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Amores oscuros
Caracas, 1996 Cuando Eulogio y Digna se levantaron aquella mañana comprendieron que ya no podrían hacerlo más. Entonces, redescubrieron otros placeres y en la inmensa soledad de sus dos compañías palparon y lamieron, para entender que ya no eran tan jóvenes ni tan viejos, que renunciar a todo lo demás significaba una tediosa y larga espera que les agotaría en los límites de sus propios abrazos. Sin resignarse a reaprender y sustituir, contrataron por avisos que se sucedían una y otra vez, traductores de símbolos, que sintiesen, como tantas veces ellos lo hicieron en solitario y a dúo, la degustación sin errores, con exactitud de esos mundos; la complicidad con aquél que respiraba dentro de la hoja, sacudiéndose convulso en una torpe voz, en un renacer angustioso, por fórceps. ¿Quién perdonaba al corrector inoportuno, ignorante, proxeneta de la palabra? «...Sea por todas las experiencias mi succeso...» ¿Y no será suceso, Don Eulogio? Calla y sigue sin interrumpir, decía Digna nerviosa. «...Pues cuando más apurado me había de tener el conocimiento destas cosas...» De estas, querrá decir... ¡Por Dios! Anda, pasa a «El Alguacil Enamorado», imploraba Eulogio, un poco en broma, otro tanto en serio. ...»Un ciego, que quiso encajarse con los poetas, fue llevado a los enamorados, por serlo todos. Otro que dijo: «Yo enterraba difuntos, fue acomodado con los pasteleros...» Pero Doña Digna, esto no se entiende... Y así, otro, otro y otro más. Admitir, encontrar un tercero o un cuarto impregnado de Quevedos, Eulogios y Dignas parecía un hallazgo bendito. Y ya eran muy viejos para creer en milagros, y muy jóvenes para caer, vencidos. Cerraron anaqueles y colocando naftalina dijeron adiós a esos universos a los que solo retornarían por la memoria, nuevo placer, que auguraba merecidos y prodigiosos premios de labios para el que adivinara una frase, un personaje, una fecha de esa historia tan suya, tan hija. Asumieron la música cono hábitat elemental, y entre notas de Tristán e Iseo, que compaginaban con sus roces y abrazos sempiternos, mejorando una mala escena de un cineasta vista mucho tiempo atrás; estáticos ante la absorción que emanaba de Brahms, o, muy juntos, meciéndose apenas entre un viejo bolero de Javier Solís, salpicado de chocolate y galletas María, amanecía y amanecía, aunque ya no se daban cuenta.
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