficientes muestras de ser una clase social seriamente organizada, incluso en la forma tan perfectamente sistemática en que se reúnen para vivir juntos en el Country Club o en la Lagunita, según convenga a su propia moda, incapaces de caer ¡jamás! en la tentación de la envidia o de la mezquindad. Precisamente, cuando aquí sube la bolsa de valores, es porque para ellos es más fácil y menos riesgoso llamarse por teléfono y advertirse acerca de los tales o cuales peligros que representaría la subida de las acciones de cualquier empresa «coleada» que no sea del clan, para dejar entonces las cosas en su santo lugar. El proteccionismo estatal, muy al contrario de lo que dictan los preceptos de la teoría del «libre mercado», es el estadio perfecto para esta gente, fundamentalmente porque (además del dinerillo extra que ello significa) les ahorra el engorroso proceso de las predicciones económicas y de los escenarios de mercado, en los cuales la elaboración de variables de costo y el análisis de incrementos de la cadena de distribución y demás yerbas, son sólo un dolor de cabeza innecesario y fastidioso. Si usted puede ponerse de acuerdo con su competidor para subir conjuntamente los precios de sus productos y atrapar de manera inmisericorde al consumidor en una telaraña de discursos sobre la rigurosidad de la oferta y la demanda como factores de supuesto abaratamiento de la vida sin arriesgar nada, ¿para qué darse mala
ídem? ¿Por qué echar a perder un buen fin de semana en Puerto La Cruz, en el yate de la casa, por estar pendiente de la evolución del mercado?
Uno ve en todos los noticieros de nuestra televisión (y de la del mundo entero, supongo), en principio con extrañeza y luego con resignación, cómo, mientras las bolsas de otros países son una agitadísima plaza multitudinaria saturada de enérgicos corredores (por eso los llaman así), que en medio de una compleja maraña de aparatos electrónicos para la transmisión de datos gritan desaforadamente por hacerse de una porción cualquiera del mercado del tocino o de la cebada, por ejemplo, en Venezuela la bolsa de valores es un grupo de media docena de yuppies reencauchados y de viejitos fatigados sentados como en una sala de espera de una lujosa clínica, que miran con cara de desconcierto unos monitores de distracción y que en vez de la convulsa tarea de batir papeles de compromiso en el aire, están más bien fumando o sobándose la barriga. Los ricos, en vez de perder el tiempo en ese calvario de poses financieras en el que ponen a estos incautos para cumplir con el ritual de las formalidades del mercado de valores, «resuelven» con el Presidente de turno, en algún congreso o simposio empresarial en algún lujoso hotel capitalino, cómo van a hacer para incrementar una vez más los precios.
¿Y la tan anunciada disminución de precios que traería el libre juego de la oferta y la demanda? ... «No, Presidente, eso lo dejamos para después. ¡Ahorita, échese un palo, que no lo vamos a importunar con más trabajo del que ya tiene!».
Por eso resulta harto cómico que, por ejemplo, cuando el país se debate entre la crisis más espeluznante de todos los tiempos y la profunda incertidumbre que agobia a los técnicos más avezados de la economía y de la planificación estatal, estos señores de la bolsa concluyan con la mayor simplicidad un diagnóstico cualquiera, y eso solamente haga subir y bajar el valor del bolívar o el costo de los servicios públicos sin más ni más. Uno oye en los noticieros cosas como: «Hoy el corro capitalino marcó un leve retroceso de treinta y tres puntos en relación a la jornada anterior, debido a la aparatosa caída que tuvo hoy la esposa del Ministro de Hacienda en una escalera mecánica del Sambil», sin importar cuánto el Presidente haya tenido que batirse o no ese día con treinta o cuarenta mandatarios del hemisferio occidental para estimular las inversiones hacia el país. (Vale la pena preguntarse si, en vez de tanto padecimiento por el alza o no de la bolsa, no sería conveniente que el Estado produjese una serie de documentales bien bonitos sobre ecología o historia de la seda y cosas así, que pudieran ser exhibidos gratuitamente a estos señores de la bolsa durante eso que ellos llaman «la jornada de hoy» e impedirles que vean los noticieros, de modo tal que nos evitásemos los terribles diagnósticos del fracaso que estos tan peculiares «corredores» articulan desde su salita de resignación).
Esa particular tendencia hacia el diagnóstico del fracaso, más allá de la caricatura, puede hacer (y seguramente hace con frecuencia imperceptible) más daño del que podamos imaginarnos. Por ejemplo, ¿cómo se conecta el
discurso de Olavarría en el Congreso Nacional el 5 de julio con la caída de la bolsa al día siguiente, tal como ellos lo argumentaron? Eso, por mucho que usted quiera darle vueltas, no se explica así nada más. Primero, porque Olavarría, como institución, no cotiza en la bolsa (salvo las acciones que posea de alguna o algunas empresas cotizantes). Segundo, porque lo de la loquetera del descabellado personaje no es nada nuevo en el país, como para argumentar que fue una sorpresa para el mundo financiero. Y tercero, porque, como todo el mundo aceptó (incluido el impúdico salasrromerismo nacional), la insensatez y la mediocridad de «el loco» (como lo llama el país entero gracias a sus inefables y siempre dislatadas ocurrencias) logró fue fortalecer la imagen del presidente
Hugo Chávez, lo que en sí mismo debiera ser un signo positivo que más bien debió hacer subir el «índice» ese que estos señores tanto idolatran. Las reveladoras contorsiones gestuales del loco en la tarima de oradores del Congreso, el evidente e incontenible nerviosismo de quien se sabe incurso en una muy pícara felonía infantil mezclado con los signos evidentes de la sádica satisfacción de quien se propone sacarle el ojo al perro de la casa de manera traidora y artera, además de la ridícula pretensión de que uno podría en algún momento llegar a hacerle algún caso a este inverosímil personaje, fue solamente la consagración, al más alto nivel, del loco de carretera más destacado y sifrino que tenemos en el país. ¿Cómo, entonces, es que la bolsa cae por lo que dijo Olavarría en el Congreso? ¿Por qué el bolívar de todos lo venezolanos se hace más caro porque unos señores genuflexos dictaminan que el discurso de este payaso con billete fue en alguna medida revelador de alguna supuesta inestabilidad o incompostura nacional?
Como país que persigue encontrar el rumbo correcto de la armonía económica, preocupado por el logro de la concordia y de la sensatez que tanto reclamamos, el fenómeno del desmedido valor que tienen los tan empíricos análisis sociopolíticos de la bolsa es algo por lo que debemos preocuparnos.