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Sección: Bitblioteca
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Al cumplirse 58 años de su nacimiento
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Pablo Milanés, Eduardo (arreglista de Pablo), Alberto Aranguibel, alguien que no recuerdo, Alí Primera y Sol Musset |
Eran cerca de las tres de la tarde y ya para ese momento me encontraba lamentándome junto a mi hermano Leonardo por no haber logrado resolver el dilema de cómo conseguir la forma de llegar al mitin de cierre de campaña de José Vicente, pautado para ese día en la Plaza El Cónsul de La Guaira. Muchachos de muy escasos recursos como éramos (para nuestro más hondo pesar), se nos presentaba con una insoportable y odiosa frecuencia la deplorable circunstancia de no disponer de dinero ni siquiera para el destartalado autobús de El Llanito/San Ruperto, cuyo pasaje para aquel entonces costaba apenas un «medio».
En aquel «importante» evento se esperaba la presencia de lo más granado de la dirigencia masista de aquel tiempo, así como la asistencia de importantes figuras de la vida nacional, como rigurosamente les llamaban, que apoyaban, más que a la candidatura en sí, al fogoso y singularmente vanguardista partido que, al contrario de lo que fue su maltrecha y rocambolesca evolución, estaba perfilándose entonces. Pero quizás el mayor atractivo que para nosotros tenía aquel evento, era que quien estaba anunciado para cerrar el acto era nada más y nada menos que «el cantor del pueblo». Por eso para mí fue una verdadera revelación encontrarlo a punto de tomar un carro para irse a La Guaira justo cuando yo ya había descartado mis posibilidades de trasladarme hasta allá.
Entre enredos y traspiés para salir del apartamento, bajar las escaleras y cruzar la tan transitada Avenida Victoria (donde vivíamos), logramos alcanzar a aquel ya tan famoso personaje, quien, de manera inusualmente consecuente entre gente de aquellos tiempos, estaba esperándonos de lo más tranquilo en su acera, dejando de lado lo apremiante de su escaso tiempo para llegar al evento.
Con él (gracias a su desprendido gesto de pagar él sólo el taxi y bajo nuestro compromiso de ayudarle a cargar los instrumentos, a manera de humilde retribución) logramos finalmente llegar hasta La Guaira, después de una gratísima, larga e inolvidable conversación y de una breve escala en casa de un hermano suyo que vivía en Catia.
Sin lugar a dudas, lo más significativo de aquel encuentro (que ya de por sí hablaba mucho de su franca y extraordinaria condición humana) fue que para ese momento no nos conocíamos y, por supuesto, él no sabía ni siquiera el nombre de quienes lo abordábamos de manera tan abrupta y hasta abusiva. Sin embargo, pasando incluso por encima de un elemental sentido de privacidad, o hasta de seguridad, su aceptación a nuestra solicitud de «la cola» fue inmediata y sin ambages... como era él.
Con el tiempo tuve la oportunidad de corresponderle. En una ocasión, regresando de Antímano en mi «nuevo» carrito usado, lo encontré parado en un montículo al borde de la carretera a la altura de La Yaguara, donde seguramente, como cualquier Pedro Pérez, esperaba otro taxi. Le silbé. Se montó. Arrancamos. Y (al igual que las múltiples oportunidades que vinieron después) seguimos compartiendo la invalorable, estrecha y muy cariñosa amistad con la que ya, desde aquel insólito principio y para siempre, me había honrado.
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