Caracas, Jueves, 24 de abril de 2014

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 Ortografía castellana

Bello

Publicado en El Repertorio Americano, Londres, abril de 1827, p. 10-16.
Exprese su opinión en nuestro foro sobre la nueva ortografía de la Real Academia Española

Hasta muy pocos días ha, no llegó a nuestras manos un articulo del Sol de Méjico (15 de julio de 1824), dirigido a los autores del discurso sobre la conveniencia de simplificar la ortografía, que se dió a luz en la Biblioteca Americana, y ha sido reimpreso con algunas adiciones en el tomo primero del Repertorio.

Agradecemos al señor N. N. la comunicación que nos hace; pero hubiéramos deseado una noticia más por menor de la traducción castellana que cita del tratado sobre los sacramentos de la iglesia por el arzobispo de Florencia MARTINI, impreso con una ortografía que bajo muchos respectos se asemeja a la nuestra. La misma individualidad sentimos echar menos en lo tocante a El moribundo socorrido; pero de todos modos nos lisonjea mucho la atención que algunos literatos de Méjico han prestado a nuestro discurso, sea modificando las opiniones expresadas en él, sea rebatiéndolas. La discusión es el mejor medio de fijar el juicio; y si mediante ella llegamos a convencernos de que la práctica recomendada por nosotros produciría más inconvenientes que utilidades, seremos los primeros en abandonarla, y nos abstendremos de turbar a la etimología y el uso en el goce pacífico de su jurisdicción sobre materias ortográficas, que a nosotros ha parecido siempre usurpada.

»La ortografía (dice con razón el ilustrado traductor del arzobispo florentino) se reduze al uso de las letras, o de los signos con qe se espresan los sonidos; a la puntuazion para denotar el sentido qe se ha de dar a las oraziones; y a la azentuazion, para distinguir o marcar la cantidad de las sílabas, esto es, para qe se conozcan las qe son largas, o en qe se á de cargar la pronunziazion en los casos dudosos.

»En cuanto a la puntuazion, en nada nos apartamos de las mejores reglas rezibidas. Por lo qe aze a los azentos no creemos nezesario mas qe uno, qe le usamos solamente en la sílaba larga, qe lo reqiere, para evitar eqivocaziones i para uniformar en esto la pronunziazion, qe suele variar en algunas provinzias.

»Y en lo respectivo al uso de las letras, qe es la piedra del escándalo, toda nuestra variazion se reduze a suprimir la h, y la u vocal, cuando no suenan, ni azen falta para qe se pronunzie el sonido qe se qiere espresar; a escluir la k por estraña y superflua, y la x por qe, a mas de ser eterojénea, y no nezesaria, tiene diversas pronunziaziones, y es muy espuesta a eqivocar su sonido en la lectura, como de facto suzede.

»Tambien escluiriamos la z por sobrante y estraña de nuestro alfabeto, y de uso inzierto, si estuviese en nuestra mano azer qe, escribiendo con c, ca, ce, ci, co, cu, pronunciasen todos za, ze, zi, zo, zu, por qe entonces pondríamos qa, qe, qi, qo, qu, con q, en lugar de ca, con c, qe, qi, con q, y co, cu, con c: y con esto seria perfecto nuestro alfabeto: cada signo espresaria un sonido, y no mas, y ningun sonido tendria mas qe un signo, qe le espresase, y todos escribirian con uniformidad. Pero como la c en las sílabas ca, co, cu, la pronunzian todos como q, y para qe tenga el sonido de ce, o ceda, es menester usar de la z, se conserve esta letra, estendiendo su uso a las sílabas ze, zi, qe es en lo qe está la diferenzia, por qe así nadie equivocará el sonido con qe á de pronunziar, pues nos acomodamos al qe todos dan a la z, y usamos de la c solo para las sílabas ca, co, cu, qe nadie errará, por ser conforme a la pronunziazion jeneral de este signo en dichas sílabas.

»Por la misma razon, escribimos ga, gue, gui, go, gu, con g; y ja, je, ji, jo, ju, con j, qe todos pronunzian sin tropiezo ni eqivocazion; y solo diferimos en usar de la j, y no de la g antes de la e y de la i, en qe su sonido es de j, y asi nadie se eqivocará en lo que nosotros escribimos, fijando a cada uno de los dos signos el uso qe le corresponde, conforme a la pronunziazion comunmente rezibida y no suprimimos la u en gue, gui, por qe pronunziarian je, ji.

»Finalmente, no introduzimos ninguna letra, o signo nuevo, y nos valemos de los nezesarios del alfabeto castellano para los sonidos qe todos les dan.

»De esta materia se an escrito de un siglo a esta parte varias obras, y buenos discursos en los diarios de esta ciudad y en los de Méjico, y en las recomendables gazetas de Guatemala, que permanezen victoriosos, aunqe varian en aczidentes: y creemos qe si no los siguen todos los qe los an leído, es por lo qe dijo el poeta, quae imbertes disdicere, senes perdenda fateri erubescunt. El traductor de ambas obras es viejo, y á escrito, e impreso otras varias en el metodo comun; pero la corruptela, el uso, y la costumbre misma deben zeder a la razon.

»Estamos bien persuadidos de qe la real academia española lo conoze así, y de qe por pura prudenzia no á echo de una vez la reforma, qe cree justa y nezesaria, a fin de no chocar con la preocupazion y la ignoranzia de los nezios, cuyo número es infinito».

Así dice este literato, y hemos copiado con exactitud su ortografía, para que nuestros lectores menos instruídos vean que ni somos singulares en nuestro modo de pensar, ni han faltado hombres juiciosos que llevasen las reformas en materia de escritura algo más allá que los editores del Repertorio. Nuestro sistema no es nuevo, ni, cuando dimos el artículo citado de la Biblioteca, tuvimos la menor pretensión de originalidad. Si se examinan nuestras reglas ortográficas, se verá que apenas hay una que no haya sido puesta en práctica antes de ahora. Tenemos a la vista la primera edición del Terencio traducido por PEDRO SIMÓN DE ABRIL (Alcalá de Henares, 1583), Y en ella observamos que se escribe el verbo haber sin h; los verbos hacer, decir, traducir, inducir, los nombres jueces, veces, vecinos, vecindad, hacienda, y otros semejantes con z; la preposición a y la conjunción o sin acento. En el Sabio instruído de la gracia del padre FRANCISCO GARAU (Barcelona, 1711 ), tenemos excluída la h de todas las voces en que no suena; los plurales veces, cruces, luces, los derivados lucimiento, lucero, voracidad, y otros que se hallan en igual caso, con z; i por y cuando hace de conjunción, y en los diptongos como rei, voi; a, i, o, sin acento. Iguales observaciones pueden hacerse en multitud de otros libros, y no dejaremos de citar particularmente el ejemplo del erudito MAYÁNS. Nuestras reformas por otra parte son consecuencia inmediata de los principios que ha seguido en las suyas la Real Academia Española. ¿No se desentendió ésta de la etimología y el uso escribiendo elocuencia, cual, cuanto? ¿Es más repugnante a la vista el sustituir la j a la g en ánjel, injenio, que la g a la x en exemplo, exercicio? Se pudo poner i por y, en bayle y peyne, ¿y no se podrá hacer otro tanto en taray, convoy? Si los que reprueban nuestro sistema condenasen también el de la Academia, serían a lo menos consecuentes, y mostrarían conducirse en sus juicios por algún principio racional, y no por el hábito envejecido de preferir autoridades a razones. Y si condenan las reformas de la Academia, quisiéramos preguntarles: ¿Qué sistema es el suyo? ¿En qué época de la lengua suponen fijada invariablemente la ortografía? O ¿en qué consiste la perfección de la escritura? O ¿con qué argumentos prueban que la suya ha llegado a este dichoso término de que ya no puede pasar?

El señor N. N. nos dice que conserva en su poder una carta en que se oponen las objeciones más fuertes contra el nuevo sistema por un sujeto de la más recomendable opinión. Mucho celebraríamos que nuestro respetado corresponsal se hubiese tomado el trabajo de indicárnoslas, y que, en obsequio de la ilustración americana, continuase y diese a luz el discurso que comenzó a escribir sobre la materia.

«El uniformar la escritura (añade el señor N. N., cuya ortografía copiamos), fijando el alfabeto con los signos nezesarios para espresar los sonidos de nuestro idioma, y escluyendo los superfluos, o eqivocos, se debe azer por un cuerpo literario, como la academia de la lengua castellana, por qe si no serian interminables las disputas i costaria mucho llegar al fin. Aora se acaba de instalar el instituto, o academia de zienzias i bellas letras, i en esta debe esperarse qe se tome en considerazion el asunto, reuniendo a mas de las obras zitadas por ustedes la qe escribió e imprimió en esta ziudad don José Ybargoyen, otra de un anonimo publicada en Madrid el año de 1803, la de don Gregorio Garcia del Pozo, impresa en la misma carta en el año de ... i los opúsculos dados a luz en 821 y 823 en Veracruz i Jalapa por el profesor de primeras letras don Felix Mendarte».

Mucho debe esperarse de la ilustración y celo de los individuos que componen el nuevo instituto mejicano; pero no esperamos que la uniformidad en materia de escritura, que no pudo lograrse durante el reinado de la Real Academia, sea posible de obtener después de la desmembración de la América castellana en tantos estados independientes entre sí y de España. Tampoco creemos que a ningún cuerpo, por sabio que sea, corresponda arrogarse en materia de lenguaje autoridad alguna. Un instituto filológico debe ceñirse a exponer sencillamente cuál es el uso establecido en la lengua, y a sugerir las mejoras de que le juzgue susceptible, quedando el público, es decir, cada individuo, en plena libertad para discutir las opiniones del instituto y para acomodar su práctica a las reglas que más acertadas le parecieren. La utilidad de estos cuerpos consiste principalmente en la facilidad que proporcionan de repartir entre muchas personas los trabajos, a veces vastos y prolijos, que demanda el estudio y cultivo de una lengua. La libertad es en lo literario, no menos que en lo político, la promovedora de todos los adelantamientos. Como ella sola puede difundir la convicción, a ella sola es dado conducir, no decimos a una absoluta uniformidad de práctica, que es inasequible, sino a la decidida preponderancia de lo mejor entre los hombres que piensan.

Pero ¿no es de temer, se dirá, que esta libertad ocasione confusión, y que, tomándose cada cual la licencia de alterar a su arbitrio los valores de los signos alfabéticos, se formen tantos sistemas diferentes como escritores? Nosotros no lo tememos. Entre las varias tentativas que se hagan para perfeccionar la ortografía, prevalecerán aquéllas que la experiencia acredite ser las más adecuadas al fin; el interés propio hará que cada escritor someta su opinión a la del público literario; las academias mismas se verán precisadas a respetarla; y las extravagancias en que incurran algunos pocos por la manía de singularizares no tendrán séquito ni sobrevivirán a sus autores.


Real Academia Española, Ortografía de la lengua española. Edición revisada por las Academias de la Lengua Española [prólogo]
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