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Se solicitan abrazos

Ada Iglesias

Ya he desistido. De los millones de habitantes de este país, alguien debe leerlo, una persona puede dedicarse a ser literal y entender que... Tal vez solo entender.

A los veintiocho Joaquín me dejó un enorme cero repleto de recuerdos y besos, colmado de lágrimas y sueños, que fue desbordándose hasta la vaciedad. Y en ese hueco de nadas y miserias me sumergí, rodeada de mí misma, de abrazos auto—infligidos, de besos al dorso de mi mano, caracoleada, cubierta de fluidos propios, suaves, acuosos, desnatados.

Nuestras palabras de cada noche, pronunciadas amorosamente, bajo el cuidado del esteta; los sonidos del celo, de la conversa dulce y pasionaria, moldeados con el sudor de la oreja, la saliva azucarada y algo más, se quedaron cortados en un lugar del tiempo, más allá del teléfono, más allá de los sueños con los que me arropaba cada noche de cada día durante los años, centurias y segundos de mi amor. Solo mi amor.

Entonces fue un hueco de presencias y palabras. Y mis brazos y piernas quedaron arqueados y mi boca permaneció entreabierta hasta secarse y caspas blancas salieron en los labios y en los ojos y en las uñas un hongo verde empezó a mostrarse hasta tapizar los poros y, enclaustrado dentro, dejó de crecer. Ya no había lágrimas para abonarlo, sí hubo sebo para que endureciera.

A los treinta me compré el oso. Un enorme oso que de lo similar dejaba ver a leguas su falsedad. Un oso bueno y sonriente, de pelo pardo y fibra antialérgica, no recomendado para niños menores de cuatro años. Sus ojos sonreían, y la boca sonrosada invitaba al cariño, al apurruñamiento, al desquite, a la golpiza, al zarandeo, a la destrucción. Pero nunca pasaba de la tercera etapa, porque en sus ojos veía la melancolía, una cierta tristeza que parecía apiadarse de mí; y entonces, pidiéndole perdón, lloraba encima suyo, hasta que llevaba su mano derecha sobre mi cabeza y me la acariciaba, tierno, tolerante, perdonante. Así que, durmiéndome en sus—mis—sus brazos sobrevivía hasta el día después.

A veces, me daban ganas de fumarme un cigarro, pero recordaba que lo nuestro no era sexual, sino un intercambio de comprensiones, y además, me daba cuenta de repente de que no había aprendido a fumar, porque al colocar la mano, así, sí, así como la ves, el espacio que dejaba para el cigarrillo era muy amplio. Se me hubiera escurrido sin duda hasta un habano rústico. Y por si fuera poco, no había película buena o mala en la que los amantes no intercambiaran el humito. Tómalo tú, dámelo a mí. No se puede ser original en nuestra época. Después de los líquidos había que traspasar gases. Así el acoplamiento era total. Aún no se comen las pieles, aún.

Mi oso y yo éramos felices. Una vez, furtivamente, cometimos una travesura de colegiales. Lo saqué de paseo. Me lo llevé al parque de mi calle, le tomé fotos, y le dije a un muchacho que vendía celulares de juguete que nos hiciera una juntos. Cuando iba a abrazar al oso, ya no estaba el muchacho. Lo sentí un poco, las veintiséis fotos anteriores eran distintos primeros planos de mi amigo. Pero al menos lo tenía a él. Unas niñas lo miraron con deseos de apretar, él las miró a ellas. Me lo llevé a casa para siempre.

A los treinta y cuatro ya no éramos los mismos. O no, yo sí era la de todos los días, pero él no. Envejecía. Había trozos de piel que quedaban expuestos; el hongo verde se veía al través. El pelo se aclaraba. El detergente de la vida hacía estragos. Su mirada, agriándose, como quien perdió la alegría. Quise sacarlo de nuevo, pero era tarde. Se congelaba. Sus fuertes brazos no rodeaban bien; se iba pareciendo a una momia egipcia solo para ser vista. Fue el más fuerte de los dos, siempre. Nunca me necesitó, ahora me dejaba. Limpiaba sus vidrios para encontrarles luminosidad, una pista de vida. Pero él se alejaba, se iba haciendo juguete. Y yo, volvía a quedarme sola.

Ya no había pelos dispersos en la cama, ni palabras sin eco. Ya nada. No sé por qué volvieron a aparecer las lágrimas. Quizá fue la imagen de Joaquín rodeando, acariciando, apretando, protegiendo, que percibí por esos días en algún lugar de la ciudad. Pero no, ¿cómo iba a ser? Ya él no rodeaba, acariciaba, apretaba, protegía. Yo no estaba en ese espacio. Y ese no era Joaquín. Las lágrimas debían ser gotas de rocío en mis mejillas marchitándose, último regalo de la naturaleza a las rosas que morían...

Quise golpearlo, pero hubiera sido inútil. Lo hubiera destruido; en cualquier caso, ya él no quería estar; aunque lo hiriese de muerte poco habría importado; no le hubiera dolido, porque nunca le dolió. Su faz lastimera era apariencia de comprensión hacia el alma en la que nunca intentó entrar. Él era poderoso, autosuficiente, nunca me amó, porque se bastaba a sí mismo. Pero lo hubiera golpeado, debí hacerlo; tenía que matarlo. Al oso.

A los cuarenta ya llevaba varios diarios escritos. Mi oso era un fósil. De vez en vez apretaba sus trapos para saber que yo estaba viva. Mis palabras ayudaban, pero los papeles no me hablaban. Casi sorda por ausencia de sonidos, iba de un lado a otro mirando. Yo también estaba muriendo; mi oso y yo nos amasábamos con la pasa de la vida. Quise quedarme en sus brazos para siempre, dormidita, pero me hubiera dejado caer. Ya no tenía fuerzas, ni ganas. El oso.

Es por eso que a los cuarenta y tres, en un último esfuerzo, fui a poner el aviso. Alguien debe leerlo. Alguno de los veinticinco millones de almas literales de este país tiene que leerlo y comprenderá.

Solo busco uno fuerte, que me deje vivir durante unos minutos, que me barra las hojas secas con el aliento del resoplido final; que despeine las canas, que me broten las aguas, que reviente los tímpanos, que derrita la grasa...

Se solicitan abrazos. Uno al día. Disponible de nueve a diez. Nunca vi telenovelas. No será por mucho tiempo. ¡Medio siglo de espera! Soy generosa. Por favor, por favor, se solicitan abrazos.


Ada Iglesias en La BitBlioteca



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