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En la parada, por favor

Ana Black

El Nacional, domingo 1º de agosto de 1999

Un analista político, un ministro de hacienda, un juez, un profesor, un constituyentista que no haya hecho aunque sea un viaje en camionetica (por puesto para los rezagados) jamás podrá ejercer con propiedad las funciones que le fueron encomendadas. Nadie puede entender realmente cómo funciona el razonamiento del venezolano si no ha realizado el recorrido Petare-Carmelitas a las 6 de la tarde de cualquier viernes, al menos una vez en la vida.

Desde el destartalado aspecto, hasta el sistema operativo de esas unidades son reflejos fidedignos de aquello que los peritos llaman nuestra idiosincrasia y que mantiene a flechas y darlos en un apacible estado virtual gracias sólo a la ausencia de la ene. Allí lo que parece caos es sistema, lo que aparenta urbanidad encubre la anarquía y el tamaño simplemente ampara la prepotencia. Pero también coexisten la solidaridad, la chispa y la alegría, los más lujosos ornamentos de nuestra casta.

Este sistema de transporte público funciona por el sistema de tarifa mínima, esto es: un pasajero que aborda la unidad en Petare y se baja en Centro Plaza no paga lo mismo que uno que se monta en la misma parada pero que la abandona en Chacaíto. El segundo debe pagar más. Pues bien, el segundo siempre, siempre intentará engañar al conductor con el pago del pasaje mínimo y la mirada desviada. El conductor nunca, nunca cae en la trampa. «¿Y tú no vienes de Petare, pues?» Para mí es inexplicable cómo llevan el control de quién sube y en cuál parada.

Tanto para pasajeros como para choferes el concepto de parada es de una flexibilidad única. Olvídense del civilizado timbrecito, el uso de la pura voz es lo que procede. Estación o parada significan, para todos por igual, cualquier parte. Pedir «en la parada, por favor» expresa «déjeme donde más le convenga, pero que sea en esta cuadra». Los hay más honestos que piden abiertamente ser dejados «donde pueda», y los hay más específicos que solicitan apearse «en la arepera, pana». El chofer complace peticiones siempre y cuando y esté de ánimo y la distancia entre el punto en que fue hecha la solicitud y el destino solicitado le permita realizar la maniobra.

El estado anímico del piloto es factor determinante en la calidad del servicio brindado al pasajero. Si está contento, todo será cortesía, paciencia y risas. Pero si el hombre lleva carga de estrés, puede convertir la travesía en uno de los peores infiernos. Un buen sistema para detectar estas variables del humor es prestarle atención a la música de telón (improcedente llamarla «de fondo», dado el volumen aplicado). Merengue, guaracha o ballenato; actitud positiva, recorrido apacible y buenas tardes, señorita. Bolero o ranchera: sobresaltos, frenazos y «si no le gusta se baja, doñita». Si el abuso o la ofensa son graves, el pasaje en pleno se alza en defensa del agraviado, lo cual siempre deja al agraviante como si nada .

Igualmente solidarios suelen ser los pasajeros con mujeres embarazadas, ancianos, madres con racimos de muchachitos, lisiados y cualquier individuo que aborde el autobús en condiciones de desventaja, incluido el desorientado que no sabe a dónde lo llevará esa carcacha. Durante las horas pico, el que va sentado carga bebés, sostiene bolsas y acomoda paquetes.

Las horas pico son el verdadero reflejo de lo que somos. En medio de la confusión, en la congestión más absoluta, sorteando un piso oxidado o en la precaria comodidad de un asiento flojo, todos terminamos subiendo y bajando, entrando y saliendo, pagando y cobrando. De un modo muy intuitivo, y con serias inseguridades, vamos llegando a destino. Muy pocas veces nos quedamos en la parada anhelada y generalmente llegamos arrastrando un agobiante cansancio, pero llegamos y eso nos conforma.


Roberto Hernández Montoya, Hay que tomar medidas
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