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La vieja almohada de los sueños

Ada Iglesias

27 de octubre de 2000

No pude acostumbrarme a la almohada que mejoraría mi postura para dormir. Cuando dormimos, el tiempo es nuestro y vamos solos, aunque ese individualismo no debe conducirnos al desamparo. No hay nada más perturbador que soñar que se está solo y despertar sin haber hallado compañía en cualquiera de nuestras aventuras oníricas. Y eso me estaba ocurriendo con mi aerodinámica y novísima almohada antialérgica. Por tanto, ayer decidí recuperar el viejo cabezal de los sueños...

Me encontraba en el restaurante del que habló el señor Martínez en su columna del sábado, pero no lo acompañaban el hombre del maletín ni el editor de la revista. Le escoltábamos el señor Balza y esta escritora de narrativa, novel y desconocida, quien en ese sueño pretendía dejar de serlo. Allí era una más entre los más y movía con gracia la muñeca cuya mano sujetaba un vaso de whisky, el único trago que he consumido en la vida, pues mi bohemia del mundo «real», ¡qué pobre para gente tan curtida y áspera de vitalidad!, es la bohemia de heladerías. Luego, mi muñeca tomaba un cigarro imaginario del cenicero y lo llevaba a los labios carnosos (recuerden que se trata de idealizaciones), y qué grande me sentía, qué útil con ese cigarro y el trago: ya podía considerarme persona y, por supuesto, escritora venezolana.

¿Y qué hacíamos en ese restaurante de Las Mercedes, además de compartir nuestra sabiduría de primeras páginas desechadas frente a un anaquel de librería? Simple, simplísimo: intrigar. Los tres organizábamos un plan maestro para vender nuestros libros. El momento es propicio y original, vivimos días conflictivos: árabes e israelíes, buhoneros y transeúntes, presidentes petroleros y no petroleros, Mets y Yanquis. Entendimos que acusándonos se encontraría la manera de vender. El señor Balza hallaría algún lector curioso que se arriesgara, pese a las diatribas del señor Martínez, y el señor Martínez vendería otros cien mil ejemplares (repito, es un sueño). Yo lo escribí todo con la misma mano que antes sostuvo el cigarrillo imaginario. Mi beneficio, además de «sentirme intelectual», era aprovecharme de la estrategia publicitaria y conseguir vender uno o dos ejemplares de unos cuentos que nadie ha leído, porque soy una «novel escritora venezolana». Si dejaba colar mi nombre por ahí, al menos como transcriptora de tan esencial polémica, y si cumplía con el imperativo de no haber leído a Meneses, tal vez lograría captar útiles ideas sobre mercadeo. Porque, valientes o no, los «jóvenes» escritores de este país van con sus libros a las librerías, regalan sus derechos de autor, solicitan entrevistas, obsequian ejemplares a amigos y no amigos esperando ¡una! crítica, se marchan del país para volver con éxito algún día, fundan pequeñas editoriales y sonríen a los grandes distribuidores y directivos de no sé qué grupos, mientras estos se olvidan de inaugurar a tiempo sus respectivos expositores en alguna feria del libro europea: ¿qué importa mostrar la labor de los escritores venezolanos si para esos directivos de camarillas el motivo de tanto viaje es hacer negocios para vender más caros los títulos foráneos?

Y ahora un plan orquestado por dos autores. «¡Qué suerte!», dijeron algunos funcionarios de este gobierno, «nos tocó la polémica del año; así nadie tendrá que centrarse en políticas de lectura en el país; los culturosos están ocupados con sus monstruos». Y todo ello me pareció estupendo en ese sueño: centrado en los verdaderos intereses de los autores...

Justo después de esparcir las cenizas del cigarro imaginario en el papel en el cual había garabateado las principales líneas de esa estrategia, desperté, pues cada mañana los nietos de mi vecina se descuartizan sobre mi cabeza.

Ya no pienso dejar mi vieja almohada de los sueños. Con ella despierto sintiéndome parte del mundo, miserable, y con una resaca monumental, pero rica en experiencias y ejemplares vendidos...


Ada Iglesias en La BitBlioteca



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