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Aguas

Ada Iglesias

Caracas, mayo de 1997

Cuando subí al avión sabía que algo no marchaba bien. La gente parecía demasiado indolente, muy segura. En todo vuelo debe haber parejas tomadas de la mano, señoras rezando el rosario, niños preguntando cuándo despegará, cuándo, cuándo. Aquí no, todos estaban despreocupados y felices; las mujeres empolvaban los rostros y los hombres escribían en sus pequeñas computadoras portátiles.

Por eso, cuando la nave inició su recorrido por la pista, decidí tomar la iniciativa. Miré a ambos lados, y un tanto disimuladamente, me persigné. Yo, que durante tanto tiempo había descuidado ese ritual, pensé que solo así podría salvar a toda esta gente; yo sería la heroína anónima del vuelo 715 vía Roma.

Esta vez, no comí nada. Siempre he disfrutado la comida del avión, tan plastificada y caliente a propósito, con ese aroma que solo el aire acondicionado le otorga a los elementos que están bajo su hegemonía. Pero ese día no. La señora que iba al lado, veía y remiraba con ansia loca la botellita de vino sin abrir. Se la di maquinalmente, y pedí otra más, solo para su contento. Me puse los audífonos y busqué y busqué por ese dial celeste, pero hasta la música resultaba fuera de lugar. Ya había visto la película, así que decidí dormirme.

De pronto recordé que nunca duermo mientras voy en un avión, ni siquiera en un vehículo. Necesito la horizontalidad total, el mejor silencio posible y la noche más notoria; así que tampoco me resultaría tan fácil olvidarme del tiempo. Creí hallar mejor suerte con la lectura; encendí la luz y dejé pasar las páginas, pero, al rato, una aeromoza despeinada me dijo que molestaba a mis vecinos; ellos querrían dormir. ¡Qué envidia! ¿Por qué, como siempre, no podía sustraerme en la cómoda rutina de la superficialidad?

Quería ver el cielo, mas las odiosas ventanillas —que tampoco debía abrir— sellaron mi cautiverio. No hay diversión ni felicidad posible en esas máquinas. Allí solo se quiere llegar, únicamente llegar; el tiempo es un largo vacío que nos engaña y maneja a su antojo. Un fastidioso túnel cuya salida solo sirve para decirte: «¿A que no sabes qué hora es aquí?»

Al amanecer me dirigí al lavabo. Un poco de agua fría no le caería mal a mi hinchado rostro. Dejé en paz los cabellos alambrados. Entonces ocurrió.

Violentas sacudidas lo revolvieron todo. Afuera se oían gritos, alaridos de espanto. Ni siquiera intenté moverme. ¿Para qué? Cualquier intento habría sido en vano. Me tiré al piso y pude asirme a la cisterna con la fuerza que fue posible. Todo comenzó a girar intempestivamente y mi cabeza se fue al techo. Las toallas y papeles de la papelera metálica lamieron mi rostro, único consuelo de quien ya nada podrá perder, ni ganar.

Casi como una maldición, tampoco perdí el sentido; los ojos muy abiertos, oídos atentísimos. Un impacto y el silencio. Es todo cuanto puedo recordar de lo ocurrido en esos instantes. Después de intensos forcejeos, abrí la cabina. Lo primero en sorprenderme fue la total oscuridad; ahora sí podía dejarme dormir; hubiera sido tan fácil... Solo que mi persistente atención lo impedía. Pisaba asientos y cuerpos que no emitían ninguna voz. Allí no había vida, pero afuera ¡cuánta!

Una bandada de pececitos rojos cruzaba las ventanillas por fin abiertas. El mar oscuro era más claro que la intensa negrura de la ahora maravillosa prisión. Un pez espada (como el de El viejo y el mar, pensé), rayas y águilas marinas; caballitos de mar, fauna de las aguas, a quien veía y me veía. De pronto un tiburón azul golpeó con fuerza mi ventana, y otro, y otro más lo rodearon todo. Tal vez buscando una sardinita, encontraron una lata llena de ellas. No deseaba morir ahogada, pero nada hacía pensar que el agua hubiese entrado. Cerré los ojos para oír goteras o chorritos, pero nada, silencio. Así que miré a mi alrededor. La oscuridad velaba detalles, pero decenas de cuerpos se apilaban al fondo de ese sector que era la clase turista. Un calamar gigante me produjo apetito, y al fondo, ciegos erizos, estrellas y corales asentaban tanta curiosidad animal. Los tiburones seguían atacando la inmensa ballena de metal, y cada vez más molestos volvían obstinadamente sobre sus nados. Me hubiese gustado ver delfines; no se inhiben ante los tiburones, y algunos han salvado a humanos de sus filos mortales. De pronto temí que este estúpido avión hubiese sepultado una colonia de peces, y quién sabe si mis salvadores yacían debajo.

Allí, en las aguas, no había jugarretas temporales. La paz del movimiento menea los vergeles marinos. Con el paso de las horas, dejamos de ser novedad. Mis ojos eran apenas la única parte viviente de tanto acero mojado. Y todo transcurrió apaciblemente, menguado, bonito.

No recuerdo cómo salí de allí, ni quiénes me rescataron. Si me lo preguntan, contesto que allí era feliz, pero la felicidad es veleidosa, inconstante y casi siempre desacertada. Desconfía de ella. Así que el aire no me soportó y el agua me alentaba a no ver la vida, sino a habitarla. El océano deja pistas para quien quiera adentrarse en él y hacer retornar a los desterrados.

Ahora duermo siempre en los aviones. Nunca sabré si al despertar de repente, me encontraré ante tantas maravillas. Nunca lo sabré.


Ada Iglesias en La BitBlioteca



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